Cinco falsas ideas de nuestra cultura

Cinco falsas ideas de nuestra cultura

diciembre 16, 2018 0 Por Alberto Buscató Vázquez

            ¿Cuántos continentes hay? ¿Cuántos colores? ¿En qué época histórica estamos? ¿Estás seguro? Las diferencias culturales son tan marcadas que afectan incluso a las ideas más básicas del día a día. Las onomatopeyas que usamos, el concepto de país o el de continente, los colores que vemos o la división de la historia son artefactos humanos que estructuran la realidad, explicándola de una forma determinada. Siendo, quizás, poco más que anécdotas, nos hacen ver cómo la cultura es una forma (entre tantas otras) de entender el mundo. Cada una de estas formas tiene ventajas e inconvenientes, pero es importante entender cada cultura bajo sus propios conceptos. Veamos algunas de estas ideas.

La vaca hace muuu

Y el perro “guau, guau”, ¿no? La primera lección de la guardería es esa, creo recordar. Sin embargo, también recuerdo un día en el que estábamos en clase varios estudiantes de distintas nacionalidades y un chico inglés dijo (no recuerdo a cuento de qué) que los perros hacían “woof, woof”. Bueno, nos reímos todos un poco de él pero podíamos aceptarlo como válido. Entonces, entre risas, una chica rusa dijo: “¡no es así! Los perros hacen “kof, kof””. ¿Kof, kof? ¿Pero qué estás diciendo? –pensamos todos los occidentales, mientras varios kazajos que había en clase en ese momento le daban la razón.

Efectivamente, las distintas culturas tienen onomatopeyas diferentes para los sonidos de los animales. Así, los españoles decimos que los cerdos hacen “oing, oing”, mientras que los franceses dicen que hacen “chau, chaa” y los japoneses “buhi, buhi”. Les dejo una página al respecto (pinchando en la imagen) para que puedan cotillear un poco.

 

¿A qué se debe? No hay que descartar que las distintas razas de los diferentes países produzcan sonidos distintos. Sin embargo, incluso ante el mismo ladrido, los distintos hablantes lo escuchan de distinta forma. Esto se debe a lo que se ha venido a llamar percepción categórica. Esta es la capacidad humana por la cual agrupamos información continua bajo determinadas categorías. Por ejemplo, si yo pronuncio el fonema /a/ en estado normal, o resfriado, o desde la distancia, o a través de un micrófono, el sonido puede ser completamente distinto, pero un hablante competente de español entenderá siempre la letra “a”.

Esto es lo que ocurre cuando intentamos aprender otro idioma. Estos suelen tener categorías distintas a nuestra lengua nativa, por lo que escuchan dos letras distintas dentro de un espectro donde nosotros solo tenemos una letra. Por ejemplo, la diferencia entre /o/ y /ö/ en alemán, no existe para un español, que en ambos casos entenderá /o/. Es lo que le ocurre a los chinos con la /r/, la cual les cuesta horrores pronunciar. “Glasias, amigo, te veo en un lato”, dicen. O los franceses y alemanes, que dirían: “te veo en un ggato”. Aquí, el problema no es que no sepan pronunciar la /r/, sino que ¡no la escuchan! La perciben como una /l/ o como una /g/.

Países, tribus e imperios

Recuerdo conocer a un chico africano, hace unos años, que se me presentó diciendo: “hola, soy Ezeonyeasi Malachy, de la tribu de los igbos”. Ok, pensé pero no tenía ni idea de qué me estaba contando. Cuando cogimos un poco más de confianza, le pregunté de qué país venía. Y no me entendía, me insistía en que era un igbo que, hasta donde yo sé, no es un país… Al final, nos pusimos de acuerdo: “ahhhh, vengo de lo que llamáis Nigeria”.

El concepto de país es una idea muy occidental, determinada por razones históricas, geográficas, políticas y culturales. “De esta montaña a aquel río, todo esto es mío y lo llamo España. Y aquello, donde están los francos, que hablan así como raro, lo llamamos Francia.” Y este método funciona, en occidente. África, por ejemplo, no se estructura acorde a países, sino a regiones culturales llamadas tribus o pueblos. Pero no hay que dejarse engañar por estos nombres, el pueblo africano más grande, los magrebíes, tienen hasta cien millones de individuos, mientras que los igbos tienen hasta treinta y cuatro. Sin embargo hay muchas tribus más pequeñas, llegando a haber miles de ellas repartidas por toda África.

