Descartes. Por qué te importa

Protréptico

          ¿Descartes? ¿Qué carajo me importa a mí Descartes? Bueno, pues sí te importa. Entiendo que muchos, ajenos a la filosofía, creáis que esta no tiene valor fuera de las academias en las que se crea y estudia. Y tenéis razón, hasta cierto punto. Hay filosofía que no vale para nada más que los filósofos. Pero hay otra, la filosofía viva, que explica cómo pensamos (tú y yo), que nos enseña cómo conseguir un pensamiento libre capaz de evitar la manipulación (propia y ajena) y que nos permite entender lo que somos y lo que podríamos ser dentro de nuestra sociedad.

          Los filósofos y escritores clásicos no son tal por lo que fueron, sino por lo que son. Es decir, ellos determinan la forma en la que nosotros pensamos a día de hoy. En cualquier joven adolescente, así como en adultos que no hayan dedicado más de un par de cursos ordinarios a la filosofía, es tremendamente sencillo encontrar pensamientos nietzscheanos o inspirados en Francis Bacon o en el mismísimo Aristóteles. Y esto no es casualidad. Nuestras ideas más íntimas, las que creemos originales o las que consideramos evidentes, se encuentran en párrafos concretos de determinados filósofos. Pensamos como Nietzsche porque su pensamiento está vivo a través de nosotros y porque no somos conscientes de ello. Quedamos, así, esclavos de nuestra cultura, presos de las ideas que hombres anteriores (pues, sí, la inmensa mayoría son hombres) han introducido en la sociedad, incapaces de librarnos de ellas porque, en primer lugar, ni siquiera sabemos cuáles son dichas ideas. La filosofía no estudia a los filósofos, estudia cómo los filósofos influyen en el pensamiento de su época y de las futuras generaciones. Estudiar filosofía no es leer a Descartes. Es leerte a ti.

          Por poner dos ejemplos rápidos, muchos de nosotros pensamos que la realidad es relativa, en cierto sentido. Todas las opiniones son válidas (al menos en tanto que opiniones) y hay que respetar y tolerar aquellas ideas que no entendamos pero en las cuales crea otra gente. También creeremos que para defender una idea tenemos que creer en ella, que es un poco estúpido defender una idea solo porque otros nos han dicho que tenemos que defenderla. La realidad es relativa y el pensamiento autónomo. Pues bien, a estas ideas no hemos llegado por nuestra propia voluntad, sino que hemos ido de la mano (inconscientemente) de Nietzsche y Kant (recíprocamente). La importancia de la autonomía no existía antes de Kant y empezó a existir a partir de él (al menos en el mundo occidental), por sus trabajos como La fundamentación de la moral. Le debemos esa idea. Somos kantianos, sin saberlo, a este respecto.

          Por eso es importante la filosofía, porque te permite descubrir las cadenas que te atan y las razones de su existencia dándote, así, la capacidad para librarte de ellas y pensar por ti mismo. Y sólo un pensamiento libre es un auténtico pensamiento que puede dirigir al ser humano en la sociedad, permitiéndole entender su lugar en la historia y dirigir a esta hacia un fin superior. Pero todo esto (que no deja de ser una promesa) solo se comprende una vez realizado. Sólo el pensamiento libre se sabe que lo es; el hombre en la cueva no entiende qué es la luz del sol.

          Por eso voy a empezar una serie de escritos sobre las ideas que considero inmortales de determinados filósofos para reflexionar cómo estas llegan a nuestros días, como constituyen nuestro pensamiento y cómo forman, entre todas, el gran edificio que llamamos filosofía occidental. Como decía Hegel, la historia de la filosofía, de la humanidad y del hombre, es la misma, por lo que conocer una nos abrirá las puertas a las demás. Sólo entonces podremos ser libres y ejercer un impacto positivo en la sociedad. Empecemos, entonces, viendo las ideas básicas de Descartes.

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¿De qué se hablaba, en Occidente,

cuando nació Descartes?

          Descartes es uno de los mayores filósofos occidentales de la historia. Y no es para menos. Es conocido por introducir en Occidente el espíritu crítico, el cuestionamiento de lo que anteriormente eran dogmas incuestionables, la duda sobre los datos de nuestra conciencia. Más allá de sus ideas sobre uno u otro punto (como la diferenciación entre el cuerpo y el alma), Descartes es recordado por cuestionar lo que parece evidente, y le debemos nuestra capacidad para dudar y nuestro deseo por encontrar algo verdadero, a partir del cual podamos deducir otras ideas verdaderas.

