Parte I: los primeros choques con la India

Parte I: los primeros choques con la India

octubre 31, 2018 0 Por Alberto Buscató Vázquez

De un aeropuerto europeo a una cueva en los pequeños Himalayas

Puedes descargar el diario de viaje en PDF en este enlace: 45 días en India

Día 0. Preparación
Día 1. Nueva Delhi – Haridwar
Día 2. Haridwar. Los ghats; el templo de Ganga
Día 3. Haridwar – Rishikesh
Día 4. Rishikesh, la capital del yoga
Día 5. Rishikesh – ¿Gangotri?
Día 6. ¿Gangotri?

Día 0. Preparación

Llevo meses planificando este viaje, pero toda una vida esperándolo. Siempre que uno pregunta por la vida espiritual, por los grandes sabios de la humanidad, por el origen del pensamiento… la respuesta es un lugar: la India. El primer hombre que miró al cielo intentando desentrañar sus secretos no fue Tales de Mileto, ni el primer gran maestro fue Sócrates, sino esos eremitas orientales que escribieron los Vedas tras vivir en las cuevas de las montañas del Himalaya.

El viaje llega en el mejor momento. Llevo varios años estudiando hinduismo, he leído varias Upanishads, el Bhagavad-gītā, varios libros de Sesha, estudios culturales… Yoga, veganismo, ausencia de deseo, aceptación… Todo ha ido llegando paulatinamente en los últimos meses, irradiado por la influencia del hinduismo y su lugar natural, uno de los países más complejos del mundo:

“[la India está] compuesta por un complejo mosaico de pueblos que compartían razas, religiones, idiomas y culturas de una enorme diversidad. Un país de mayoría hindú, pero con más de cien millones de musulmanes que lo convertían en el segundo país musulmán del planeta. Sin contar los diez millones de cristianos, siete millones de sijs, doscientos mil parsis y treinta y cinco mil judíos cuyos antepasados habían huido de Babilonia después de la destrucción del templo de Salomón. Un territorio donde convivían 4635 comunidades distintas, cada cual arrastrando sus propias tradiciones, y lenguas tan antiguas como diversas, como el urdu de los musulmanes, que se escribía de derecha a izquierda, o el hindi, que se escribía de izquierda a derecha como el alfabeto latino, o el tamil que se leía a veces de arriba a abajo, u otros alfabetos que se descifraban como jeroglíficos. En esta babel se usaban ochocientos cuarenta y cinco dialectos y diecisiete lenguas oficiales. Pero el inglés, la lengua de los colonizadores, seguía siendo el idioma común después de que la imposición del hindi fuese rechazada por los estados del sur. Un país que arrastraba unas desigualdades hirientes, con una corrupción bien incrustada en todos los niveles de la sociedad y una burocracia paralizante. Un país conocido por sus altas conquistas espirituales y a la vez por sus nefastos indicadores de bienestar material, un país donde el hombre era más fértil que la tierra que labraba, un país constantemente azotado por calamidades naturales, y sin embargo devoto de trescientos treinta millones de divinidades” (El sari rojo, cap. 7).

A pocos días de partir, tengo los hombros hinchados por las vacunas de la rabia, meningitis, hepatitis y no sé qué más (en el Centro del viajero del Instituto de Salud Carlos III te recomendarán lo que toque), la mochila a medio preparar, varios libros sobre la India en mi mesita de noche, la visa y cartilla de vacunación listas y una sensación extraña. Sé que voy a hacer un viaje espectacular, de esos que te muestran una parte del mundo que nunca habrías imaginado que existe pero, por otro lado, tengo la sensación de que voy a viajar a un país conocido. Como si fuese al pueblo de mis abuelos un verano más… Veremos en qué acaba esto.

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Quiero, en este blog, comentar el viaje tal y como ha sudecido: con sus aciertos, sus errores, sus alegrías y decepciones. Voy a contar el viaje real, sin maquillaje ni añadidos. Y, las historias reales no suelen ocurrir de una manera estructurada y coherente, sino que acontecen de una u otra forma según al destino le parece. Pero ahí reside su valor. También quiero contarlo en detalle, para mostrar cómo es este país, sus habitantes, sus monumentos pero también sus calles, sus virtudes y sus defectos, sus formas de ser y sus actitudes frente a la vida. Costumbres y cultura, al fin y al cabo. Voy a narrar qué he hecho para poder mostrar a otros viajeros cómo pueden hacer ellos lo mismo (como moverse en transporte público, dónde dormir, qué ver…) pero también voy a exponer lo que he visto, para que el lector pueda entender un poco mejor un país tan exótico (para un occidental) como la India. Cosa que no es tarea fácil. Así pues, empecemos.

