Venezuela, hipocresía y oportunismo

Venezuela, hipocresía y oportunismo

Intento escribir al margen de la agenda política y mediática, siguiendo una suerte de agenda cultural propia. Sin embargo, hay veces que la actualidad te arrastra sin que puedas evitarlo. Intentaré, no sé con qué éxito, referirme a un tema de actualidad para transmitir una idea más de fondo, con un mayor calado cultural. Good enough, espero…

Los últimos acontecimientos ocurridos en Venezuela, especialmente las reacciones a estos, muestran claramente una tesis que he defendido ya en otro artículo: la utilización de falsos debates para defender el propio interés. Bajo la defensa de los derechos humanos, la democracia y la libertad, se está defendiendo el interés personal, convirtiendo una situación trágica en un campo de batalla donde unos y otros luchan por establecer sus ideas. Estas pueden ser más o menos legítimas, pero no es el tema de este artículo. Lo que quiero mostrar es cómo lo que está ocurriendo en Venezuela es un conflicto entre ideas y valores muy alejados de la defensa del bienestar social.

Como sabéis, las últimas elecciones venezolanas de mayo dieron como vencedor a Nicolás Maduro, ya que la oposición no se presentó por considerarlas un fraude. Esta está encabezada por Juan Guaidó, quien se autoproclamó presidente legítimo en una manifestación con el apoyo de la Asamblea Nacional que preside y la apelación a un discutidísimo artículo constitucional (el 233) y, entonces, comenzó el espectáculo. Trump reconoció inmediatamente al opositor venezolano, al igual que la mayoría de gobiernos de la Organización de Estados Americanos (OEA), como no podía ser de otra manera, ya que es una entidad fundada en Washington y asentada en Columbia (que no Colombia, es decir, en EE.UU.) cuyo propósito es favorecer “mutua comprensión y su respeto por la soberanía”. Tela… Inmediatamente el mundo se posicionó a favor y en contra.

En España, Casado y Rivera no tardaron en hacer lo propio, mientras que Monedero, Rufián, Garzón y demás miembros afines a la izquierda, saltaron a criticar a la oposición venezolana tildando la actuación de golpe de estado, siguiendo los comunicados oficiales de Rusia, China y Cuba. La derecha española busca acercarse a la americana (recuerden la foto de Aznar y Bush con los pies sobre la mesa), mientras que la izquierda busca distanciarse de esta. Son, ambas, pequeños satélites que giran en torno a los grandes bloques de los cuales ora reciben un beneficio, ora lo devuelven. Todos ellos, eso sí, defendiendo los ideales más altos de la humanidad. Todos están preocupadísimos por la democracia, la libertad, el orden social y la integridad física de Venezuela y de los venezolanos. Pero también todos ellos creen que la solución al conflicto es, casualmente, la que más les beneficia a ellos.

Ya sabíamos lo que iban a decir unos y otros antes de que lo dijeran, no precisamente porque la integridad y la transparencia sea la virtud reinante en la esfera política española, europea o mundial, sino porque los acontecimientos que ocurren en el mundo son vistos como oportunidades o amenazas a los propios intereses. Estos pueden ser ideológicos o partidistas, cuando no son meramente personales, pero intereses en cualquier caso, camuflados tras las palabras (vacías en sus cabezas y vanas en sus bocas) que defienden los más elevados valores morales. No hay un pensamiento crítico detrás, no hay un análisis objetivo de la situación, hay soldados, ideólogos, luchando una guerra entre izquierdas y derechas, capitalismo y “comunismo”, neoliberalismo e intervencionismo…

Llámese como se quieran a los distintos polos, pero estos siguen luchando por la hegemonía mundial desde el comienzo de la guerra fría (que, por cierto, ¿cuándo terminó?). La mayoría de conflictos armados del mundo se producen por intromisión soviética o estadounidense y se explican por la guerra entre estos dos países: la invasión soviética de 1979 en Afganistán o la estadounidense en 2001; la guerra del golfo de 1991; la guerra de Irak del 2011 (esa que según el PP no existe); el conflicto árabe-israelí (agravado con el reconocimiento de Trump a Jerusalén como capital de Israel), el libio o el sirio, por nombrar algunos solo en oriente medio.

Los nombres de estas guerras (que es lo que son) son pura hipocresía: Operación Libertad Iraquí, Operación Causa Justa, Operación Paz para Galilea, Operación Libertad Duradera… Porque, eso sí, aquí todos estamos defendiendo la paz y la democracia y todo, todo, todo. Esta última, por ejemplo, dejó 150.000 muertos, 162.000 heridos, 1,2 millones de desplazados, una nueva guerra (ahora entre otras facciones), un país controlado por un grupo terrorista (los talibanes) y dos mil millones de barriles de petróleo para la OTAN. Quien inventó la idea de establecer la paz mediante la guerra, asentó los principios del mayor negocio del mundo. Comparen el mapa de las guerras abiertas por Estados Unidos con las de los pozos de petróleo (fíjense como no hay intervenciones en la mitad sur de África, así como en la mayoría de Latinoamérica, incluyendo México):

Quizás sea un mal pensado. Quizás sea verdad que el objetivo de Estados Unidos es establecer la paz en el mundo y la defensa de los derechos humanos ya que, oficialmente, estos son siempre los motivos para realizar una intervención militar. Quizás, el establecimiento de la paz tenga unas consecuencias militares técnicas inevitables (los miles de muertos y millones de desplazados), ¿no? Pero, viendo el mapa de las “misiones de paz” parece que no hay problemas en Sudán, Vietnam o Ucrania, pero cuando vemos el mapa de la situación de los derechos humanos en el mundo, nos encontramos con lo contrario:

O si observamos el mapa que muestra las tasas de homicidios intencionales, vemos que tanto Brasil y México como América latina en general por un lado, y la mitad sur de África por otro, tienen unos altísimos índices de asesinato.