          Antes de los escritos de este autor, Occidente llevaba siglos sumido en el dominio de la homogeneidad de pensamiento greco-cristiano. Los dogmas cristianos y muchas teorías griegas eran indiscutibles. El mero hecho de negar las teorías de Aristóteles era un delito castigado con la muerte. Tanto el propio Descartes como otros tantos pensadores (aún siglos después de él) tenían que justificar con mucho cuidado cualquier idea que pudiera interpretarse como contraria al pensamiento establecido. Esto se puede ver perfectamente en la introducción a las Meditaciones:

“aunque es absolutamente cierto que hay que creer en la existencia de Dios porque así se enseña en las Sagradas Escrituras y, recíprocamente, que hay que creer en las Sagradas Escrituras porque proceden de Dios [… esto] no se podría, no obstante, presentárselo así a los infieles, que lo juzgarían como un círculo vicioso” (Descartes, Meditaciones, Dedicatoria a los muy sabios e ilustres decano y doctores de la sagrada facultad de teología de París).

          Los griegos, por su parte, fueron grandes filósofos, visionarios y muy avanzados a su tiempo (especialmente teniendo en cuenta los tiempos que siguieron a los suyos), pero eran… muy inocentes. La filosofía griega es naïve. Presuponen una especie de bondad epistemológica por la cual lo que nosotros percibimos es una imagen fiel de la realidad. Nuestros sentidos nos engañan en raras ocasiones, tan anecdóticas que no forman una parte sustancial de sus teorías. Para Sócrates o Aristóteles el conocimiento humano era como una antorcha que ilumina el camino, permitiéndonos conocerlo de manera directa.

          Sin embargo, sí es cierto que había un clima de cambio muy generalizado al cual Descartes se sumó. Copérnico había demostrado que la tierra giraba alrededor del sol en una órbita elíptica, Galileo demostró que la Luna (anteriormente considerada un cuerpo celeste) tenía manchas, cráteres y todo tipo de formaciones terrestres, Hobbes revolucionaba la filosofía política y la reformación de Lutero buscaba cambiar la concepción (ya milenaria) del cristianismo. De repente, a diferencia de lo que se pensaba anteriormente, la tierra era redonda y se movía, el hombre no ocupa el centro del universo (que puede estar en cualquier parte, al margen de nuestra existencia), el Estado se fundamentaba en la sociedad, los cuerpos celestes (anteriores dioses que se movían por el éter) se comportaban como meras piedras, la virgen María resulta que no era virgen… La necesidad de una certeza, cualquiera que fuese, pero que fuese cierta, debía de estar muy presente en el ambiente.

          Aquí es donde surge Descartes y plantea una serie de reflexiones que van a cambiar el rumbo del pensamiento, la cultura y la forma de vida occidentales para siempre. Sumándose a los tiempos de cambio pero buscando una certeza que permita al hombre avanzar firmemente en el conocimiento de la realidad, Descartes empieza sus meditaciones exponiendo el hecho, más que evidente, de que muchas veces nos equivocamos, cometiendo errores de juicio o percepción y fundamentando una parte de nuestro conocimiento sobre estas falsas ideas. Por ejemplo, cuando vemos una sombra a lo lejos, en el monte, y pensamos que es un hombre cuando en realidad es una piedra (falsa percepción). Continuamos pensando qué hará un hombre en medio del campo a estas horas, quizás nos digamos a nosotros mismos que es un pastor, que debe tener frío, que desde su posición tendrá buenas vistas… Todas estas presuposiciones, fundadas sobre una idea falsa, no tienen sentido y las rechazamos de pleno en cuanto somos conscientes del error inicial. Es decir, cuando descubrimos que la silueta pertenece a una piedra, no a un hombre, deja de tener sentido las conclusiones que habíamos derivado anteriormente (“es un pastor”, “tiene frío”, etcétera).

          Lo mismo ocurre con el resto de ideas. Si pensamos que la tierra es plana, temeremos adentrarnos en alta mar con un barco, no vaya a ser que llegues al borde y te caigas. Si pensamos que los índices macroeconómicos te muestran el estado de bienestar de los ciudadanos de un país o que los animales no sufren, justificaremos un comportamiento acorde. Pero… ¿y si estas ideas no fueran ciertas? Habría que rechazarlas inmediatamente, tanto ellas como todo el conocimiento derivado de ellas. Es más, todas las ideas obtenidas mediante la misma fuente (por ejemplo, los sentidos) tiene una posibilidad de fallar proporcional al número de veces que nos ha fallado anteriormente. Por lo tanto, no estamos hablando de ideas particulares, sino de las fuentes de las que estas provienen.

