Pequeñas grandes historias

Pequeñas grandes historias

“No era el hombre más honesto ni el más piadoso, pero era un hombre valiente”… ¿Cómo no continuar leyendo un libro que empieza así? Quizás toda la historia del capitán Alatriste esté contenida en esa frase. Su personalidad, al menos, está expresada en esas quince palabras. Esta capacidad para introducir personajes e historias en pocas palabras o pocos segundos nos enseña mucho sobre la realidad, ya que podemos acceder a grandes historias descubriendo la forma en la que estas se esconden tras los pequeños gestos.

Hay historias que requieren un libro entero para ser contadas. O una trilogía. A  otras les basta con una canción o un par de versos. Algunas opiniones solo pueden ser expresadas en toscos ejemplares de contenido sesudo. Otras caben en un tweet… Pero hay veces en las que una gran historia, de esas que requieren años para desarrollarse, se puede contar con unas pocas palabras. En esas historias, a medio camino entre la magia y la narrativa, merece la pena detenerse, porque nos muestran la grandeza de los pequeños gestos que, pasándonos desapercibidos en muchas ocasiones, pueden ser la pequeña puerta por la que asomarnos a realidades u opiniones puras. Pero, para eso, hay que saber mirar.

Pongamos un caso. En la siguiente escena de Harry Potter, Hermione aparece unos segundos y en lo que tarda en pronunciar una frase, y Ron en responderla, no solo se introducen estos personajes (que aparecen poco antes cada uno) sino que se codifica toda la historia de amor entre ellos, una psicología conjunta, de pareja, que se desarrollará durante siete libros y ocho películas o durante toda una vida de estos personajes ficticios. La escena es la siguiente:

“Tienes sucia la nariz, por cierto… ¿Lo sabías? Justo aquí”, dice Hermione. Ron mira con cara de enfado mientras se limpia apresuradamente donde ella le ha indicado. ¿Qué es lo peculiar de esta escena? Que todo está ahí… Como sabréis (el spoiler de películas antiguas está justificado) Ron y Hermione acaban saliendo juntos, tras muuuchos años de “sí pero no” y emociones contenidas. Sin embargo, en esta escena ya está narrada su historia conjunta, además de presentarse a los dos personajes. Veámoslo.

Ella es inteligente, metódica, seria, observadora, curiosa, trabajadora, entregada, perfeccionista y hasta perfecta, lo cual no deja de ser pedante. Siempre sabe la respuesta a cualquier pregunta, siempre ha hecho los deberes con antelación, siempre le salen los hechizos a la primera… Incluso en una película llega a comprarse un reloj para ir atrás en el tiempo y asistir a más clases de las que le serían físicamente posible en una sola línea temporal. Al final, lo que te puede llegar a molestar de ella es que sea tan perfecta. Repipi, se dice en mi pueblo. No sé si me explico… Tiene todo el sentido del mundo que se fije en una pequeña mancha en la nariz de Ron (observadora) y que busque corregirla (perfeccionista) y que le señale el lugar exacto en el que está dicha mancha (trabajadora y entregada) y que le increpe al respecto (pedante).

Ron, por otro lado, es Ron… Un desastre, torpe, quejica, dependiente, perezoso, borde e inapropiado, aunque con un gran corazón (algo que a Hermione tampoco le falta). Nunca quiere ir a clase ni estudiar ni nada por el estilo, por lo que en una gran cantidad de ocasiones los hechizos no le salen o le salen tan mal que se le rompe la varita o le estalla en la cara. Y, de nuevo, tiene todo el sentido del mundo que sea él el que se ha manchado (torpe) y no Harry o Hermione, que necesite a esta para percatarse de su error (dependiente) y que responda de mala gana a su comentario (quejica y borde).

Pero responde… Ron y Hermione representan la típica pareja que no para de discutir, pero que no pueden vivir el uno sin el otro. Ron necesita a alguien que le centre, que le empuje a hacer las cosas bien, que le indiquen dónde se ha manchado, mientras que Hermione… quizás necesite empujar a alguien, o quizás se enamore del carácter más alejado a sí misma, es decir, del desastre y el caos, o quizás le seduzca su buen corazón. Pero ambos comparten orgullo y carácter, por lo que él nunca admitirá sus errores y ella no parará de reprochárselos, por lo que la discusión está servida. El caso es que son una pareja basada en la complementariedad y en la discusión constante y todo esto nos lo cuentan en unos pocos fotogramas.