Una amiga me contaba hace unos meses cómo intentaba preguntarle a un amigo africano, cuál era la mayor potencia de África, es decir, qué país tenía una economía más fuerte. Y este no entendía la pregunta, porque está mal formulada. Él le respondía con los nombres de las tribus más influyentes, con más historia, con mayor número de habitantes… conocía bien la realidad africana, pero la estructuraba en su cabeza acorde a tribus, no a países.

La división del continente en países se debe al imperialismo europeo. No hay más que ver las fronteras rectas, que están hechas con escuadra y cartabón sobre un mapa que se usaba para distribuir la porción de la tarta que iba a conquistar cada potencia occidental. Estas no se corresponden con grupos de ningún tipo, sino con los intereses económicos y geopolíticos de los europeos. De hecho, se puede observar que algunas tribus están divididas entre distintos países, que a su vez engloban trozos de distintas tribus en su seno.

En Asia ocurre lo mismo, pero al revés. Países como India han definido sus fronteras influenciadas por la presencia colonial anglosajona y en su haber cuentan con decenas de religiones, cientos de idiomas distintos y culturas completamente diferentes entre sí. Algo parecido ocurre en China y Rusia. Asia es el continente de los grandes imperios, África de las pequeñas tribus y Europa de los países o Estado-nación. Pero, por cierto… ¿cuántos continentes hay?

¿Cuántos continentes hay?

Europa, Asia, América, África y Oceanía. ¿No? Pues no. Bueno, sí. Es decir, depende. ¿Por qué América es solo un continente si 1) nos referimos a él como América del Norte, Centro y Sur y 2) ¡es enorme!? ¿Por qué Europa y Asia están separados, si no hay ninguna barrera física entre ellos? Lo mismo ocurre con África… Y, ¿por qué la Antártida no es un continente? ¿O Groelandia? Y, ¿Zelandia? ¿Qué carajos es Zelandia?

La respuesta, de nuevo, requiere de un enfoque intercultural para poder responderse adecuadamente. La división del mundo en continentes es puramente práctica, es decir, se ha desarrollado por interés, para poder entender el mundo en el que nos movemos de una determinada manera (si bien es cierto que también hay criterios científicos, como los geológicos, para estructurar el mundo de esta manera). Y, sí, esta división la hemos desarrollado los occidentales, por lo que nos hemos procurado de separarnos de los asiáticos y africanos, aunque estemos unidos con ellos por tierra, pero hemos dejado intacto el continente americano (que, cuando desarrollamos la idea de los continentes, considerábamos como propio).

Sin embargo, hay otros modelos alternativos al de cinco continentes. Las malas lenguas dicen que los rusos dividen América en dos continentes (Norte y Sur), quizás para separar a los malos de los no tan malos (según sus propios esquemas). Por cierto, ¿México es América del Norte? Otros consideran que la Antártida (esa masa enorme de hielo del polo sur) es un continente más, y que el mero hecho de que en él solo vivan pingüinos no debe ser una excusa discriminatoria para excluirle del selecto club continental. Otros defienden que Europa y Asia deberían ser entendidos como un único continente (Euroasia), ya que son una unidad indivisible de tierra; y otros incluyen a África en este paquete (Eurafrasia), porque la división entre ellas es artificial (el Canal de Suez), como ocurre con América del Norte y del Sur, separadas por el Canal de Panamá.

Continental models-es.gif
Por AzunuakTarur – Link

 

Por último, una curiosidad. Desde 1492 la tierra ha sido más o menos la misma para los europeos y parece que hasta que no vayamos a otros planetas, no vamos a descubrir ningún “nuevo mundo”. Sin embargo, en 1995 Bruce Luyendyk descubrió un nuevo continente: Zelandia. Y, ¿por qué no lo hemos visto en todo este tiempo? ¿Dónde está? Aquí en la tierra, pero bajo el agua. Sólo sus picos más altos asoman sobre las aguas, formando Nueva Zelanda y Nueva Caledonia. Es un continente que se sumergió hace decenas de miles de años pero, en 2017, un equipo internacional de geólogos determinó que cumplía todas las características para ser un nuevo continente. Y, parece ser, que el hecho de estar escondido bajo el agua no es una razón para no considerarlo como tal.

