Aktashan

Aktashan es uno de los pocos asentamientos de la carretera Kolyma. Lo fue, al menos, en otra época. Ahora solo quedan las ruinas de un pueblo fantasma, de esos a los que los niños temerían acercarse por la noche, si hubiera niños por estas tierras: la alta meseta del extremo nororiental de Siberia. Aquí, un invierno casi constante, de nueve meses al año, alcanza temperaturas de sesenta y setenta grados bajo cero, manteniendo lejos a casi cualquier ser vivo. Pero no a todos.

Desde la carretera, apenas visibles sobre una taiga salvaje, una taiga que crece sin conocer los límites que el ser humano impone a la naturaleza, asoman los restos de unas viejas estructuras de madera. Madera antaño color canela luce hoy negra por la humedad. La carcoma la ha vuelto liviana, tanto que cuesta creer que alguna vez tuvo fuerza para soportar el peso de una vivienda.

Pero la tuvo. Cuando el terror se extendió hasta el confín último de cualquier continente, fueron manos esclavas, manos moradas por la congelación, las que levantaron los barracones que albergaron a los primeros habitantes. Barracones de pura madera, sin aislar, en cuyo interior se acumula el hielo. Cientos de miles de presos fueron enviados aquí para nunca volver, entre ellos los condenados por el maldito artículo 58: actividades contrarrevolucionarias, aunque no hubieran llevado a cabo ninguna actividad contrarrevolucionaria. Eso poco importaba.

Tomamos el desvío y entramos en la calle principal, la única del pueblo que logra mantener, a duras penas, el nombre de «calle». El resto ha sido devorado por los alerces, árboles que en agosto ya se vuelven paleta de ocres —marcando el inicio y final de un corto otoño después de un cortísimo verano—. Entre ellos crecen algunos pinos enanos siberianos. Dicen de ellos los locales, aquellos que se atreven a permanecer aquí en invierno, que, unos días antes de la llegada de las primeras nieves, echan sus ramas al suelo para levantarlas casi un año después, todavía con la nieve encima, antes de que lleguen los primeros vientos templados —nunca calientes del todo—.

¿Su edad? Imposible saberla. Pasando la mayor parte del año en dormancia, tardan siglos en alcanzar la madurez. Lo contrario les ocurre a las pocas hierbas de la zona: su ciclo de vida anual las obliga a crecer brutalmente en los pocos meses en los que el suelo se deshiela. El iván-chai ya ofrece sus penachos blancos al viento. Las grosellas y los arándanos cubren el suelo de negro y rojo, haciendo imposible andar sin pisar uno u otro fruto. Son, por ello, alimento de osos, alces y algún que otro reno que pueblan la zona, así como de pequeños pajarillos, que parece increíble que sobrevivan a este invierno.

Continuamos apenas unos cientos de metros para llegar al corazón del antiguo asentamiento. En él se levantan varios bloques de edificios de viviendas de varias plantas. Parecen salir de la nada, porque efectivamente salieron de la nada. Estas ciudades no evolucionaron durante siglos de manera orgánica. No surgieron sobre un pueblo centenario que fuese creciendo hasta convertirse en una pequeña ciudad. La industria soviética las creó sobre la pura taiga, a base de acero y hormigón sobre diseños estandarizados y sustentadas por un suministro constante de carbón.

Y de ahí los bloques de pisos. Primero, sobre una ruta de suministro que nunca llegó a asfaltarse, se construye la central térmica. Luego se levantan bloques para cien o doscientas familias, equipados con calefacción central gestionada directamente por el Estado: los radiadores arden durante todo el invierno y abrir las ventanas es el único termostato. Es más eficiente que calentar casas individuales. Eso, aquí, no es factible. Luego se pueblan de golpe con cientos de familias trasladadas desde el continente, familias que vienen en busca del mayor tesoro de Kolymá, única razón por la que alguien se atrevería a intentar vivir aquí: el oro.

Pero eso fue hace mucho tiempo. Con la llegada de la economía de mercado, la minería de la zona dejó de ser rentable. Las empresas estatales que antes funcionaban dejaron de hacerlo. Era más fácil vender petróleo y comprar todo lo demás. El nuevo gobierno, por lo tanto, cortó los suministros: era un gasto insostenible. Sin calefacción, la población se vio obligada a huir. Al menos, a volver. Y la zona quedó irremediablemente condenada. Condenada al hielo, a volver a ser taiga. Las minas quedaron en silencio, la ciudad se vació.

Hoy, los bloques de pisos carecen de puertas, y los dobles y triples cristales de las ventanas están rotos. Una ventisca, una granizada… O quizás reventaron solos de puro frío que hacía. Dentro, lo que alguna vez fueron hogares, hoy son solo espacios vacíos que malguardan los objetos que no valían lo suficiente como para transportarlos: unas fotos de un huerto, un libreto de partituras, un viejo sofá…

Otros edificios fueron almacenes, fábricas, oficinas, colegios, cines… Sobre una guardería se lee, en cirílico: «bienvenidos al mundo del conocimiento». Porque no hay civilización sin cultura, aunque sea en el lugar más remoto de la tierra. En un edificio se observa un motor inmenso, capaz de llenar él solo toda la nave que lo alberga, quizás destinado a mover toneladas y toneladas de tierra en busca de las doradas pepitas. Otro muestra su esqueleto metálico retorcido en formas irrealizables por ninguna fábrica humana. Es producto del fuego de algún incendio que calcinó las vigas de madera y retorció las de acero. No hubo nadie para repararlo.

En la plaza central, un edificio de un tamaño similar a los demás servía de ayuntamiento. Sobre su pared cuelga un cartel sorprendentemente bien conservado: ulitsa lenina, la Calle de Lenin. Frente al edificio se alza un vetusto busto de hormigón que tampoco ha aguantado el clima. Ni siquiera se reconoce ya a quien honraba. Tampoco hace falta: no hay duda de su referente.

Ya casi saliendo del pueblo, encontramos el único superviviente real del paso del tiempo: la gasolinera. Es la única en trescientos kilómetros a la redonda, por lo que no puede desaparecer. Ofrece diésel y gasolina de 92 octanos. Punto. Eso, cuando tiene suministro, lo cual tampoco está asegurado. Dos tanques desnudos frente a un pequeño surtidor automático son todo el equipamiento. Ni siquiera te cobra una persona, pues ¿quién podría venir a trabajar hasta aquí?

Repostamos, y toca continuar el viaje. Quedan mil kilómetros más de grava y polvo hasta la próxima ciudad. Eso, si no llueve y el polvo se transforma en barro, volviendo la carretera intransitable. Quedarse aquí atascado significa quedar a merced del frío. El invierno puede llegar increíblemente rápido, y con él el hielo, la nieve, las ventiscas… Sí… será mejor seguir. No sin antes echar un último vistazo a los restos del pueblo fantasma. Fijamos las imágenes en nuestra memoria, conscientes de que solo muere lo que se olvida. Así, al menos, quedará algo de lo que fue.