¿Un chiste? No, gracias

¿Un chiste? No, gracias

Son poco más de las siete y media de la tarde cuando llaman a la puerta de mi habitación. Uno de mis compañeros de piso me invita a unirme a ellos a echar una partida a la consola de turno: Halo time? A veces me sumo, más por pasar un rato con ellos que por el interés en la partida, pero cada vez me cuesta más. No porque los videojuegos hayan dejado de gustarme, sino porque cada vez los veo menos con los ojos del niño inocente que siempre he sido. Sorry, still have to write something.

Vivimos inmersos en la cultura del entretenimiento. Videojuegos, discotecas, cañas con los colegas… incluso realidades culturales como la música, el cine o la literatura se supeditan a este. Cambian cualquier capacidad de transformar al individuo, mejorándole intelectual o culturalmente, por un poder de atracción que le mantenga enganchado a una pantalla. Cuanto más tiempo, mejor. Pero, ¿quién puede tener algo contra el entretenimiento? Un aguafiestas o un monstruo, únicamente. La comedia es lo más bello de la vida, ¿no? La diversión, las risas, el desconectar… Pues, quizás sea uno o lo otro, pero esta cultura del entretenimiento me preocupa.

Me preocupa ir en metro y ver a todo el mundo escuchando la lista de turno de Spotify a todo volumen mientras juegan con el móvil al Candycrush, cuyo único reto es juntar formas y colores para conseguir puntos. O algo así. Mientras, sobre sus cabezas descansan extractos de textos colocados por el ayuntamiento que pasan completamente desapercibidos. Siempre de novelitas o textos ligeros porque, claro, la gente no lee ensayos. Con alguna fotito en color y un título grande, para atraer al despistado lector, como si fuesen miguitas de pan que marcan un camino difuso entre la maleza.

Y, sí, siempre hay dos o tres jóvenes, con caras de pocos amigos y tez pálida, leyendo, aunque seguramente lean novelas cuyo único valor consiste en narrar escenas de sexo salvaje o contar, con un estilo digno del más elegante community manager, las aventuras de personajes que querrías ser, pero no eres. Además, fíjense bien en estos lectores de metro, siempre van por los primeros capítulos, como si hubiesen cogido el libro hace un par de días.

Me preocupa que la música más escuchada sea el reggaetón, música pop repetitiva o que el rap haya tenido que convertirse en trap para ser escuchado. Me preocupa poner la tele y ver que todos los programas son de entretenimiento, de cotilleo, de morbo y comentarios absurdos, incluso las tertulias políticas. Me preocupa ir al cine y ver que el valor de la gran mayoría de películas son sus efectos especiales. Me preocupa observar el escaparate de una librería el libro de Belén Esteban, de Mario Conde y 50 sombras de Grey.

Me preocupa, porque pienso en la vida que llevan mis compañeros de piso. Uno de ellos se levanta a las seis y cuarto de la mañana, desayuna y se ducha rápido para salir de casa a las siete menos cuarto. Tiene que coger un autobús que le acerque a la estación y un tren que le lleva a la ciudad de al lado, para presentarse en el trabajo diez minutos antes, por si acaso. Allí trabaja durante ocho horas, con una pausa de quince minutos para comerse un bocata y luego vuelve a casa. No tarda más de cuarenta minutos en ir y cuarenta en volver. Todos los días. El otro tiene una rutina parecida.

Uno trabaja en un gimnasio, atendiendo clientes y ayudándoles a muscularse para estar guapos para su próxima cita o para las fotos del Instagram. O algo así. Tampoco habla mucho de ello, ya que no parece interesarle. De hecho, cuando le pregunto simplemente “¿qué tal?”, se queda un par de segundos pensándolo, como si no se lo hubiese planteado nunca, para terminar respondiendo un “meeh, todo bien”. El otro desempeña un trabajo que tampoco le interesa demasiado. Le gusta, sí, pero poco más. Incluso, cuando se pone optimista, da gracias por tener un trabajo, pero pasa las horas esperando a que termine su jornada y las semanas esperando al finde.

Y cuando llegan a casa, juegan. A uno u otro juego. En línea o en modo campaña. Algún día cogen un juego antiguo y se lo pasan de nuevo, en una dificultad mayor que la vez anterior. Otras veces compran un juego nuevo, por entre cincuenta y setenta pavos. Se tiran alrededor de un día trabajando para comprar el dichoso juego. Ocho horas, con sus cuarenta minutos de ida y sus cuarenta minutos de vuelta. Y eso, evidentemente, me preocupa.

La forma de controlar las sociedades democráticas es mediante la formación. O, mejor dicho, la deformación. Si le quitas a un hombre la capacidad de leer, le pones una azada en la mano, le obligas a pagar por una casa y le ofreces trabajo en una huerta, el hombre no tiene escapatoria. Además, puedes hacerle creer que es un afortunado porque “al menos tiene trabajo”. El entretenimiento, en esta metáfora, consigue el primer paso. Sí, todos sabemos leer en occidente, pero ¿de qué nos sirve si no hemos leído nunca un libro que merezca la pena? Todo el tiempo que te mantengan alejado de leer El capital de Marx, o La mano invisible de Adam Smith, o Un mundo feliz, de Huxley, o similares, es tiempo ganado por parte de quienes hacen negocio de la estupidez humana.