Por lo tanto, tenemos entre tres (Eurafrasia, América y Oceanía) y ocho candidatos (Europa, Asia, África, América del Norte, América del Sur, Oceanía, la Antártida y Zelandia). ¿Alguien da más?

Siete notas, siete colores

Si buscas por ahí cuántos colores tiene el arcoíris, te darán una respuesta clara: rojo, naranja, amarillo, verde, azul y violeta. [En verdad te dirán que hay siete, por razones históricas, pues contarán el índigo [[sí, índigo es un color y una palabra en castellano]] como un color distinto, aunque nosotros lo entendemos como un tono de azul. Por lo tanto, podemos decir que hay seis colores como tal.]] A no ser que, buscando por ahí, encuentres un libro ruso (y sepas leer ruso), donde te dirá que hay siete colores distintos. Al llegar al azul, primero dirán си́ний y luego голубо́й para continuar después con el violeta. Si le preguntas a un nativo americano, educado en sus sociedades tradicionales (es decir, no hispanizado), te dirá que hay cinco. Después del amarillo usará una expresión (dependiendo de su lengua) que hace referencia a lo que ellos entienden como “el color de la naturaleza” y luego terminará con el violeta. Los mayas, por ejemplo, usaban la raíz ya’ax para referirse a colores que van entre el azul y el verde.

Los rusos entienden lo que para nosotros son dos tonos de azul como dos colores distintos, mientras que muchas culturas nativas americanas entienden como distintos tonos de un mismo color lo que nosotros llamamos azul y verde. No solo tenemos palabras distintas para estas realidades, sino que las comprendemos de formas distintas, aunque nuestros ojos perciban más o menos lo mismo. Aquí hay quienes distinguen entre sensación (es decir, lo que se ve, en el caso de los colores) y percepción (es decir, cómo se interpreta lo que se ve, por ejemplo, como un color o dos).

Los colores que percibimos dependen de nuestra estructura fisiológica y mental que nos permite captarlos y descifrarlos y la afinidad que tenemos a la hora de separar unos colores de otros depende de nuestra experiencia. Ahí están las clásicas referencias a la capacidad de los esquimales para distinguir distintos colores de blanco (y similares), ya que un tono de más o de menos puede ser la diferencia entre un poco de nieve o un oso polar. Sin embargo, los colores, al igual que los sonidos, forman parte de una realidad continua. Es decir, el rojo se continúa con el naranja, que se continúa con el amarillo, etcétera. De hecho, es normal que en la interfase entre un color y otro, dudemos de si estamos ante un naranja oscuro o un rojo clarito.

Ahí es donde entra el factor cultural, que le da nombres a las realidades en función de intereses propios y razones históricas. Al espacio que hay entre los 450 y los 575 nanómetros de longitud de onda de la luz (es decir, entre lo que llamamos índigo y verde), los occidentales les hemos dado tres nombres, mientras que los rusos distinguen un color más, la diferencia entre un azul claro y uno oscuro. Lo mismo ocurre con las notas musicales en las distintas culturas, lo que quitaría el sentido a la canción de Mucho muchacho.

Épocas históricas

En occidente dividimos la historia en: Prehistoria (antes de la escritura), la Edad Antigua (hasta la caída del Imperio Romano de occidente), la Edad Media (hasta el descubrimiento de América, que siempre estuvo ahí), la Edad Moderna (hasta la Revolución Francesa) y la Edad Contemporánea (de ahí hacia adelante). Ahora bien, ¿qué carajos les importan esos acontecimientos a los aborígenes australianos? ¿O a los rusos, indios, africanos, árabes…? Actualmente, la periodización aceptada globalmente y considerada universal por los occidentales no representa la historia del noventa por ciento de la población. De hecho, en la Wikipedia, algún iluminado ha escrito que: “La Edad Antigua fue sucedida por la Edad Moderna, señalada por la llegada de los europeos a América en 1492, salvo en Europa, donde fue sucedida por la Edad Media, iniciada en el año 476”, como si el descubrimiento de América por los europeos marcase un cambio de época para los tailandeses o los nigerianos.