Pero claro, no tienen petróleo. Ni Rusia ni EE.UU. han participado en la guerra de Liberia (250.000 muertos y un millón de refugiados), o en la del Alto Karabaj (35.000 muertos, 1,3 millones de refugiados), ni han hecho nada por evitar el genocidio de Ruanda (75% del pueblo tutsi eliminado por cuestiones raciales; dos millones de muertos); ni han entrado en Pakistán, donde las detenciones arbitrarias de los defensores son habituales, así como la violencia machista (que sufren el 90% de las mujeres; 1.000 víctimas al año), los matrimonios infantiles forzados, los delitos de blasfemias, etcétera; o en Nigeria, donde Boko Haram secuestra y viola a cientos de mujeres de una tacada tras matar a todos sus maridos, donde las desapariciones forzadas y la tortura bajo custodia sigue sucediendo, donde hay ejecuciones extrajudiciales…

Ni en Myanmar, ni en Yemen, ni en el Congo. Porque el objetivo no es la defensa de los derechos humanos, sino del interés económico. Tanto EE.UU. como Rusia y China son completamente independientes a las miserias y tragedias que sufren los ciudadanos de los países pobres. También lo son a las que sufren los de los países más ricos (en petróleo), ya que en muy escasas situaciones han conseguido solventar un conflicto en ningún país en el que hayan intervenido. El resto de países desarrollados, así como sus representantes políticos, hacen lo propio, aliándose con unos u otros según les convenga.

Por cierto, los medios de comunicación, tanto en España como en el resto del mundo, no te van a contar nada de esto, porque no interesa. No está en la agenda política y, por lo tanto, no ganan dinero con ello. Ahora que se acercan elecciones volverán a bombardearte con noticias sobre Venezuela, cuya situación es verdaderamente jodida y no digo que no deba informarse al respecto, pero no te dirán nada de Madagascar, de Sudán del Sur, de Baréin, República Centroafricana o Lesoto, países que seguramente no sepamos ni situar en el mapa (no solo por nuestra ignorancia, sino porque tampoco los medios de comunicación nos recuerdan su existencia ni sus problemas), pero donde se violan los derechos humanos en mayor medida que en Venezuela, según Amnistía Internacional.

Venezuela, volviendo al tema, no es más que un punto más dentro de esta estrategia de hegemonía mundial. El país de Bolívar flota sobre una balsa inmensa de petróleo (lo cual parece una broma del destino) a la cual Estados Unidos no se va a acercar mientras sigan gobernando en el país fuerzas antiimperialistas (sean o no el mismísimo diablo). Por otro lado, los intereses de Rusia y China son que EE.UU. no se acerque a dicha región. Igual que ocurrió con al-Gadafi (afín a Rusia), con Bashar al-Ásad (afín a Rusia) o con Babrak Karmal (afín a Rusia), Maduro es un representante del bloque “comunista” (escrito entre comillas, muy muy entre comillas), que hace las veces de campo de batalla entre los grandes poderes mundiales.

Interpreto este conflicto en base a estos dos bloques tradicionales, pero creo que va más allá de eso. Los defensores de la derecha, no la defienden tanto porque crean que esta plantea un modelo del mundo (una cosmovisión) adecuada, que permita solucionar los problemas de sus ciudadanos, sino porque se defienden a sí mismos, en tanto que ellos son representantes de una determinada ideología, por nacimiento o por negocio. Gran parte de la izquierda hace lo propio, por eso es extraño encontrar un proletario de derechas (que los hay) o un rico de izquierdas (que también los hay). Así la camaradería, una palabra bellísima cuando es sustentada por un valor, se convierte en puro egoísmo, en defensa de intereses económicos o estrategicos.

Y el egoísmo no entiende de tamaños. Los países con menos fuerza no son por ello más solidarios. Los países más machacados también adquieren esta actitud. México, por ejemplo, puteado por las leyes migratorias de los Estados Unidos de América, tiene leyes todavía más restrictivas en sus fronteras, negándoles la entrada (y el derecho de asilo) a los inmigrantes Guatemaltecos o Salvadoreños que intentan entrar por su frontera sur.

No es que el poder corrompa, es que muestra la corrupción del ser humano. Es un problema de cultura, de educación, de valores. Sólo ella puede revertir esa especie de corrupción originaria impregnada en el hombre. Y, por eso, la agenda cultural individual es más importante que la agenda política colectiva. Por eso sería tan importante hablar de la epidemia de ébola que asola el Congo o las hambrunas de Yemen como de los disturbios de Venezuela, aunque estas no afecten a hombres blancos. Por eso es, en ocasiones, tan importante hablar de Kant y Descartes como de los últimos acontecimientos políticos, porque sin los primeros no entendemos los últimos…

Pero ya veis… Aquí estamos, hablando de Venezuela otra vez.