[…]

Me despido de mi madre en el aeropuerto y, al girarme, me encuentro con la experiencia de frente. Por delante, 45 días en un país exótico, remoto y desconocido. 45 días de soledad (a la que por otro lado ya estoy acostumbrado), de pensar y vivir experiencias. A mis espaldas, una pequeña mochila con una mezcla de objetos imprescindibles y otros que no necesito para nada: una única muda, incluyendo bañador y chanclas, una toallita de esas ultra-plegables, el eBook cargado de libros que no tocaré, la cámara que ocupa la mitad de la mochila, medicamentos básicos (para el dolor de cabeza, estómago, malaria… lo normal), pasta y cepillo de dientes, documentos varios, pluma y cuaderno. Intuyo que me sobran medicamentos y me falta ropa interior…  Pero mejor llevar de menos que de más pues “siempre llega primero el que va más descargado”. El plan es ir en bañador todo el día.

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Me encuentro en los asientos de un aeropuerto europeo cualquiera, frente a la puerta de embarque de mi próximo vuelo. Dirección: Nueva Delhi. A medida que van llegando pasajeros, se puede observar esa extraña mezcla de culturas propia de los lugares de paso: hombres con trajes italianos se sientan junto a mujeres con sari y pantalones a lo occidental; niñas de piel cetrina y sus padres con turbantes en la cabeza (estilo sij) se mezclan con las pieles pálidas de los occidentales.

El sari es la prenda de vestir típica de las mujeres de la India. Consiste en una única pieza de tela de unos cinco metros de largo y uno de ancho, que se enrolla alrededor del cuerpo, tapando los hombros, el pecho y las caderas de la mujer. La tripa y parte de las piernas y brazos suelen quedar al descubierto, pero los hombros deben ir siempre tapados. Esta forma de vestirse no deja de representar el pensamiento holístico y unitario del hinduismo frente a la mentalidad analítica y diseccionadora de los textiles y la cultura occidental.

Esta llamativa mezcla cultural, lejos de ser una muestra agradable de tolerancia y progreso, es muchas veces fuente de conflicto y división. En ocasiones, desgraciadamente, la gracia queda en lo anecdótico. La colonización cultural que ha sufrido la India por parte de la globalización y el imperialismo británico se deja ver en los gentleman de tez cetrina o en esos wonderbra que asoman bajo el sari tradicional. Poco sé todavía de hasta qué punto llega esto, pero lo iré(mos) descubriendo durante el viaje.

No sé qué esperar. Dicen que la India es una cultura de contradicciones, que te enamora y la odias al mismo tiempo; dicen que es la cultura tanto de la calma y paz interior como del caos social; del Ganges, río sagrado,lleno de basura; de los grandes palacios junto a los barrios de los intocables… Quiero encontrarme con la cultura India y la hindú (que no son lo mismo), encontrarme con las preocupaciones de 1.200.000.000 personas (uno de cada seis seres humanos es indio), con la cultura pura de los pequeños pueblos en las montañas y las muestras del colonialismo y la globalización de las inmensas ciudades.

La palabra ‘hinduismo’ es de origen Persa, es decir, no es una palabra creada en el mismo contexto que busca definir, sino que surge en una cultura extraña a ella. Como tal, designa todas las culturas del valle del Indo y más allá, las cuales son un popurrí de creencias que van desde el monismo, el politeísmo, sistemas filosóficos complejos, prácticas populares… Los hindús suelen definirse a sí mismos como seguidores del sanātana dharma (la ley eterna), que es a la par ley moral, social, física y cósmica.

Para ello, recorreré el Ganges desde su fuente, el glacial Gangotri; hasta Benarés, la ciudad sagrada; desde donde me desviaré hacia Calcuta; pasando por Rishikesh, la cuna del yoga; y desviándome hacia Agra, la pequeña ciudad que alberga el Taj Mahal. Aprenderé sus auténticos nombres y dejaré los que acabo de usar por el camino. De ahí volaré al otro extremo de la India para adentrarme en el Rajastán, tierra de marajás y marajarinas, de pueblos perdidos en el desierto del Thar, de ciudades de colores y templos desconcertantes. Siempre he tenido una gran predilección por los desiertos (ya explicaré por qué) y en este viaje no iba a hacer una excepción. En resumen recorreré la India norte de oeste a este. En total, 4.000 km en tren y autobús (y varios cientos a pata) y 1.500 km en avión.

