Kant, por qué te importa

Kant, por qué te importa

Contexto filosófico

El filósofo prusiano es un gran ejemplo de cómo la solución a un problema puede ser el ordenamiento de las ideas anteriores y su superación en una nueva propuesta, haciendo avanzar así a la cultura filosófica europea. En el tiempo de Kant, el panorama filosófico se encontraba en una encrucijada difícil de resolver entre tres polos: empirismo, racionalismo y dogmatismo. Sólo un intelecto como el kantiano podría crear una realidad nueva que incluyese estas tres perspectivas, explicándolas y superándolas a la par.

Por un lado, los empiristas (como Hume) defendían que todo el conocimiento provenía de los sentidos. A partir de ahí la mente puede ejercer su labor, creando ideas y argumentos, pero la información siempre viene del exterior. Conocemos lo que es una planta porque las hemos visto, sabemos qué es el amor porque lo hemos vivido, incluso podemos llegar a pensar en el absoluto porque hemos visto verdades parciales, unas más que otras, y nos imaginamos lo que sería la verdad completa.

Por otro lado, los racionalistas (como Descartes) pensaban que el auténtico conocimiento era aquello que producía nuestra mente, nuestras ideas. Sólo de ellas podemos estar completamente seguros, no en tanto que se relacionan con un objeto externo, sino como puras ideas. Si yo veo un caballo frente a mí, puedo estar seguro de que “percibo un caballo”, independientemente de que el caballo (o los caballos en general) existan o no. En tanto que idea, como contenido mental, es irrefutable. Descartes había demostrado que la primera certeza es el yo, en tanto que sustancia pensante, y las ideas que este produce, en tanto que ideas, lo que los anglosajones llaman qualia.

Por último, los realistas (como Leibniz) creían que existía una realidad externa y que podía ser conocida por el hombre (algo que dudan los dos anteriores). Si no existiese una razón de ser del contenido mental, este no podría existir, y a esa razón la llamamos absoluto, verdad o realidad. Aunque cometamos errores al percibirla, aunque la sesguemos por nuestros principios, hay algo ahí afuera que podemos conocer. Incluso valores como el bien o la verdad tienen un fundamento, más o menos sustancial, que se puede iluminar mediante el conocimiento humano, ya que los hombres tienen las herramientas adecuadas para conocer dicha realidad.

Estas tres posturas no se contradicen entre sí, aunque solo un intelecto profundo y tremendamente elaborado puede ponerlas en comunidad. Según unos, el único conocimiento cierto es lo percibido por los sentidos, según otros es el pensado por nuestra mente y los terceros afirman que la verdad es una realidad externa… ¿Cómo no ver una contradicción entre ellos? He aquí Kant.

Idealismo trascendental

Uno de los mayores hitos en la historia del pensamiento occidental son las teorías filosóficas de Kant, quien era principalmente un epistemólogo (aunque también tiene importantes teorías morales). Kant divide la mente humana en tres partes fundamentales: sensibilidad, entendimiento y razón. Centrémonos en los dos primeros por el momento.

Para Kant, la sensibilidad es la capacidad de captar el mundo exterior a través de los sentidos. Esto nos da una información cruda, en bruto, sin procesar, del exterior. Nos dice que hay un color rojo aquí, un olor agradable por allá, un tacto áspero en nuestra mano…  O, mejor dicho, mediante la sensibilidad captamos información a través de la vista, por ejemplo, pero sin clasificarla como “rojo” o “agradable” o siquiera como “un”. Será el entendimiento, por otro lado, el que nos permita pensar dicha información. Este funciona mediante unas categorías determinadas tales, como cantidad (unidad o pluralidad, por ejemplo) o relación (sustancia/accidente, causa/efecto)…

Según Kant, sin la sensibilidad ningún objeto nos sería dado, pero sin el entendimiento ninguno sería pensado („Ohne Sinnlichkeit würde uns kein Gegenstand gegeben, und ohne Verstand keiner gedacht werden“ A51/B75). Para Kant la realidad existe (dogmatismo), hay algo real ahí fuera que podemos conocer (el llamado noúmeno o cosa en sí), pero lo conocemos a través de unos instrumentos determinados: nuestros sentidos (empirismo) y nuestras categorías de entendimiento (racionalismo). Sin embargo, la teoría kantiana no es la mera mezcla de los elementos anteriores, sino su completa superación en un esquema diferente: el idealismo transcendental.

