Lo que no se dice sobre la libertad de expresión

Lo que no se dice sobre la libertad de expresión

diciembre 2, 2018 0 Por Alberto Buscató Vázquez

          Titiriteros, raperos, pintores, poetas y escritores multados, exiliados o encarcelados por sus palabras; noticias falsas en grandes medios de comunicación, periodistas amenazando de muerte a políticos y pidiendo el bombardeo de Cataluña en antena, asociaciones en defensa del franquismo… En España no faltan casos polémicos en torno a la libertad de expresión pero, ¿de qué estamos hablando exactamente? ¿Qué está en juego? ¿Vejaciones al honor? ¿Delitos de odio? ¿Apología del terrorismo? ¿Blasfemias? O, quizás, ¿libertad de expresión?

         La libertad de expresión es un valor, aunque relativo, en nuestra sociedad, que se está utilizando tanto por los medios de comunicación como por agentes políticos y sociales como una falsa bandera tras la cual se esconden intereses puramente personales, partidistas o ideológicos. La práctica totalidad de los casos mediáticos que afectan a este aspecto de la libertad son apoyados o condenados en función de intereses personales, donde todo el mundo parece defender la libertad de expresión, siempre que se exprese lo que nosotros queremos oír. No estamos hablando, por lo tanto, de libertad de expresión, sino de quién puede expresarse libremente y quién no. El debate que se ha instaurado en España en los últimos años al respecto, no es un debate honesto y abierto sobre un valor, sino un campo de batalla más de un combate ideológico. Déjenme explicarme.

Tres premisas iniciales

1) La libertad de expresión es un valor

         En primer lugar, hay que dejar claro que la libertad de expresión es un valor, es decir, algo que consideramos muy estimable como individuos, positivo para la sociedad e, incluso, bueno en sí mismo. Su contrario es la censura y la represión, que son negativos en esencia. Esto es universalmente aceptado como válido, exceptuando casos extremos de totalitarismos los cuales, al menos explícitamente, no se dan en Europa. Esto puede sonar controvertido porque se está controvirtiendo, enfangando una idea sencilla y de sentido común.

         Me refiero a las habituales acusaciones de censores y enemigos de la libertad de expresión, vertidas desde todos los espectros políticos e ideológicos sobre sus contrarios. Todo el mundo considera al otro bando como censor: los de derechas, a los raperos de izquierdas; los de izquierdas, a los poetas de derechas; las asociaciones franquistas a quienes buscan ilegalizarlas; los ateos que se cagan en dios a los autodenominados abogados cristianos. Parece que la sociedad está repleta de censores, individuos con intereses oscuros que quieren reprimir la libre expresión de los seres humanos. Pero esto no es cierto, como pone de manifiesto que los que son tildados de censores no van contra la libertad de expresión en sí misma, sino contra una manifestación concreta de esta, en la que hay otro valor envuelto, lo que nos lleva al siguiente punto.

2) La libertad de expresión es un valor relativo

         Si bien es cierto que nadie, a día de hoy, niega realmente que la libertad de expresión es un valor en sí mismo, también lo es que mayoritariamente se entiende que no es un valor absoluto. Me explico. Un valor absoluto es aquel que está esencialmente y en cualquier circunstancia por encima de cualquier otra consideración y cualquier otro valor. Valores hay muchos, pero valores absolutos no hay ninguno, de facto, establecido en nuestra sociedad. Alguien puede tener para sí un valor absoluto, aunque no sea compartido por una gran parte de su sociedad. Así, por ejemplo, un padre o una madre pueden creer que la familia es un valor absoluto, ante el cual se subordina el honor, la libertad o, incluso, la vida propia. Si alguien considera que, por salvar a su familia está justificada la humillación personal, el encarcelamiento, o incluso la muerte (y cualquier otro mal que pudiésemos imaginar), entonces se estima este valor como absoluto. Así mismo, otros pueden considerar que la patria, la libertad o la igualdad son valores absolutos.

         Sin embargo, a nivel social no hay ningún valor absoluto mayoritariamente establecido. Ni siquiera somos capaces de ponernos de acuerdo respecto al valor de la vida (sea la de un nonato occidental o la de un inmigrante adulto) o respecto a la igualdad entre seres humanos. Bien es cierto que en occidente, especialmente los Estados Unidos de América, la idea de la libertad (en varios de sus aspectos, incluyendo la libertad de expresión o la libertad religiosa) es uno de los pilares fundamentales que nos constituye como sociedad, llegando a estar incluso por encima de la igualdad o de la tradición, valores los cuales en otras sociedades (asiáticas o africanas, respectivamente) son relativamente más importantes que en occidente. Sin embargo, no deja de ser un valor relativo en sociedades donde se valoran otras muchas cosas. Por ello existe una regulación al respecto.