          Descartes, como cualquier filósofo occidental, busca encontrar unas ideas ciertas, de las cuales no se pueda tener ninguna duda y que tengamos una absoluta certeza sobre su veracidad, sobre las cuales fundamentar nuestro conocimiento. ¿Cuáles podrían ser estas ideas? ¿Existe algo así? ¿Podemos encontrar, con total certidumbre, una fuente absolutamente infalible de conocimiento?

La duda metódica

Tres niveles de duda

          Para ello, Descartes propone la conocida duda metódica. Esta consiste en dudar de todo aquello que sea posible dudar (siempre de manera razonada, con un fundamento, no se trata de preguntar “¿por qué?” a lo loco). Lo primero de lo que duda son los sentidos. Como en el caso de la sombra anterior, todos hemos vivido momentos en los que los sentidos nos engañan. Por lo tanto, estos no son una fuente fiable de conocimiento, ninguna idea que provenga de los sentidos o que haya derivado de ella puede ser fiable al cien por cien.

          Pero, vamos más allá. En ocasiones, sería necio negar una realidad que parece evidente, como que estás leyendo este artículo ahora mismo. No hay ninguna razón sensata para negarlo, pues las condiciones de conocimiento son las más adecuadas (no hablamos de una sutil silueta en la distancia). Pero, aún en estos casos se podría dar una situación que haría que la percepción clara fuese incierta y con la cual todos estamos familiarizados: el sueño. ¡Podríamos estar soñando!

          Atención, por favor… Este punto se malinterpreta (intencionadamente) en muchas escuelas que buscan criticar al pensador francés. Descartes no dice en ningún momento que la vida sea un sueño, ni que él crea que estemos soñando ahora mismo, ni nada por el estilo. Lo importante es la mera posibilidad de que estemos soñando. En un sueño, lo que parece real (en tanto que materialmente existente en el mundo extra-mental) no lo es. Y podría ser el caso actual. Nosotros podríamos estar soñando que leemos un texto que nunca nadie ha escrito. Podríamos estar soñando que existen ordenadores y editores de texto que en verdad no se han creado nunca o que quedaron anticuados hace cientos de años. Y la mera posibilidad hace que el conocimiento obtenido por los sentidos, incluso en condiciones ideales, no sea fiable. Por lo tanto, todas las percepciones deben ser rechazadas como candidatos a certezas iniciales.

    Pero hay algo que, incluso aunque estuviésemos soñando, parece real indiscutiblemente: las verdades matemáticas o lógicas, es decir, las definiciones. Incluso en el sueño, un triángulo tiene unas propiedades matemáticas determinadas y las reglas lógicas funcionan igual. 2 + 2 = 4 es cierto tanto en el sueño como en la vigilia. ¿Constituyen, las definiciones, el deseado fundamento de nuestro pensamiento?

          No exactamente. Hay otra posibilidad teórica que Descartes plantea para rechazar la certeza de estas realidades: el demonio maligno. ¿No podría darse la posibilidad de que un ser con una especie de poderes mágicos de algún tipo me engañase, haciéndome pensar que realizo las operaciones mentales anteriores de manera adecuada, cuando en verdad no lo estoy haciendo bien? Un ser de tales características (igual que una psicopatología, un estado alterado de conciencia o un chip malintencionadamente implantado en mi cerebro) podría hacerme pensar que 2 + 3 = 4. Yo vería la fórmula y pensaría que es correcta. Cogería dos garbanzos y luego le añadiría otros tres y, al contar el resultado, contaría únicamente cuatro garbanzos (quedando uno oculto a mi percepción por intervención de dicho chip).

          Descartes no piensa en ningún momento que haya brujos, diablos y faunos que jueguen con nuestras mentes. Su existencia o no-existencia no es relevante en este momento. Lo importante es su mera posibilidad. Por pequeña e increíble que esta sea, se podría dar el caso de que así fuera y nosotros fundaríamos todo nuestro conocimiento sobre definiciones falsas. Descartes busca algo todavía más cierto, que esté libre de esta posibilidad (por pequeña que sea). Algo de lo que no podamos dudar, de lo que estemos seguros al 100%.

