Parte VI: Rajastán, hogar de maharajás y maharajinas

Parte VI: Rajastán, hogar de maharajás y maharajinas

diciembre 9, 2018 0 Por Alberto Buscató Vázquez

De camino a ningún sitio

 

Día 30. Llegada a Jaipur (Continuación)
Día 31. Jaipur, la ciudad rosa
Día 32. Jaipur – Ajmer
Día 33. Ajmer y Púshkar
Día 34. Ajmer – Jodhpur
Día 35. Jodhpur, la ciudad azul
Día 36. Jodhpur – Jaisalmer

 

Día 30. Llegada a Jaipur (Continuación)

Ya en el avión, nada más salir de Kolkata y de camino al Rajastán, continúo leyendo El sari rojo. Este Rajiv… mehh… No sé, no sé… Desde la ventana del avión se observa la India completamente verde. Dada la estación del año en la que estamos, el monzón se ha encargado de regar todo el subcontinente, incluyendo el Rajastán, que suelen pintarlo como un desierto, pero… desde aquí parece bastante verde. Me resulta increíble recorrer mil kilómetros en dos horas escasas, pensando que hace unos días recorría unos diez kilómetros por hora en autobús o tren. En fin…

Nada más llegar a Jaipur pido un Uber, cuyo conductor me echa la bronca porque dice que lleva un rato buscándome… ¿Hola? No puedo hacer más que reírme y dejarlo pasar, mientras le pido que me deje en el hotel Pearl Palace, que había leído que era un lugar increíble en varios blogs de internet. Está bien, pero sin pasarse, no es ningún lugar espectacular.

A veces no sé si a los blogueros les pagan para que digan las chorradas que dicen o les salen motu propio para justificar su propio viaje. Siempre van a los mejores hoteles, en las mejores épocas del año, con los mejores guías, a los mejores monumentos… Yo, sin embargo, no paro de encontrarme decepciones y miserias junto a lugares de ensueño. Hoy, por ejemplo, llego al desierto y… ¡está todo verde! ¿Por qué?

Bueno está. Después de descansar un rato decido salir al centro de la ciudad a comer algo. Nada más llegar a la puerta de Ajmer, entiendo por qué a esta ciudad le apodan como “la ciudad rosa” (o roja). Merece la pena pasear por el centro y perderse en sus pequeños callejones, grandes avenidas, tiendas, museos…

 

Hasta unos niños, que se manifestaban, vete tú a saber por qué, iban vestidos del color oficial.

Mientras espero la cena en un puesto callejero, una dosa masala, comida típica de la India, aunque originaria del sur, empieza a hablarme un hombre. Esta actitud es típica de los vendedores, que se te acercan a preguntarte algo fingiendo una conversación casual para acabar vendiéndote cualquier cosa, pero este chico parecía tener otro perfil. Era más reservado, más modesto e inteligente, me preguntaba por España, por mis deportes favoritos… Coincidimos en practicar el yoga y la meditación (cómo no) y me invitó a tomar un té en su casa.

Allí charlamos distendidamente sobre varios temas de carácter esotérico, como la utilización de determinadas piedras para controlar los estados de ánimo, los chakras, sus colores, de sus orígenes… Me cuenta que proviene de una casta privilegiada, dedicada al estudio de los textos sagrados del hinduismo, los brahmanes; me habla de su gurú, al que tiene en gran estima y me insiste en que tengo que conocerle; y me enseña parte de su trabajo, en el que utiliza el arte para ayudar a personas discapacitadas. También analiza tu personalidad a su manera una vez sabe tu nombre, tu lugar de nacimiento y la fecha. Mañana quedamos a las nueve, para desayunar juntos. Pinta bien pero, si eres un turista en la India, los encuentros de este tipo acaban siempre en el mismo sitio.

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