Esta teoría explica que la realidad que existe en el exterior (los objetos) son conocidos a través de un sujeto de conocimiento. Y este sujeto es fundamental para entender la realidad. La filosofía occidental es consciente de ser una creación humana, algo que no es baladí. Si los dioses hicieran filosofía en sus tronos del olimpo, no tendrían que preocuparse por la subjetividad del conocimiento ya que seguramente pudiesen captar la realidad en sí misma (noúmeno). De hecho, sabidurías orientales como el hinduismo (aunque también la vida contemplativa cristiana o musulmana, el nirvana budista, etcétera) buscan acceder a esta realidad pura, en sí misma, por lo cual acaban eliminando todas categorías de pensamiento, incluyendo el yo, por lo que solo acceden a la realidad cuando dejan de ser humanos, en cierto sentido (al menos mentalmente) y pasan a ser parte de la nada (o la nada misma).

Como seres humanos, entonces, si estamos interesados en la filosofía occidental (lo cual sea, quizás, un oxímoron por definición), tenemos que conocer este sujeto de conocimiento que somos nosotros mismos. Y ahí entra el idealismo trascendental de pleno. Kant buscaba explicar los elementos a priori de la sensibilidad y el entendimiento, esto es, los conceptos o estructuras mentales que los seres racionales (todos, por definición) tienen en su mente antes de tener cualquier experiencia. Son, además, los elementos que posibilitan dicha experiencia, por lo que son necesariamente anteriores a ellos.

No voy a detallar cuales son estos elementos por varias razones: 1) ya lo hace Kant mejor que yo, 2) ya hay miles de autores que explican pormenorizadamente estos elementos y 3) están sesgados por ideas kantianas muy refutables tales como la lógica del siglo XVIII (especialmente las categorías del entendimiento). Pero, a modo de ejemplo, déjenme decir que los elementos a priori de la sensibilidad son el espacio y el tiempo, mientras que las categorías del entendimiento (elementos a priori de este) son las siguientes cuatro, divididas cada una de ellas en tres subcategorías de las cuales la tercera constituye la síntesis que supera las dos primeras:

No es importante centrarse en ellas por el momento. Basta con entender la importancia de su existencia. Estas categorías son las estructuras acorde a las cuales nosotros capturamos y pensamos la realidad. Todas nuestras experiencias están situadas en el espacio y en el tiempo, por definición. No podemos conocer realidades que no sean espacio-temporales (en el caso de que las haya). Si las hubiere, no podríamos captarlas y si no tuviésemos esta capacidad para estructurar la realidad acorde al espacio y al tiempo, en caso de tener alguna forma de acceder a la realidad, la percibiríamos toda de golpe. Al mismo tiempo y en el mismo punto adimensional.

Cuando intento explicar esto a alguien por primera vez, le pido que se imagine una pelota blanca, minúscula y resplandeciente formada por toda la información del universo durante un tiempo infinito. Las letras que tiene ante sus ojos estarían ahí, igual que la silla sobre la que se sienta, y la manzana que se comió la semana pasada, y cuando esta era una flor en el árbol, cuando pasó a ser parte de su cuerpo, cuando le abandonó y volvió a la tierra… Toda la información del universo se concentraría en un punto adimensional. Sin embargo, no podríamos percibirlo, no tendríamos capacidad. Necesitamos estructurar toda esta información acorde al espacio y al tiempo. Eso es pasado, aquello futuro y esto presente. Esto está aquí cerca y aquello a miles de kilómetros de distancia.