Sólo así se entiende que viviendo en una sociedad donde tenemos que trabajar una barbaridad para poder llegar a final de mes; donde nos despertamos todos los días con noticias sobre la precarización de los trabajos a la par que el mantenimiento de los beneficios por parte de las grandes empresas; donde sabemos que hay guerras, hambrunas, migraciones masivas y epidemias que podríamos solucionar; donde tenemos una clase política despreciable, una panda de catetos con beneficios de todo tipo y salarios de puta madre… Solo así se entiende, decía, que viviendo en una sociedad como la nuestra, dediquemos nuestro tiempo a entretenernos, perdiéndolo en gran medida, en lugar de luchar por una sociedad mejor o por desarrollarnos a nivel personal.

Además, no somos nosotros los que hemos optado por el entretenimiento, nos lo han metido en vena desde pequeños, nos han educado en esta cultura. Está pensado a propósito. El entretenimiento es un negocio. Te gastas dinero en el cine, o en el Spotify, o viendo la publicidad de la tele, o en Youtube, o acabas comprando un videojuego, o reventando la batería del móvil jugando a cualquier estupidez, con lo que tendrás que comprar otra, aumentar tu tarifa de datos… etcétera, etcétera, etcétera. Se saca más dinero con el entretenimiento que con la cultura, ya que el primero es más rápido y más efímero, por lo que se pueden vender más productos con él.

El entretenimiento en nuestra sociedad tiene el carácter autoritario de los valores autodenominados absolutos. Estos aplican normas a todas las realidades existentes, excepto a sí mismos, como el rey que raciona la comida de sus ciudadanos mientras él come por cinco. O que mientras sus súbditos están obligados a cursar una carrera para obtener un título mientras él lo consigue gratuitamente. Incluso en el ámbito más personal, el entretenimiento y el humor es una exigencia. Si estás con tus amigos por ahí y te quieres ir pronto, eres un aguafiestas; si últimamente no sales eres un marginado; si no te hace gracia un chiste eres un soso, o un rallao… Y no se te permite. Tienes que divertirte con lo que te ofrezcan.

El entretenimiento, en concreto la comedia, tiene la autoridad moral para criticar a todo el mundo: puede meterse con musulmanes, paralíticos, gitanos, mujeres, nacionalidades, símbolos religiosos, dictadores… Incluso se puede frivolizar con el asesinato de un presidente o la muerte de inmigrantes. Pero, ojo, ¡cuidado con meterte con el propio entretenimiento! Puedes criticar cualquier cosa, pero siempre desde la comedia y el humor, es decir, que no puedes criticar a la comedia en sí misma. No vayas a plantear que un chiste te parece ofensivo desde la seriedad y la reflexión, porque entonces eres un censurador. O un ofendidito.

En los medios de comunicación últimamente no paran de mostrarnos los peligros que tiene quejarse de los chistes e intentar censurarlos. Incluso llegan, los muy imbéciles, a señalar al que alza la voz en contra: los ofendiditos. “Se empieza censurando un chiste y te acaban metiendo en la cárcel por un pensamiento”. ¿Hola? ¿Qué tendrá que ver? Hay muchos chistes que pueden ser muy graciosos (o no), pero que pueden criticar a un colectivo, menospreciar a un sector de la población, cometer un delito de odio o de incitación a la violencia. Y estos chistes, no solo no tienen ni puta gracia, sino que son despreciables desde el punto de vista moral.

Y me da igual el espectro ideológico del que provengan. La misma utilización del humor hacen el poeta que criticaba a Montero dudando de su posición y achacándola a su género, y el que se suena los mocos con la bandera de España; el que insulta las creencias de mil millones de personas dibujando obscenamente a Mahoma (es decir, Muhammad) y el que se caga en los dogmas cristianos; tanto el que llama perro flauta a Pablo Iglesias como el que dice que Albert Rivera es un cocainómano; el que se ríe mandando a una mujer a la cocina, o el que llama maricón o nenaza a alguien sin fuerza. Es que, en todos esos casos, donde el entretenimiento suple la reflexión y el análisis, se está manipulando.

¿Quién puede tener algo en contra del entretenimiento? Bueno, pues yo lo tengo. Cuando se entiende como valor absoluto, cuando gastamos la totalidad de nuestro tiempo libre en él, cuando lo convertimos en un mecanismo de control contra el cual no se puede alzar la voz… En todos esos casos, el entretenimiento no tiene ni puta gracia. Y, sus consecuencias, no solo las estamos padeciendo ya, sino que seguirán manteniéndonos incapaces en el futuro. Como decía el maestro, “ten ciudado, chica Yeyé, que tu presente yeyé será mañana ay ay ay”.