Spain is different

Spain is different

     Todas y cada una de las personas de este planeta creen vivir en el mejor país del mundo y, aunque todos le critiquemos frente a nuestros amigos “nacionales”, siempre le defenderemos frente a un extranjero. Sin embargo, cuando se vive entre dos países las comparaciones son inevitables. En mi caso, Alemania, cuna del orden y la precisión Europea y España que… bueno, es España, son mis dos hogares.

     Cuando vives un tiempo en Alemania, te acostumbras a determinadas cosas: no andar sobre el carril bici, pagar el metro aunque no necesites hacerlo para entrar (no hay barreras que te lo impiden), esperar a que el semáforo se ponga en verde para cruzar la calle… Al principio te extraña. Quieres andar por donde te dé la gana, no pagar el metro porque… ¿pa qué? y cruzar cuando te salga de los santos… Typical spanish. Sin embargo, con el tiempo te vas acostumbrando a ir en bici por un carril despejado, a tener un metro de primera en cada ciudad y a no encontrarte ningún peatón despistado cuando vas conduciendo. Son pequeños detalles pero… están por todos sitios.

     Cuando estás en esta mentalidad y viajas a España, la diferencia te golpea en la cara.  Déjenme contarles, a modo de ejemplo, el periplo de mi última vuelta a España. La historia es cien por cien real y se repite cada vez con unos u otros detalles, variando la forma pero no el fondo.

     Coges el vuelo en Hamburgo, con dirección a Madrid – Terminal T1. En Hamburgo, el vuelo que va a España de Ryanair sale siempre desde la T2, puerta A54 (la del fondo). Sin embargo… Spain is different. En España, igual aterrizas en la T1 o igual te dejan en la T2 o T3 a cuarenta y cinco minutos andando de donde tienes que recoger las maletas. Igual el controlador aéreo se lio con los botones y mandó al avión a la pista que no es, o el avión anterior todavía no había salido porque los pilotos se habían despistado, o vete tú a saber. El caso es que nos dejaron en la T3, al fondo a la derecha, a dos kilómetros y medio de la salida. Yo ya me sabía la historia, pero a los veinte minutos de andar entre terminales escuchaba a gente que cargaba con niños pequeños decir: “esto no puede ser… Algo estamos haciendo mal”.

     El caso es que mientras te recorres la T3 entera y parte de la T2, vas pensando que, por lo menos, tus maletas estarán allí cuando tú llegues. Craso error. Las maletas llegarán cuando lleguen. Si llegan. Y olvídate de ir a información a preguntar qué pasa con la maleta que has perdido porque el recepcionista no está (habrá ido a fumar, otra vez). Cuando llega te dirá que eso no es asunto suyo, porque él trabaja para AENA y “eso de las maletas” lo lleva el aeropuerto de Barajas, cuyo mostrador de información está en la T1. Puedes llamar pero, claro, te salta un contestador, así que decides ir andando hasta allí para que otro recepcionista (al que has pillado, por suerte, en el turno de no-fumar) te diga que eso no tiene nada que ver con él, que no sabe por qué te han dicho que le preguntes a él y te insinuará con gestos y malascaras que pareces tonto por no saber cómo funciona la trastienda de un aeropuerto en estos casos.

-“¿Yo? ¿Objetos perdidos? ¡Qué va! Yo solo doy información sobre los vuelos, para objetos perdidos tienes que preguntarle a la compañía aérea”.

– Y… ¿Dónde está el mostrador de información de Ryanair?

– Terminal dos. Aunque también puedes llamarles…

     Al final decidí olvidarme del tema e ir a coger el tren (ya llamaría para solucionar lo de la maleta), donde esperaba que todo fuese como la seda. Se supone que había un tren directo desde el aeropuerto a Villalba a las 21:48 (este es el que más me interesaba, porque me deja directamente en mi parada). Decidí coger el que pasaba media hora antes y me dejaba en Chamartín, para ahí hacer trasbordo y ahorrarme unos minutos. El caso es que cuando me subo al tren de las 21:18 hacia Chamartín-Príncipe Pío, me encuentro con unas pantallas informativas dentro del tren que ponen C-1 Villalba. Aquí ya empiezan los problemas porque esa línea… ¡no existe! La C-1 no va a Villalba y las que van a Villalba no se llaman C-1. ¿Dónde me llevará esta misteriosa línea? Lo mismo, si me despisto, acabo en Aranjuez, o llego a Fuenlabrada que hace mucho tiempo que no voy. No tenía nada que perder, así que decidí subirme e ir a la aventura.

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     Llegamos a Chamartín, donde las cosas continuaron igual. Las pantallas informativas se mantuvieron firmes en su aseveración de que el tren que las portaba se dirigía a Villalba, pero cambiaron el C-1 por el C-10 y el color celeste se tornó verde claro. Le pregunté a un señor si este tren iba a Villalba o no, y me dijo que sí, que “eso pone en los carteles”. Una mujer salió al rescate diciendo que le parecía muy raro, que ella cogía este tren a menudo y que nunca terminaba en Villalba, que iba a Príncipe Pío… estábamos debatiendo la cuestión cuando, de repente, las luces se apagaron y las puertas del tren quedaron abiertas. Por megafonía, alguien dijo: “este tren termina aquí”. Punto. Quizás el conductor se había cansado de su trabajo o nos habíamos quedado sin carbón para las turbinas. Vete-tú-a-saber… El caso es que tuvimos que bajarnos y esperar al siguiente tren.