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Cuando avisan de que puede empezar el embarque, tengo la primera sensación de estar en la India. Me veo rodeado de 30-40 personas en cuestión de segundos, formando una especie de “cola” que parece más un círculo que una fila para entrar al avión. Todo el mundo intenta colarse, como si fuese la razón natural de hacer cola. Sin maldad ni picardía, te apartan con la mano con total naturalidad para pasar ellos. No queda otra que resignarse. Como se dice en mi pueblo: “bueno está”… El avión no se va a ir hasta que entremos todos, así que poco importa el orden.

Me siento en el medio de una fila de tres asientos hasta que llega una pareja de unos 55-60 años que se me quedan mirando. Yo, que siempre he sido bueno para entender a los demás pero malo para imponerme a ellos, me levanto para dejarles pasar. Se sientan juntos sin mediar palabra, dejándome a mí el asiento del pasillo. Que no me importa, pero vamos… que podían preguntar. Bueno está.

[…]

Llevamos dos horas volando en línea recta (aunque geodésica) hacia Delhi, desde Múnich. Sobrevolamos Bucarest cuando empiezo a leer el periódico The times of India. Se nota la influencia occidental del periódico desde las primeras páginas: noticias sobre hockey y triatlón, los valores en bolsa de Apple y Google, la importancia del progreso y la evolución… Supongo que el mero hecho de estar en inglés ya te dice por dónde va el periódico.

Mientras, una familia sentada a mi izquierda empieza a comer. Padre, madre e hija, por la razón que fuere, reciben sus bandejas de comida antes que yo. A los pocos minutos, el suelo alrededor de ellos comienza a estar saturado de basura. Servilletas, trozos de plástico, comida… La madre termina de utilizar la cuchara y la deja caer al suelo con total naturalidad e impunidad mientras a la niña se le cae un poco de arroz en la pierna y sobre su asiento. Siguen comiendo sin inmutarse. En un momento determinado escucho la botella de agua de la niña caerse a mis pies. Me inclino instintivamente a cogerla y la madre la arrebata de mis manos, como si fuese una máquina expendedora. Sin mirarme, sin darme las gracias, sin sonreír… Bueno está.

Intento seguir con la lectura del periódico: “uniting India […] by provinding jobs […] and development…” (unificando India […] mediante el empleo […] y el desarrollo…). Al pasar página encuentro una esquela en el periódico de la que parecía haber sido una buena mujer. Reza sobre “la quema ritual de su forma corpórea”, fórmula que no podría ser más hindú. Por muy occidentalizado que esté el periódico, esto no deja de ser India. Por lo demás: estafas online, incendios, atentados… Lo normal en los medios de comunicación. Además, no entiendo la mitad de los titulares. Uno dice: “Oppn backs DMK’s demands for Karuna burial at Maruva”…

[…]

Atravesamos el Mar negro, cuando empezamos a desviarnos ligeramente hacia el norte. Al principio no entendí por qué, hasta ver detenidamente el mapa. De seguir recto, pasaríamos sobre Alepo, Mosul, Bagdad y, posteriormente, sobre el núcleo duro del Estado Islámico. Evitamos una de las zonas más calientes del mundo desviándonos por Georgia.

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La pareja sentada a mi lado me cambia el sitio por la ventanilla. Creo que quieren tener un gesto conmigo después de haberme cambiado el sitio sin preguntarme. Qué majos…

[…]

Llegué a Nueva Delhi a las 23:15 de la noche y a los cinco minutos había pasado la aduana (lo justo para coger tus datos con rudas formas). Como el metro estaba cerrado y los autobuses ya no pasaban, decidí coger un taxi. Me acerqué a una especie de quiosco de policía que se caía a pedazos para comprar un ticket. Tres tíos que no habían pisado una institución policial en su vida charlaban entretenidamente en su interior y, al verme al otro lado de la ventanilla, uno de ellos me hizo un mal gesto.

  • Al centro de la ciudad, por favor –pregunté.
  • –fue toda su respuesta.

Me quedé esperando a que dijera algo más, entre confuso y decepcionado. Como no se arrancaba, decidí hacerlo yo:

  • ¿Cuánto?
  • 470 rupias (₹) –unos seis euros.
  • Ok, dame uno.

Le di un billete de ₹500 y me devolvió una especie de billete cortado a mano y escrito en hindi. Se dio la vuelta y siguió hablando con sus amigotes.

  • Ehh… Te he dado 500…
  • Sí, sí –respondió, como su fuese obvio que fuese a darme cambio.

Me dio ₹30 de mala gana y me dirigí a los taxis. Un hombre me invitó a entrar en el suyo, le di el ticket y me disponía a hacerlo cuando otro hombre, mayor que el primero, se acercó a nosotros. Le quito el ticket de las manos al primer taxista y, mientras se reía, dijo algo señalándome a mí y a sí mismo. Al otro taxista no le hizo ninguna gracia, obviamente, y se quedó mirándome esperando que me posicionase. Yo, que ya he vivido este tipo de refriegas entre taxistas en otros países, me encogí de hombros, como diciendo en un perfecto lenguaje universal: “a mí dejadme de rollos”.