Cogito ergo sum

          Si no podemos estar seguros ni de lo que obtenemos mediante los sentidos ni lo que pensamos mediante nuestra mente… ¿Cuáles pueden ser estas primeras certezas? He aquí el famoso “cogito ergo sum” (que está en los discursos, cuarta parte, primer párrafo). Pienso, luego existo. Puedo dudar de todo lo que quiera, pero no puedo dudar de mi propia existencia, ya que la mera duda ya implica un ser que existe (el ser que está dudando). Aunque perciba mal una realidad, soy yo quien la percibe; aunque esté soñando, soy yo el que sueña; aunque un diablo maligno me engañe… me está engañando a mí. Quizás yo no sea quien crea ser (como en la esquizofrenia), pero en tanto que pienso soy algo. Un “algo pensante”, pero algo al fin y al cabo. No hay pensamiento posible sin un yo; este es el inicio cierto de toda filosofía.

          Esta justificación de la propia existencia es interna, en tanto se enmarca dentro de los límites de la filosofía occidental y de la subjetividad del propio pensamiento. La primera certeza es una existencia (la propia) basada en nuestro pensamiento. Desde que pensamos, existimos. Fuera del pensamiento (como ocurre en las prácticas meditativas originales de Asia) no tenemos certeza del yo, es más, quizás neguemos su existencia. Pero, dado que la filosofía occidental es puro pensamiento, y Descartes se dedica a la filosofía occidental, esta fundamentación es perfecta (en tanto que es válida para dicha filosofía). Es el inicio de toda filosofía posible. Si intentamos pensar cualquier cosa, en primer lugar nos vamos a encontrar la idea del yo como existente, ya que esta surge con cualquier pensamiento.

          Las conclusiones que se derivan de aquí son inmediatas. Yo existo sí, pero no “a secas” y mucho menos existo de una manera determinada (con nombre y apellidos). Existo (nada más, pero también nada menos que) como una cosa pensante. Mi existencia corporal e incluso personal no están todavía demostradas, pero mi existencia como un ser pensante (un ser que, al menos, duda) es innegable. Además, es evidente que siempre que pensamos, pensamos en algo. El pensamiento siempre tiene un objeto sobre el que se centra. Es decir, existimos nosotros, existimos como una cosa pensante y existe algo que es pensado (aunque ese algo no exista fuera de mi mente, existe en ella, como objeto del pensamiento). Aunque no haya piedras en el mundo, si yo pienso en una piedra, puedo estar absolutamente seguro de que la representación mental de esa piedra existe, al menos como idea en mi mente.

          Esta idea será fundamental en autores posteriores como Kant o Fichte, pero especialmente importante para el pensamiento occidental en general, para el cual el yo es una entidad absolutamente prioritaria, llegando a ser incluso la vara de medir con la que juzgamos al resto del mundo. Esta idea del yo tiene su origen en Aristóteles, pero eso es otra historia. Lo que importa ahora es ser conscientes de que es Descartes quien introduce esta idea como un primer inicio en la filosofía occidental. Es más, Descartes introduce la importancia de que haya un primer inicio absolutamente cierto en la filosofía, del cual derivar el resto de conocimientos.

Un ser perfecto

          Pero Descartes no se queda aquí. A partir de la idea del yo (como “cosa” pensante) deduce la idea de Dios, entendiendo por ello un ser perfecto (aunque con tintes cristianos por todos lados -ser personal, creador, bondadoso, etcétera-). La deducción es como sigue. Entre todas las ideas que tengo en mi mente, una de ellas es la idea de un ser absolutamente perfecto. Yo no soy perfecto ni conozco nada que lo sea, ¿cómo puedo tener, entonces, la idea de un ser perfecto?

          Según Descartes (y otros tantos filósofos occidentales) todo debe tener una causa que sea mayor que su efecto. Una roca de cinco kilos no puede mover una de quinientos sin usar una rampa o algún mecanismo (en cuyo caso la energía potencial de la piedra grande se sumaría a la energía que la piedra pequeña le imprime y tendríamos una causa suficiente formada por estos dos elementos). Una idea debe tener una causa mayor que la justifique. Por ejemplo, la idea de una piedra la produce la propia piedra en el mundo exterior o un diablo maligno (que es “mayor”, ontológicamente hablando, que la piedra) o un cuadro de una piedra (que a su vez estará basado en alguno de los dos casos anteriores). En los tres casos, la causa (digamos, la piedra real) es mayor que el efecto (la idea de la piedra). Para estos razonamientos se usan el principio de razón suficiente y el principio de causalidad, los cuales no son demostrados sino presupuestos por Descartes y son una fuente importante de crítica (pero dejémoslo por el momento).