     En fin, que cuando estás cerca de llegar a tu estación y decides escribir al amigo que te va a recoger (sí, vivo en Mordor, ¿vale?) te das cuenta de que se había olvidado de que era hoy y, desde la ducha, te escribe: “ya estoy llegando”. Su retraso no importa, porque entre la caminata en el aeropuerto, los trasbordos inesperados y que el tren se para quince minutos en Pinar de las Rozas (vete tú a saber por qué), acabas llegando tarde tú también. Cuando finalmente llegas, tu amigo, que lleva dos minutos esperándote (pese a haber llegado hora y media tarde), al verte, te hace un mal gesto y te dice: “¡Hombre! ¡Ya era hora! Vamos, que tengo el coche en doble fila”.

     Esta historia, basada en hechos reales, sirve para ejemplificar una realidad de nuestro día a día, una actitud muy común en España a la que suelo referirme con la expresión “no hay nadie tras la ventanilla”. España no funciona, ni a nivel político-social ni a nivel cotidiano. Nadie se responsabiliza de sus errores ni soluciona los problemas que debería solucionar. Si necesitas que un español te eche una mano con algo, tienes un problema. No lo va a hacer. Te va a decir que sí, pero no. Muy amigo tuyo tiene que ser, o algo tiene que querer de vuelta para que te haga un favor.

     Pero la historia no acaba aquí. Esta actitud también está enraizada en lo más profundo de la administración española, donde a nadie le importa un carajo que tengas un problema (que muchas veces causan ellos mismos). Recuerdo una vez que me pusieron una multa de tráfico por aparcar un sábado en una zona donde estaba prohibido aparcar de lunes a viernes. 90 euros, que son 45 si lo pagas antes de quince días. En la multa pone el lugar y la fecha en el que se ha producido la supuesta infracción y en GoogleMaps y en los registros públicos del ayuntamiento de turno se ve qué tipo de señalización hay en dicho lugar. El ponemultas de turno, ora despistado por cualquier cosa, ora con inquina y mala fe, me puso la maldita multa. No pasa nada, somos humanos y cometemos errores.

      El problema es tener que hablar con la administración española, la cual me consta que funciona igual en todos sus aspectos. Les escribes una carta comentándoles el problema, adjuntas la multa, fotos del lugar que obtuviste in situ y que sacas de GoogleMaps, buscas cómo dirigirte a la administración de una manera adecuada para ahorrarles trabajo, incluyes todos los datos pertinentes, mandas la carta… En fin, dedicas un tiempo y trabajo a una cuestión que no tendría por qué ocurrir. Pero no pasa nada, somos humanos y comentemos errores. Ya está.

      Pues no, porque a los tres meses (lo cual parece tiempo de sobra), te llega una carta diciendo que tienes que pagar la multa, sin el descuento del cincuenta por ciento y más un recargo por impago. Total, 93 euros. La dichosa carta está completamente automatizada y lo mismo vale para una multa de tráfico que para reclamarte un millón de euros por impago a hacienda. No hay referencia a tu reclamación. Nadie la ha leído. Eso es lo que más me molesta, que tú cuentas tu queja en la ventanilla pertinente pero… no hay nadie detrás escuchándote. Están fumando, o desayunando, o simplemente pasando de ti. Vete-tú-a-saber… “Silencio administrativo”, lo llaman. Aunque, en verdad, no es más que ineficacia y pasotismo.

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     Decides mandar la carta una segunda vez, compruebas que los datos estén bien e introduces algún elemento para intentar que la lean (pones lo importante en negrita, pides POR FAVOR que te lean, cuentas lo que ha pasado refiriéndote a la denuncia original, a tu reclamación y a la “respuesta” administrativa…). Y, a los tres meses… ¿Adivinan qué? Silencio administrativo. 117,32 pavos, esta vez con una amenaza de embargo (como si le debieras el rédito del último envío a Pablo Escobar).

     Lo mismo ocurre con la política: tramas de corrupción institucionalizada, 3%, cajas B, archivadores de pruebas extraviados o inutilizados, archivos quemados en diligencias policiales, los jueces forzados a abandonar el caso, varios fallecidos clave relacionados con varias tramas de corrupción, todo en relación al partido que ha gobernado España durante seis años (catalogados como organización criminal por la policía y los juzgados). Y, ¿la alternativa? Un partido con su expresidente haciendo favores a las eléctricas, los ERE, terrorismo de estado… O si no, un partido revolucionario con una cúpula burguesa (una chalet por aquí, una trabajadora del hogar en negro, priorizar el poder antes que los derechos sociales), o un partido financiado por el IBEX35… Por no hablar de la fortuna de los Pujol, los beneficios judiciales a la monarquía, la incapacidad para negociar…