3) La libertad de expresión ya está regulada

         El debate que se ha establecido en los medios de comunicación de forma interesada, es un debate maniqueo o dual, donde hay una opción muy buena (la defensa de la libertad de expresión) y una opción muy mala (su censura). Y punto. Parece que no hay más opciones. El que se alza en su defensa parece ser el adalid todas las expresiones libres, mientras que el que busca evitar una expresión, se nos presenta como un censor absoluto. Miren el siguiente video, donde el Gran Wyoming (cómico e intelectual, por otra parte), establece el debate sobre la libertad de expresión en estos términos: “hay personas que haya o no haya libertad, viven igual o viven mejor, y hay otro grupo de seres que cuando no hay libertad […] probablemente estén encerrados” y se lamenta de que “haga falta regular la libertad de expresión”.

         Parece que el debate es entre censores y libertadores, pero esto es establecer un debate dicotómico falso. Y lo es, de facto, porque ¡la libertad de expresión ya está regulada en todos los ordenamientos jurídicos del mundo! Desde la Organización de las Naciones Unidas hasta las constituciones de los países más liberales. La ley regula lo que se puede hacer bajo el amparo de la libertad de expresión y lo que no. Y la regulación, en sí misma, es decir, el propio concepto de “regulación de la libertad de expresión”, no es malo. Otra cosa es que esté mal regulado, conforme a intereses personales, partidistas o ideológicos.

         Pero, claro que está regulada la libertad de expresión, porque hay delitos (legal y moralmente hablando) que se cometen mediante la palabra, como la vejación, la amenaza, los delitos de odio, la apología del terrorismo… El Gran Wyoming dice: “cada uno se junta con el de al lao y le cuenta lo que le parece bien”. Claro. Pero, ¿qué pasa si uno de esos que se junta con el de al lao defiende el terrorismo islámico? O, ¿qué pasa si alaba una dictadura genocida? ¿Y si dice que hay que bombardear a los que piensan distinto? Es más, ¿qué pasa si no se junta “con el de al lao”, sino que hace estas declaraciones en público? ¿Y si es un profesor en una escuela de primaria? ¿Y si lo hace en un medio de comunicación? Igual que para evitar un robo o una estafa, la ley regula las acciones humanas, para evitar un delito que se comete mediante la palabra, la ley regula la libertad de expresión.

         La Declaración Universal de los Derechos Humanos recoge el derecho a la libertad de expresión en su artículo 19, pero también el derecho al honor en el artículo 12.

Artículo 12: Nadie será objeto de injerencias arbitrarias en su vida privada, su familia, su domicilio o su correspondencia, ni de ataques a su honra o a su reputación. Toda persona tiene derecho a la protección de la ley contra tales injerencias o ataques.

Artículo 19: Todo individuo tiene derecho a la libertad de opinión y de expresión; este derecho incluye el no ser molestado a causa de sus opiniones, el de investigar y recibir informaciones y opiniones, y el de difundirlas, sin limitación de fronteras, por cualquier medio de expresión.

         En la Constitución española, este derecho se recoge en el artículo 20, donde se dice también que “Estas libertades tienen su límite en el respeto a los derechos reconocidos en este Título [Título I], en los preceptos de las leyes que lo desarrollen y, especialmente, en el derecho al honor, a la intimidad, a la propia imagen y a la protección de la juventud y de la infancia”. Otras leyes particulares recogen casos concretos de delitos cometidos mediante la palabra, como los delitos de odio, producidos por “insultos racistas o xenófobos” así como “los mensajes u ofensas recibidas en las redes sociales, el correo electrónico o el teléfono móvil” (ver más).

         Esto no quiere decir que toda regulación sea correcta. La llamada ley mordaza (Ley Orgánica 4/2015, de 30 de marzo, de protección de la seguridad ciudadana), por ejemplo, ha sido durísimamente criticada por muchos sectores sociales y políticos por, principalmente, no respetar el principio de proporcionalidad jurídica, por el cual el castigo tiene que ser proporcional al delito cometido. Aunque bien es cierto que no regula tanto la libertad de expresión individual como la de asociación en manifestaciones o el desacato a la policía.

