“Callejuelas estrechas, serpenteantes, pavimentadas con viejas piedras de río que brillaban de una pátina producida por los pies de innumerables generaciones de peregrinos atravesaban el corazón de la ciudad. Una ciudad donde las vacas tenían preferencia desde el alba de los tiempos, y que recorrían santones con el cuerpo cubierto de ceniza y el cabello enmarañado, campesinos recién casados con sus mujeres del brazo, abuelas con sus nietos y ancianos que venían de muy lejos para llegar al templo de Vishwanath, el señor del Universo. Una ciudad considerada el lugar más sagrado del mundo por los fieles hindúes”
Con un cincuenta por ciento de población árabe, la diferencia entra Agra y Rishikesh salta a la vista. Turbantes y saris dan lugar al típico fez árabe, chilabas y niqabs; los bindi y talika desaparecen, dejando la frente limpia y sin marcar el tercer chacra; las mezquitas empiezan a copar el terreno; los puestos de comida empiezan a surtirse de carne (incluyendo la de vaca) y los maestros hindús que solían deambular por las calles son reemplazados por imames árabes que se ocultan en lo más profundo de las mezquitas, esas que los no musulmanes no podemos pisar, a estudiar el Corán.
Ok, paremos por un momento a pensar. Estoy en un áshram a las afueras de Gangotri, en el que quizás sea el último pueblo de la India por los Himalayas (pues está a escasos dos kilómetros de la frontera con el Tibet). Soy el único extranjero aquí. De hecho, he podido quedarme gracias a que Kadras Mai ha intercedido por mí frente al maestro. No creo que se hayan quedado muchos extranjeros en el áshram en los últimos años. Desde luego, no está preparado para el turismo habitual. Este lugar es absolutamente genuino; la India más pura posible.
Llevo meses planificando este viaje, pero toda una vida esperándolo. Siempre que uno pregunta por la vida espiritual, por los grandes sabios de la humanidad, por el origen del pensamiento… la respuesta es un lugar: la India. El primer hombre que miró al cielo buscando pistas sobre su funcionamiento no fue Tales de Mileto, ni el primer gran maestro fue Sócrates, sino esos eremitas orientales que escribieron los Vedas tras vivir en las cuevas de las montañas del Himalaya.
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