El señor mayor pareció ganar el combate de testosterona, en el cual yo era observador y premio, como esas princesas medievales por las cuales se mataban sus pretendientes en una justa por el derecho a desposarla. El joven se rindió y yo me fui con el señor mayor. Entonces empezó la carrera de taxi más surrealista que nunca he vivido. Días más tarde no me sorprendería en absoluto, pero en aquel momento me pareció una locura.

Su “taxi” era un coche que parecía haber sido diseñado para otro propósito. Era una furgoneta, de estas pequeñas ideales para mudanzas particulares, pero con cinco asientos en lugar de maletero y el asiento del conductor a la derecha (anécdota del imperialismo…). Mientras me sentaba en el asiento del copiloto el conductor me dijo algo en inglés, donde pude ver que tenía un serio problema de dicción. A la cuarta repetición me enteré de que me preguntaba la dirección del hotel, que por lo visto no estaba escrita en el ticket. Le enseñé la reserva en el móvil y pude comprobar en su cara que no tenía ni idea de dónde estaba, pero arrancó el coche y nos fuimos. Cuando entró en la carretera comenzó el espectáculo.

Los espejos laterales estaban completamente girados hacia el interior, como si el coche hubiese estado aparcado en un espacio muy estrecho y se hubiese olvidado de recolocarlos. El espejo interior apuntaba completamente al techo, por lo que no tenía más visión que la delantera. Sin embargo, todo esto daba relativamente lo mismo porque el conductor, con la mano izquierda, daba las largas todo el rato, cada cuatro o cinco segundos, avisando a los que estaban en frente de que él no pensaba frenar (algo que sólo hacía en el último momento y por estricta necesidad), mientras tocaba el claxon con la mano derecha continuamente. Si se cambiaba de carril: claxon. Si el de delante frenaba: claxon. Cuando adelantaba: claxon.

Todavía sacaba tiempo, entre pitidos y fogonazos de luz, de contarme algo sobre la India. Básicamente nombraba los edificios que reconocía: palacio, ejército, Gandhi… A los diez minutos se encendió un cigarro de fabricación india. Estaba liado en una hoja áspera y gruesa, sin filtro ni cartón. Recuerdo preguntarle por una figurilla que tenía en el salpicadero. Respondió algo que para mí sonó como: “biribarivaribí”, que yo resumí con la palabra “dios”, a lo que afirmó con la cabeza.

Me dejó cerca del Main Bazar, donde se supone que estaba mi hotel. Me encontré con una zona pobre y abandonada de Nueva Delhi. Aquí y allá, se tumbaban personas en el suelo en la más absoluta intemperie, mientras los pocos que quedaban despiertos caminaban o charlaban a pocos pasos. Los más agraciados dormían en su tuc-tuc o rickshaw. Decenas de perros paseaban por las calles plácidamente, muchos de ellos con claros síntomas de varias enfermedades y de vez en cuando te podías encontrar a una vaca en medio de la calle. Allí había de todo, excepto mi hotel, que no aparecía por ningún lado. Con la mochila a las espaldas y una pequeña riñonera, recorrí todas las calles del bazar preguntando a los viandantes, que me mandaban de aquí para allá, sin tener ni idea de dónde estaba el hotel por el que preguntaba.

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Cansado de dar vueltas, decidí ir al centro del bazar. Cada vez las calles eran más estrechas y desérticas. Pequeños grupos de gente conversan, celebran o simplemente iban de aquí para allá. Al final, un chico me dice que el hotel está cerca, en el callejón más oscuro, sinuoso y estrecho de todos. Hago el último acto de fe y me adentro en él, mientras pienso en darme la vuelta y coger otro hotel si no encuentro el mío en veinte segundos. Un chico sin camiseta, con un cigarro en la boca y una litrona en la mano se me acerca.

  • ¿Te puedo ayudar? –preguntó.
  • Busco el hotel Karam Durga.
  • Ah, mira, es este mismo. –dice señalándome una pequeña puerta cerrada con una cancela. Llama al timbre y se marcha sin mediar palabra.

El recepcionista, que dormía dentro, tardó un buen rato en abrirme. Un individuo a todas luces desagradable me cogió el dinero y me permitió meterme en una habitación, sin llave ni nada, con un cerrojo por dentro y otro por fuera. Bueno está… El caso es que ya estamos en la India.

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