Apenas se le ve desde la distancia. De no ser por los reflejos de sus tejas vidriadas, se confundiría en la inmensidad de la estepa. Los colores de su fachada, en otro tiempo resplandecientes, han sido suavizados por los siglos, como si el tiempo adaptase la construcción al entorno. Su tamaño, apenas poco mayor que una ger, tampoco alcanza para proyectar su silueta sobre el horizonte.
Y, sin embargo, ahí está, aportando una gota de orden humano al caótico pero vivo océano de la estepa.
De cerca, aparecen los detalles de su fachada. Los colores, los mismos colores tamizados de antes, ahora se nos muestran desgarrados, hechos jirones entre los cuales asoma la madera que los sostiene. Sobre ellos, a media altura, unos sellos dorados imprimen mantras sagrados para guiar a nómadas y peregrinos. Apoyados en el travesaño de la puerta, principal por única, dos ciervos de oro contemplan el signo de la rueda del dharma. Casi parece que la escuchan, devotos.
Y, más allá, el techo, aquel que anunciaban los brillos de sus tejas, parece elevarse en sus aleros, como si más que cubrir se posara, liviano, a pesar de los abundantes motivos decorativos que cuelgan de él.
Salen voces de su interior, una letanía dispar de cadencia monótona y veloz. Extremadamente veloz. Son un grupo de estudiantes de las más diversas edades, con la cabeza rapada hace varios días —cada uno una cantidad de días diferente— vestidos con túnicas rojas y naranjas. Se sientan con las piernas cruzadas sobre unas pequeñas alfombras que cubren un par de bancos comunales.
Todos recitan lo mismo, aunque no parece que todos vayan exactamente por el mismo versículo. Leen de un grueso taco de pequeñas hojas rectangulares que apoyan sobre un sencillo pupitre de madera, volteándolas, una vez leídas, sobre un respaldo que este tiene creado para tal propósito.
Son seis. Uno de ellos, el profesor, quizás, muestra una calma propia de su posición mientras una leve sonrisa de satisfacción se vislumbra tras sus labios, que no dejan de moverse. Otro, a su lado, observa al infinito con los ojos cansados, pero no por eso se detiene; como tampoco lo hace un tercero, sentado más allá, cuya expresión es fría, indiferente. Enfrente, un chico más joven se concentra en su texto con una mueca de esfuerzo en el rostro; parece estar intentando no confundirse.
A su lado, un niño, adolescente, quizás, fija su mirada en los pequeños papeles rectangulares que tiene enfrente mientras recita con una seguridad impropia de su edad y una velocidad acorde a su confianza. Pareciera ir incluso más rápido que el profesor. Pero sus ojos no se mueven. No está leyendo; no le hace falta. De vez en cuando voltea uno o dos de los papeles a la vez, o inspecciona varios de ellos, buscando aquel que cuadre con sus palabras. Cuando se ha encontrado, dirige una larga mirada hacia la puerta, observando, quizás, el exterior con unos ojos que no muestran ni concentración ni esfuerzo. No le hacen falta.
Tras él, un niño, esta vez niño, niño, espera. Lleva las mismas ropas, el mismo corte de pelo, se sienta de la misma manera en su pupitre, pero delante de él no hay ningún grueso taco de hojas pequeñas. Solo una gran caracola de mar.
No lee, pero escucha paciente la interminable letanía. Y, en cierto momento, agarra la caracola con una mano y se la lleva a la boca, mientras el posible profesor y el estudiante adolescente sacan unos grandes discos metálicos y comienzan a entrechocarlos con frenesí controlado. El niño, niño, sopla la caracola con más fuerza de la que pareciera caber en su cuerpo.
El recinto tiembla. Tiembla la estatua del maestro espiritual, impasible, que observa la escena con los ojos cerrados. Su rostro, sereno; sus manos, sobre el pecho; sus dedos, formando un círculo entre el pulgar y el índice. Tiemblan las estatuas del dios de la muerte, a ambos lados de la estancia. Dios de colmillos y garras afiladas; dios cubierto por una corona de calaveras; dios que baila, marcando el propio ritmo de la vida, sobre los cuerpos de los humanos que aplasta con sus pies desnudos.
El techo, ahora desde el interior, muestra el mismo símbolo auspicioso a lo largo y ancho de una viguería en forma de cuadrícula de madera. En cada repetición se observa una paleta de tonos propia, bien capricho del pintor, bien causa del microclima de la minúscula porción de universo que ocupan. Casi en el centro, dos finas columnas de madera agrietada son el único soporte de tamaña techumbre. Finísimas columnas, que parecieran incapaces de soportar tal carga de no ser por la ayuda de los dioses que habitan la sala.
Dejan de sonar los instrumentos. Vuelve la letanía, la seriedad en el rostro, la mirada perdida. La silueta comienza a confundirse de nuevo en la inmensidad. Las tejas vidriadas, a lo lejos, desaparecen.