Otra metáfora que puede ayudarnos a comprender este asunto es la de la película informatizada. Imagínense que tienen acceso a cada uno de los bits (o unidades mínimas de información) que componen una película, sin orden ni concierto. Imagínese que su reproductor le muestra toda esta información durante un instante en su pantalla (lo cual ya es espacio-temporal, pero pongamos ese supuesto para entendernos). No habría distinción entre las primeras y las últimas escenas, todo se mostraría a la vez, y tampoco se colocarían los píxeles en orden, ni se distinguiría la información visual ni auditiva… En fin, que el noúmeno, que sería la película vista de esta forma, no se puede conocer.

Y, sí, esto significa que, según Kant, el espacio y el tiempo son elementos introducidos por el sujeto en la cognición. Lo mismo ocurre con las categorías del entendimiento. Pensamos la realidad como una o múltiple, como necesaria o posible, etcétera. No son realidades independientes del propio sujeto, el espacio no existe “ahí afuera” esperando a que llegue un sujeto y lo conozca. Sin sujeto, no hay espacio ni tiempo, aunque tampoco deja de haberlo. Hay información no diferenciada (concepto no usado por Kant, pero muy ilustrativo). Esto no significa que el sujeto cree la realidad, ni que esta no exista sin él. Sólo explica la forma en la que los sujetos de conocimiento, nuestras mentes, mejor dicho, ordenan la realidad para conocerla.

El último de los elementos de la mente, usando la terminología kantiana es la razón. Esta es una facultad humana que permite proyectar estas categorías al absoluto, hipostasiarlas o darles una sustancialidad. Es decir, creer en la realidad absolutamente necesaria o total o ilimitada, a partir del conocimiento de realidades accidentales, parciales y limitadas. Según Kant, esta es una tentación inevitable para el hombre, pero injustificable. Conocer realidades limitadas en mayor o menor grado no te tiene que hacer creer en la existencia de una realidad ilimitada. No tienes ninguna prueba (ni empírica ni racional) de ello, solo una creencia. Y, según Kant, toda la metafísica anterior a él era de este tipo. No hay más que leer El discurso de la metafísica de Leibniz para ver cuál era la preocupación de Kant.

Con esto, Kant dio una puñalada mortal a la metafísica occidental, que desde entonces fue muriendo poco a poco hasta desaparecer en nuestros días. Sin embargo, para Kant una metafísica correcta es la descripción de los elementos a priori de la mente humana, una metafísica trascendental. ¡La metafísica es una ciencia formal!, diría Kant, lo cual es una locura cuando se entiende correctamente. Sin embargo, también nosotros hemos abandonado esta metafísica en la modernidad.

Conclusiones

Volvamos a la discusión con la que empezamos, el contexto filosófico en el que se enmarcan las obras kantianas y que explican el paso que este supone en la teoría filosófica de Kant.

Los dogmáticos, por un lado, afirmaban que la realidad existía y que los humanos la podían conocer. ¿Cómo?, preguntaba Descartes, quien era consciente de que nuestros sentidos nos engañan constantemente, de que incluso en ocasiones creemos percibir la realidad cuando no estamos más que soñando y que incluso aunque estuviésemos despiertos podríamos estar viendo una realidad manipulada (por un demonio maligno, según Descartes, o por un neurocientífico loco que nos trastocase neuronalmente el cerebro a distancia, según filósofos modernos). La realidad externa no puede conocerse con total seguridad, siempre hay una posibilidad de duda, mientras que de la existencia del yo no puedo dudar. Por lo tanto, este debe ser la primera certeza sobre la que basar la filosofía.

