Extremos y estrictos

Extremos y estrictos

Palabras fundamentales para entender la política española (y global) de nuestros días pero, por desconocimiento o por interés, solo usamos una de ellas. Sin embargo, su diferencia es fundamental. Refiriéndose ambas a los polos más claramente definidos de una ideología, el extremismo es la parte negativa de esta, mientras que el ser estricto constituye la forma positiva de defenderla. Y se están utilizando para enturbiar no solo el debate público sino grandes movimientos ideológicos y culturales. Me explico…

Por ‘extremista’ entiendo a una persona que busca defender una idea (sea la que sea) con cualquier método posible. Todo queda subordinado a esa idea, incluyendo la verdad o el bien social. No dudará en mentirte para defender su idea y usará la violencia (física, psicológica o social) para imponer su forma de entender un determinado asunto, incluso cuando no sea necesaria. Estos métodos suelen estar fuera de contexto, es decir, son desproporcionados a la situación en la que se plantean, por ejemplo, cuando se utiliza la violencia como primer método de persuasión (y no como último) en un país democrático (bueno, “democrático”, ya me entendéis). A falta de capacidad para convencer de una verdad, el extremista requiere usar la manipulación, el miedo o la mentira para persuadirte.

Una persona ‘estricta’, por el contrario, es alguien que comparte al cien por cien los preceptos de una ideología o una filosofía concreta. Estará de acuerdo con todos los argumentos de dicha postura, incluso puede que sea imposible moverle un solo ápice de su convicción, lo cual le otorga cierta cabezonería pero también una gran coherencia. Además, como decía Cafrune: “soy terco como un arao, cuando digo una verdad”. Es decir, ser estricto no es necesariamente malo. El estricto está convencido de la verdad de aquello que defiende, así como de su trascendencia, por lo que busca encarnarlo en todas sus acciones. Uno puede ser estricto con la verdad, con la defensa de la vida o de la libertad de expresión, con la ley…

Un vegano estricto, por ejemplo, es aquel que no hace excepciones, digamos, los domingos o con el jamón. No come carne, pero tampoco compra objetos de cuero, critica la caza deportiva, así como la tauromaquia, incluso si se encuentra un insecto en su habitación intentará sacarlo cuidadosamente a la calle usando un papelito (que luego reutilizará, claro). Un vegano extremo defenderá por las redes sociales la muerte de un cazador para salvar a los animales que caza, te tildará de especista por tener un perro en casa, te dirá que la proteína cárnica produce distintos tipos de cáncer (aunque no habrá leído los estudios, siempre relativos, al respecto), incluso cortará su relación contigo si sigues comiendo carne.

¿Por qué son tan importantes estas palabras? Porque hay extremistas en todos los movimientos culturales, intelectuales o sociales, y se están aprovechando estos casos para criticar movimientos enteros. Izquierda y derecha radical, esto es, extrema, en el sentido arriba propuesto, tienen sus representantes a diario en los medios de comunicación más importantes del país, desde Losantos hasta Monedero, desde Inda hasta Ferreras. Representando las ideologías más opuestas entre sí, comparten los errores de su ceguera ideológica: la mentira y la manipulación. Son capaces de maquillar cualquier dato para defender su postura, capaces de tildar a los que son un poco diferentes a ellos de traidores (como si la lealtad fuese más importante que la verdad) y de, sencillamente, mentirte. Saldrán al día siguiente decenas de periodistas decentes (de esos que trabajan en pequeñas redacciones de ámbito local) desmintiendo tus mentiras pero, claro, como no tienen la misma repercusión que tú, la mentira acabará colando en un gran porcentaje.

¿No hay, acaso, veganos que desean la muerte de un torero para salvar a un toro?¿No hay altos cargos de la iglesia que se compran pisos millonarios con dinero extraído de negocios oscuros? ¿No hay periodistas endiosados que se colocan por encima del bien y del mal para determinar quién dice la verdad y quién miente, como si de un test de autoescuela se tratase? ¿No hay fontaneros corruptos? Pues, ¡claro! Un gran porcentaje de los seres humanos, sea por ignorancia o por maldad, busca manipular todo a su alrededor para conseguir beneficios propios. Y eso es deleznable, pero no dice nada del movimiento que abandera. No dejamos de creer en la política (en sí misma) porque haya políticos corruptos, igual que no dejamos de llamar a un fontanero porque nos haya timado un compañero de gremio en el pasado.

Abramos la veda: el feminismo. ¿Hay manifestaciones desafortunadas del movimiento feminista? Pues, ¡claro! Cuando se plantea que todos los hombres son violadores por naturaleza o se critica la participación de un hombre en una huelga feminista o se critica que sonrías por las mañanas a tus compañeras de oficina al darle los buenos días… ahí, quizás, nos estamos pasando de frenada. Cuando se plantea asesinar a los líderes políticos que proponen medidas retrógradas respecto a las cuestiones de género, nos estamos pasando de frenada. Una vida no se recupera quitando otra (aunque  el amor al enemigo está reservado a unos pocos).

Uno puede ser feminista estricto, hasta la médula, pasarse horas analizando cada recodo de los pensamientos inconscientes que sustentan sus acciones en búsqueda del más mínimo conato de micromachismo oculto y no por ello atentar contra el hombre ni criminizarlo ni nada por el estilo. Y es entonces uno (o una) un feminista estricto, al que no se le debe aplicar ese calificativo pernicioso de “radical”, que no hace más a la postura, sino que la hace negativa. Un feminista radical no es más feminista que uno estricto, solo hace más ruido. De hecho, igual tenemos que plantearnos por qué los medios de comunicación prestan una atención desmedida a las iniciativas feministas más desencaminadas o a los y las feministas más despistados.

En un movimiento que cuenta con millones de personas (si no decenas de millones) de convencidos solo en nuestro país, es normal que haya miles o decenas de miles de personas que lo sigan por razones espurias. Seguramente haya alguien aprovechándose de este movimiento, seguramente haya quien use el movimiento para criminalizar a otro sexo, seguramente haya quien siga el movimiento sin saber por qué o quien lo siga de mala manera, haciendo daño tanto al propio movimiento como a otros colectivos. Pero seguramente sean estas manifestaciones casos aislados en comparación con las decenas de millones de personas que sí creen en lo fundamental del movimiento.

El caso, es que estas manifestaciones no dicen nada de los objetivos básicos del feminismo. Confundir el feminismo con sus expresiones más desafortunadas es, cuando no interesado y pernicioso, completamente erróneo y corto de miras. Es confundir el veganismo con el vegano que quiere matar a un torero o confundir el cristianismo con el cura pederasta o el islam con el terrorista. Es confundir el bosque con un incendio puntual que hay en este, que destroza el propio bosque a su paso y centra todas las miradas en él. Y eso es una barbaridad.