     El escaqueo, la picaresca y la corrupción (a pequeña escala) petrifican el país obligando a sus ciudadanos a convertirse en bestias sin escrúpulos que o bien entran en el juego o bien son arrasados por él. Y el problema verdaderamente grave es que esto no son anécdotas, sino la forma de ser del español. Fontaneros, arquitectos, políticos y periodistas; profesores, doctores, taxistas y cargamaletas, todos actuamos igual. El cobro sin factura (porque pa qué), el firmar sin mirar, el sobre sin clara procedencia o la noticia sin contrastar; las clases monótonas, las recetas automáticas, la vuelta extra a la manzana o el revolear una maleta sin importarte qué lleva dentro… Todas estas acciones pudren nuestro país, convirtiendo la civilización en barbarie, el orden social en la ley de la selva y el orgullo cultural en la vergüenza nacional. Al final, tienes un país donde no se recaudan impuestos (porque pa qué), lo cual casi es mejor porque los que se recaudan se lo gastan los cuatro políticos de turno en cocaína y prostitución (real facts), se pagan sueldos bajos (porque, claro, no hay dinero), lo que amarga a los trabajadores que acaban haciendo chapuzas a sus clientes… Etcétera, etcétera, etcétera.

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     No quiero meterme en política (no es el momento), pero déjenme hacer una comparación. En las pasadas elecciones generales alemanas ocurrió algo parecido a lo acontecido en España: varios partidos sin mayoría, había que pactar. A diferencia de los españoles (sea para formar gobierno, para aprobar presupuestos o para tratar el independentismo), los alemanes se reunieron todas las semanas, durante meses, por más de ocho, diez o doce horas. Todas las semanas, varios días a la semana. Salían cada varias horas a comentarles a los periodistas cómo iban: “estamos avanzando en este punto, pero todavía hay que hablar de inmigración y políticas fiscales, por lo que vamos a necesitar varias semanas más de negociación”. Bueno, dirían: “wir werden alles zusammen…”. Ya sabéis.

     ¿Qué ocurre en España? Salen los resultados de las elecciones y, hombre, esa misma noche no vas a llamar a nadie. Es más importante celebrarlas con una copa o dos y mañana ya se verá. Y, cuando llega mañana, pues estás muy liado y no tienes tiempo para aclarar eso del gobierno. Ya pasao, si eso, te pones en contacto. Y pasao, ¡hostias! Si tenías plan desde hace varios días… No, pasao no puede ser… Bueno, ya iremos viendo.  Como dice Bejo: “ya decidiré el domingo lo que hago el domingo”. Pasan las semanas y es noticia un tweet de un secretario general, o una llamada telefónica de tres minutos y cuarenta segundos entre dos candidatos a la presidencia del gobierno… Y al final, in extremis, como nos gusta a nosotros hacer las cosas, se impondrá el partido con más fuerza, o más cojones como solemos decir en privado, el más testarudo o inconsciente, sin negociaciones, ni medias tintas, ni una sola reunión de por medio. ¿Soy el único que se pregunta qué tendrá Mariano más importante que hacer que reunirse con los catalanes? A charlar… A ver qué quieren o de qué van. A ver cómo están las cosas. No sé, a verse las caras…

     Somos el país del pasotismo, el escaquismo, la picaresca… Del “tenemos que vernos”, del “a ver si quedamos”, del “te llamo luego”… Del “esto no lo llevo yo, pregúntale a mi compañero”, del “eso no lo sé”, del “no te puedo ayudar”… Del “vete-tú-a-saber” o el “pa qué”… Somos un país cuya cultura y esencia están podridas y necesitan una renovación de fondo si queremos continuar viviendo en él. La falta de responsabilidad en nuestra vida cotidiana, tanto personal como profesional, ralentizan el país y hacen imposible su funcionamiento. Y, en el fondo, no transmiten más que un egoísmo brutal tras el cual hay una actitud de desprecio hacia lo público porque hay un desinterés absoluto en el otro. Sólo nos preocupa nuestro propio beneficio, lo nuestro, nuestra pequeña burbuja. Y arrasamos con lo demás. Si robamos material de oficina en el trabajo, o copiamos en un examen, o damos un recibo sin factura… ¿Qué no haríamos si fuésemos el tesorero del partido de turno en el poder? ¿Cómo podemos juzgar a un futbolista o a una cantante por no pagar impuestos, si nosotros hacemos trabajos en negro? Somos la misma m… historia, tanto unos como otros.

 

 

 

 

Fe de erratas ajenas: sé que este texto se basa en la generalización. Claro que hay alemanes irresponsables y españoles serios. ¡Claro! Pero la esencia cultural que se mueve bajo las manifestaciones particulares determina la esencia del país en tanto que crea formas de ser particulares. Es la esencia del país. No tenemos que copiar la sociedad alemana, tenemos que aprender de ella igual que ella podría aprender muchas cosas de nosotros. La sociedad alemana tendrá muchos problemas, pero es una sociedad culta, educada, respetuosa y responsable (a todos los niveles). Pero eso da para otra entrada.