          Entonces, ¿cuál puede ser la causa de la idea de un ser perfecto? Yo no puedo serlo, porque yo no soy perfecto. Tampoco el demonio maligno, pues su maldad lo hace inferior a un ser perfecto y bondadoso. Únicamente un ser perfecto y real puede ser causa de la idea de un ser perfecto en la que yo puedo pensar. Por lo tanto, este ser perfecto existe. Aquí hay otras fuentes de crítica, como la idea de que la bondad es una perfección (donde se mezclan conceptos subjetivos y morales, como el bien, con conceptos de carácter objetivo y metafísico, como la idea de la perfección), se presupone que un ser perfecto tiene que ser real (porque la “realidad” es una perfección)… Etcétera, etcétera, etcétera. Pero lo importante es ver cómo Descartes fundamenta la existencia de Dios. No menos importante es ver que si bien la existencia del yo es argumentada de una forma elegante, limpia y racional que muy difícilmente se puede refutar, la idea de Dios hace uso de varias premisas ocultas e ideas secundarias que son muy criticables y no están fundamentadas más que en la cultura (cristiana) del siglo XVII.

El mundo exterior

          Hay un tercer y último nivel en la argumentación de Descartes que busca fundamentar la existencia del mundo exterior. Si Dios existe y es perfecto y, como tal, es bondadoso (pues la bondad es una perfección, según Descartes), entonces Dios no puede engañarnos (pues el engaño es un mal) y, por lo tanto, lo que aparece claro a nuestro pensamiento, debe ser cierto. Según Descartes, el error surge por una desproporción entre nuestra capacidad de juicio (que, dada nuestra voluntad y libertad, es ilimitada) y nuestro conocimiento, que es muy limitado. Juzgamos algo que no conocemos y por eso erramos. Pero Dios no es culpable de nuestro error. Pero sí es artífice de nuestros aciertos. Cuando algo aparece claro ante nuestros “ojos”, entonces será cierto.

          Ahora bien, la realidad exterior, en ocasiones, además de aparecer como cierta ante nuestros ojos, está en consonancia con todos los datos de nuestra conciencia, como nuestra historia personal y el resto de conocimientos que tenemos. En esas ocasiones, entonces, dada la bondad de Dios (que es un criterio de verdad), la claridad de nuestra percepción y la coherencia de esta, debemos afirmar como cierta la existencia de la realidad exterior.

Conclusiones

          La argumentación del yo como elemento fundamental (es decir, original, primario, genuino) de la filosofía es brillante y, en mi opinión, innegable (siempre dentro de los márgenes de la filosofía occidental). Sin embargo, a partir de ahí es difícil continuar. Es difícil salir del yo cuando usamos únicamente el pensamiento racional puro. Y por ello Descartes se ve obligado a “aflojar” las exigencias de certeza que imponía a sus primeras argumentaciones. La deducción de Dios es mucho menos sólida que la del yo y la del mundo exterior se basa prácticamente en el sentido común (que es el menos común de los sentidos). Es necesario usar premisas ocultas, varios principios lógicos no probados (como el principio de razón suficiente), ideas relativas a un esquema cultural determinado (la idea cristiana de un Dios personal)… Hay un gradiente de certeza entre el yo y el mundo exterior, siendo 100% en el primer caso y mucho menor en el segundo.

          Sin embargo, esto quizás no se deba a un fallo en la argumentación de Descartes, sino a la propia estructura de la realidad y de nuestro pensamiento. Este nos permite tener absoluta certeza sobre nuestra propia existencia, pero no justifica con esa seguridad la existencia del mundo exterior o de Dios, donde es necesario tener un poco de confianza, dar un salto de fe y presuponer su existencia, que es lo que hacemos todos los días (y lo que el propio Descartes hacía).

          Por lo tanto, la importancia de Descartes no reside en demostrar a Dios (pues no lo hace, a lo máximo prueba la existencia de un ser perfecto, pendiente de varias premisas no demostradas), ni del mundo exterior, sino la idea del yo como fundamento de todo el pensamiento, así como la necesidad de buscar un inicio infalible para la filosofía occidental mediante la duda y el cuestionamiento de las fuentes de conocimiento humano. A partir de ahí, podremos deducir de una forma u otra el resto de ideas, pero eso requerirá varios siglos de pensamiento y muchos otros autores.