Pero, ¿cómo es eso?, preguntaría Hume, para quien estaba claro que lo único real eran las impresiones que percibíamos. Nuestras ideas pueden ser completamente falsas (en tanto que no se correspondan con ningún objeto externo), como cuando imaginamos una montaña de oro o un unicornio. Ni siquiera la causalidad básica, una de las ideas más claras obtenidas mentalmente, es justificable. Solemos pensar que cuando una bola de billar choca con otra, la segunda se mueve a causa de la primera pero… ¿qué certeza tenemos de esto? Solo que lo hemos visto miles de veces y deducimos que la próxima vez ocurrirá lo mismo pero… es una suposición y las suposiciones no constituyen un conocimiento verdadero. Ahora sí, de lo que no puedo dudar es de ver una pelota de billar. El auténtico conocimiento es el que se obtiene mediante los sentidos.

Pero, ¿en serio?, diría Leibniz. ¿No implica más fe creer que hay una posibilidad de que un acontecimiento que veo repetirse millones de veces con el mismo resultado no se repita la próxima vez que lo vea acontecer? ¿No es más sencillo, e incluso filosóficamente más justificable, creer que hay una estabilidad en la naturaleza? ¿De dónde viene nuestro conocimiento, sea percibido por los sentidos o por la mente, si no es de una realidad externa?

Aquí es donde las teorías kantianas afirman todo lo que afirmaban sus predecesores, negándoles a la vez y superándoles. Sí, existe una realidad. Sin ella nuestra mente estaría vacía de contenidos, no sería más que una estantería vacía o los planos de un edificio sin ladrillos. Además la realidad externa es indiferente a nuestra voluntad, lo que fundamenta su independencia metafísica. En ese sentido, los dogmáticos no dicen nada falso.

Sin embargo, esta realidad no la conocemos de manera pura y directa. Nosotros introducimos una serie de estructuras de pensamiento en dicha realidad, que nos permiten pensarla bajo unas categorías determinadas. Claro que el conocimiento que obtenemos a través de los sentidos es cierto, aunque no en tanto que se relacione a la perfección con el objeto externo, sino en tanto que es una impresión que nosotros tenemos de la realidad, una forma de captarla bajo unas categorías de la sensibilidad determinadas. Ahí los empiristas tienen razón Y, por otro lado, por supuesto que los contenidos mentales son reales, pero no en tanto que sustancias independientes del sujeto y reales en sí mismas, sino como dichas estructuras de pensamiento. El yo, por ejemplo, es una realidad presupuesta para la filosofía y, como tal, cierta. Por eso los racionalistas no erraban en su análisis.

Claro, Hume, claro que no puedo estar seguro al cien por cien de que cuando una pelota golpea a otra, esta segunda se vaya a mover. No tenemos una impresión directa de la causalidad entre objetos físicos, pero la causalidad es uno de los esquemas de nuestro pensamiento, por lo que somos nosotros quienes introducimos esta idea en la naturaleza. Con otras palabras, las realidades que no se comportan acorde a la ley de causalidad, no son percibidas o pensadas por nosotros. No podemos “verlas”. Claro, Leibniz, claro que toda realidad tiene una razón suficiente que lo sustenta, pero esto no es una realidad sustancia independiente del sujeto que exista ahí afuera, en una especie de cielo neoplatónico donde las ideas reposan. Son estructuras de pensamiento humano. Claro, Descartes, que el yo es el la primera certeza que tenemos, porque si no lo presuponemos no hay ni sujeto ni filosofía posible, solo seríamos información no diferenciada. Pero, de nuevo, en tanto que presupuesto es cierto, pero transcendentalmente (que no transcendentemente).

Para comprender la realidad, tenemos que entender al sujeto que la conoce. El sujeto no crea la realidad, pero tampoco conoce esta de forma pura e inmaculada. Pensar significa captar la realidad acorde a categorías, principios, conceptos e ideas. Sin estos elementos no hay pensamiento posible. A partir de Kant, los viejos debates quedarían superados y la tradición filosófica europea podría continuar avanzando hacia ideas más desarrolladas.