Déjenme comentar un caso. La historia de India es, en resumidas cuentas, la siguiente: desde el inicio del mundo hasta hace 8000 años sabemos poco; cultura del Indo hasta hace unos 5000 años; periodo védico [surge el hinduismo] hace dos mil quinientos; reinos independientes majayanapadas hace 2550 años; imperio Maurya hace 2300 años; periodo gupta hace 1700 años, la llamada Edad de oro; se suceden los imperios de los chalukia, los chola y los viyaia nagara hasta el Sultanato de Delhi hace ocho siglos; el imperio mogol (los árabes que construyeron el Taj Mahal); llegan los europeos hace quinientos años; se marchan los europeos hace setenta años; independencia. La absoluta independencia con la periodización occidental es más que clara.

Como ya comenté en el día 35 de 45 días en India, es habitual referirse a cierta parte de la historia india (la que va desde el siglo V hasta el XV) como Edad Media, o periodo medieval. Sin embargo, esto no es correcto. La India no tiene Edad Media, tiene otra cosa. Tiene los gupta, el Sulanato de Delhi, etcétera. Pero no tiene época medieval. Cuando la Edad Media empieza, en la India no pasa nada y cuando esta acaba, tampoco. Los cambios en la historia de la India se suceden antes, durante y después de la Edad Media occidental, pero independiente de ella y, por lo tanto, en fechas distintas. Lo mismo ocurre en el resto de épocas históricas, así como en el resto del mundo con sus distintos acontecimientos históricos.

 

Y, ¿no será, acaso, que los acontecimientos históricos occidentales son los más relevantes para la historia universal? Pues tampoco. El descubrimiento de América, quizás, sea el mayor suceso [no digo “logro”] de los occidentales. Pero la caída del Imperio Romano de occidente es un suceso histórico importante, pero sin más. Es decir, no es más importante que la caída del imperio mongol, que llegó a ser cinco veces más grande que el romano. Ni es más importante que la caída del Imperio Bizantino, que resistió casi mil quinientos años. Es más, el propio descubrimiento de América es algo que no tiene sentido para los nativos americanos, que llevaban milenios ocupando esas tierras sin necesidad de ser descubiertos por ningún europeo. ¿Por qué no lo llamamos “la llegada a América”?

Además, el concepto de historia en sí mismo ya es occidental. En la India, siguiendo con el ejemplo, esta no se desarrolla hasta la llegada de los británicos. Con otras palabras: ¡a los indios les da igual la historia! Entienden su realidad y su entorno conforme a otros parámetros, más míticos y espirituales que científicos y prácticos.

[…]

Lo importante de estas anécdotas, es que te muestran que los conceptos que usamos para definir el mundo (sea nuestra historia o sea los colores que vemos) dependen de nuestra cultura. No hay siete colores, ni cinco, ni cincuenta, en el arcoíris. No hay cuatro épocas históricas, ni ciento noventa y ocho países, ni cinco continentes. Hasta los sonidos que escuchamos dependen de nuestra capacidad e interés en descifrarlos. De hecho, es muy posible que los animales hagan sonidos tremendamente más complejos de lo que nosotros somos capaces de entender, con infinidad de matices los cuales nosotros no percibimos porque nunca hemos aprendido a escucharlos. O no. Es como cuando escuchas a otra persona hablar en una lengua que desconoces, te suena todo raro e igual. No eres capaz de distinguir palabras ni estructuras de ningún tipo. O cuando ves una partitura de una pieza de Beethoven sin saber nada de música: todo es caos. La información está ahí, que es donde las cosas existen, pero no está en tu cabeza, que es donde se piensan.

Necesitamos estructuras para comprender la realidad que percibimos y, así, poder pensarla. Estas son colores, notas, épocas históricas, países… Sin ellas, la realidad no podría ser pensada, que diría Kant, y con ellas surge no solo el pensamiento, sino la cultura. La cultura surge de la forma concreta con la que estructuramos la realidad. Es más, la cultura es esta forma en la que ordenamos mentalmente el mundo. Y, comprender otras culturas requiere entenderlas con sus propios conceptos. Si no, solo estamos hablando de ellas. Es como cuando se dice que el hinduismo es un panteísmo, o un politeísmo, o un monismo. Ni lo es, ni deja de serlo. Es otra cosa, pero no hay concepto occidental para ello.

Me gustaría hablar también de la concepción del tiempo en las distintas culturas, de cómo se estructura la música fuera de occidente, de los puntos cardinales, de los géneros en los nativos americanos, de la concepción de las vocales y las consonantes en lenguas abyad (como el árabe) y abúgidas (como el hindi)… Pero lo guardo para una segunda entrada (para que no os canséis de leer tanto 🙂