En esta escena, de escasos cinco segundos, está contenido el perfeccionismo de Hermione, la torpeza de Ron y la forma de ser conflictiva de su relación, con una infinidad de matices que se podrían seguir analizando. Pero lo importante es ver la trascendencia de la escena y entender que podemos aplicar esto a todas las historias con las que nos topemos (y todo a nuestro alrededor son historias).

Los ejes de mi carreta, de Atahualpa Yupanqui, es una canción que recoge, en unos pocos minutos, lo que muchos consideran que es la esencia de Latinoamérica. Unos pocos versos sirven para explicar lo fundamental de cientos de millones de personas, miles de kilómetros, con decenas de lenguas diferentes en una región tan compleja históricamente como Latinoamérica… O cuando Charlie dice: “llegamos para echar solo un vistazo y nos quedamos para siempre” donde, sin decirte dónde llegó, ni qué vio, ni por qué fue, ni con quiénes iba… te está transmitiendo una forma de vida completa, basada en la búsqueda, el descubrimiento y la aceptación del encuentro. O cuando Nova Mejías se refiere a los “papeles arrugados de bonoloto en la cocina”.

Me hace recordar aquella vez que llegué a Semuc Champey y no pude evitar pensar: “ya estoy aquí, ¿podéis oírme?” Quizás esté la historia de occidente contenida en esa frase… O la primera vez que fui a los Estados Unidos y vi a los pilotos (blancos, todos) junto a los que cargan las maletas (negros, todos). O cuando en Guatemala coincidí en el ascensor con un trabajador del hotel, que iba con el mono con manchas de pintura y me dijo: “señor, disculpe la inconveniencia”… Pura mentalidad colonial… O ayer mismo, en la caja del supermercado, donde una cajera (que no cajero) delgada a más no poder y con un piercing en la nariz se despidió de mí con una interjección inconfundible del sector social al que pertenece: “schönes Wochenende ¿ahhh?”

No se trata de prejuzgar aquí. El prejuicio es negativo, te aleja del prejuzgado y fomenta la intolerancia basándose en tópicos. Se trata de desvelar el mensaje, de ver lo que hay detrás de la apariencia, de descubrir la realidad. Dicen las malas lenguas que hasta mascar chicle es metafísica. Y no les falta razón. No hay contenidos neutros, ninguna realidad está libre de ideología e intencionalidad, aunque sea inconsciente. De hecho, es gracias a este por el cual podemos acceder a los pensamientos que hay detrás de una fachada perfectamente trabajada.

Micromachismos, arquitectura social, comunicación no verbal… Hay una gran cantidad de teorías que se basan en la incapacidad para controlar el inconsciente por parte de las personas para, así, obtener una muestra real de su pensamiento. Como aquel político valenciano que prometía que había metido la mano, pero no la pata. O ¿era al revés?

Hasta los tiempos verbales que utilizamos pueden revelarnos los pensamientos ocultos de nuestros interlocutores. El mismo día que Errejón se distanciaba de Podemos para unirse a la candidatura de Más Madrid, Pedro Vallín decía en una entrevista: “llevaba dando pistas mucho tiempo. Lleva varios meses hablando de Podemos en pretérito perfecto”. “¿Tú cómo te fijas en estas cosas, tío?” Le preguntaba el entrevistador. Recuerdo que hace años a mi novia le pillaron sus padres una mentira por usar un tiempo verbal que no era el adecuado a la milonga que les estaba contando (aunque sí lo era respecto a la historia verdadera).

Esto es fundamental en un mundo en el que todo es mentira, donde no sólo los políticos te dicen lo que quieras escuchar y luego hacen lo contrario, sino que los propios medios de comunicación se inventan noticias y manipulan los titulares para hacerte creer lo que no es. Es fundamental, decía, porque tenemos que aprender a ver la realidad tras la apariencia, porque el inconsciente revela, a la par que vela, una realidad que es tremendamente difícil de ocultar.