         Pero, en muchos casos, una regulación es a todas luces correcta y positiva, cuando impide, por ejemplo, que alguien defienda el terrorismo, ataque verbalmente a un colectivo, amenace a un particular o le falte al respeto. Lo que quiero resaltar es que la regulación (que no prohibición) de la libertad de expresión es un hecho sensato, natural y positivo, además de estar completamente instaurado en nuestro sistema de derecho, aunque determinar exactamente su proporcionalidad y su flexibilidad sea tremendamente complicado. De hecho, en los casos anteriores, los jueces sentenciaron que: “No es admisible en el ámbito de la libertad de expresión incitar a la violencia, o realizar un discurso de odio [… o] el deseo de nuevas actuaciones de los grupos terroristas”.

El auténtico debate

Conflictos de intereses, la batalla ideológica

         Entonces, entendiendo que la libertad de expresión es 1) un valor 2) relativo que 3) ya está regulado, ¿qué problema encontramos, entonces, en los sobradamente conocidos casos donde esta se pone en juego? Sencillamente, un conflicto de valores. Cuando dos valores no absolutos entran en conflicto en una situación concreta, no es fácil determinar su resolución, y ahí se establece el falso debate. Libertad de expresión frente a sensibilidades religiosas, o frente a las víctimas del terrorismo, o frente al honor particular de un individuo, o frente al honor de un individuo que representa un grupo desfavorecido, o frente a una figura protegida en la constitución como el rey, o frente a un símbolo que representa los valores de un colectivo… Etcétera, etcétera, etcétera. No se está defendiendo entonces, ni atacando tampoco, a la libertad de expresión en sí misma, en ninguno de los casos acontecidos en España en los últimos años. Repito: ni atacando, ni defendiendo. Se está priorizando un valor sobre otro, lo cual no deja de ser controvertido, pero no ya por la libertad de expresión en sí, sino por el valor en concreto que se le superpone.

         Es fundamental entender que la libertad es, de facto, un valor relativo ya regulado para poder entender en qué consiste el respectivo debate al que estamos asistiendo actualmente. Y esta es la tesis principal de este artículo: el debate acerca de la libertad de expresión no es más que otro ejemplo de batalla ideológica disfrazada tras una falsa discusión. No hay una lucha entre los defensores de la libertad de expresión y los defensores de la censura, sino entre grupos sociales definidos ideológicamente que solo buscan defenderse a sí mismos, haciendo del valor de la libertad un campo de batalla para su lucha ideológica particular.

         Así, tenemos grupos de derechas amparándose en la libertad de expresión para defender la figura de Franco y el franquismo, mientras juzgan a miembros del espectro político de izquierdas por blasfemias. Por otro lado, tenemos a representantes políticos de izquierdas querellándose contra un poeta por vejar el honor de una representante policía, mientras por otro lado se defiende la libertad de expresión de quien ataca (según los afectados) a las creencias religiosas más profundas de los católicos.

         Podemos verlo al revés, es igual, es simétrico. Tenemos a particulares amparándose bajo la libertad de expresión para criticar las creencias de determinados colectivos religiosos mientras defienden la ilegalización de grupos de ultraderecha por hacer apología al franquismo. Por otro lado, hay quienes defienden la libertad individual de un artista en cuya obra se ataca al honor de una representante política (y, de paso, su condición social) mientras critican a otros compañeros del gremio por decir algo que, en opinión de esta gente, no deberían haber dicho.

“La diputada Montero

expareja del ‘coleta’

ya no está en el candelero

por una inquieta bragueta.

Va con Tania al gallinero.”

(Asociación de jueces Francisco de Vitoria)

“Yo me cago en Dios y me sobra mierda para cagarme en el dogma de la santidad y virginidad de la Virgen María. Este país es una vergüenza insoportable. Me puede el asco. Iros a la mierda. Viva el coño insumiso.” (Willy Toledo)

         Claro que estos dos no son casos exactamente iguales, critican a diferentes sujetos (una persona por el sexo al que pertenece, o una divinidad que simboliza las creencias de un colectivo), de diferente forma, en contextos distintos… también se pide por ellos distintas penas. Pero lo importante aquí es que son dos actos comunicativos, que son abanderados claramente por ideologías muy marcadas, mostrando que el debate sobre la libertad es un campo de batalla en el que se libra una guerra ideológica.

         Yo tengo mi opinión al respecto; también tomo partido dentro de esta guerra ideológica. Creo que si bien todos los actores de un bando y de otro tienen sus razones, sus errores y sus salidas de tono, hay algunas que yo abandero y otras que no, por lo que me posicionaría muy claramente a favor de un grupo en un momento determinado, en función de mis propios valores. Pero, ahora, mi opinión particular, ¡da igual! Es importante que este artículo sea lo más neutral posible, para mostrar que, en verdad, el debate que hay sobre la mesa no es sobre la libertad de expresión, sino sobre otros valores y tensiones políticas; es una correlación de fuerzas donde los agentes más poderosos acaban aplastando a los más débiles.

Correlación de fuerzas, la batalla autoritaria

         Hasta ahora he hablado de la libertad de expresión frente a otros valores. Pero ahí no acaba la historia. La sociedad, en muchas ocasiones, no está regida por la defensa honesta y sensata de ideas y medidas políticas, sino por una tensión de fuerzas. El que tenga más fuerza, sea económica o política, en forma de apoyo social o de contactos, bien por su posición o por su autoridad, gana. Y el otro pierde, y ya está. Y esto ha determinado muchas de las formas en las que se han resuelto innumerables conflictos falsamente atrincherados sobre el debate de la libertad de expresión.

         Valtonyc y Hasel, por ejemplo, son dos raperos que no eran conocidos por muchos antes de que sus procesos judiciales saltaran a los medios de comunicación. No tienen contactos en el gobierno, ni grandes sumas de dinero, ni influencia política, ni un mayoritario apoyo social… Y se ha arrasado con ellos. Según la ley, y la interpretación que hacen de esta los jueces competentes (la sección tercera de la Sala de lo Penal de la Audiencia Nacional y la Sala II del Tribunal Supremo), estos raperos cometen delitos en sus canciones. Entre ellos, en algunos casos había frases que se pueden entender como apología del terrorismo (como “es un error no escuchar lo que canto/como Terra Lliure dejando vivo a Losantos” o “siete tiros de la glock de Iñaki Bilbao al juez”), amenazas a personajes públicos particulares, vejaciones a distintos actores públicos…

         Estos son delitos cometidos mediante la palabra, de ello no cabe ninguna duda. Otra cosa es que la cárcel sea una medida proporcional y que no haya una importante crítica social (mal formulada, quizás) en sus letras. No pretendo analizar en este artículo este caso, pero les dejo la canción que hizo Chojin al respecto, “no estaré de acuerdo con Pablo Hasel [o Valtonyc] en algunos textos, pero es una vergüenza que pidan cárcel por eso”:

         Lo importante para este artículo, es ver que a estos individuos les ha caído encima todo el peso de la ley, mientras que otros se mantienen relativamente impunes a pesar de haber pronunciado, en público, expresiones análogas. Y esto se debe a la correlación de fuerzas entre la autoridad o posición social de estos individuos y la capacidad del Estado para imponerse. Sólo así se explica que un personaje público como Federico Jiménez Losantos siga en antena y cada vez con más audiencia a pesar de decir que habría que bombardear Cataluña para acabar con el independentismo, que él mataría a los representantes políticos de Podemos si les tuviera delante (con una recortada, específicamente), que Bescansa drogó a su hijo, que los representantes catalanes del independentismo guardan armas en casa, y un largo etcétera, mientras que los raperos antes mencionados han sido condenados a la cárcel por expresiones del mismo tipo.

         Expresiones tales como “por supuesto que les podemos bombardear, otra cosa es que la basura de gobierno que tengamos no sea capaz de demostrar que, claro que hay aviones para bombardear” o llamar “niñatos, mamarrachos universitarios, amigos de la ETA, tienes una cara de pijo que trasciende, hez de la humanidad” o “a mí no me llames plebeyo, porque te atropello”, también son delitos cometidos mediante la palabra: amenazas, vejaciones e incluso apología del terrorismo, pero están pronunciadas por un individuo con gran apoyo social, político y fáctico, brindado por sectores ideológicos muy concretos, por lo que no se le puede meter mano. Las querellas y condenas contra él se repiten, pero sigue ahí, sostenido por la correlación de fuerzas que ha sabido dominar.

         En definitiva, el debate actual acerca de la libertad de expresión no es más que una excusa para la defensa de la ideología propia, la cual muchas veces no tiene tanto que ver con una lucha honesta por las ideas, sino por el mantenimiento del propio grupo ideológico que las sustenta. Es un campo de batalla más, donde se libra la guerra ideológica a la que estamos asistiendo actualmente. Podemos tomar partido (nunca mejor dicho) en esta disputa, pero siendo conscientes de que esta no es un debate acerca de la libertad de expresión.