Parte II: siete días con los eremitas

Parte II: siete días con los eremitas

octubre 31, 2018 0 Por Alberto Buscató Vázquez

De un viaje por el mundo a un viaje al interior

Día 6. Gangotri (continuación)
Día 7. ¡Gangotri! Primer día en el áshram
Día 8. Vuelta a Uttarkashi a por suministros
Día 9. Gangotri, el kathá
Día 10. Gangotri, reflexiones
Día 11. ¿Gaumuk? Gangotri y el maestro
Día 12. Gangotri… ¿y el puente?
Día 13. Gangotri, último día

 

Día 6. Gangotri (continuación)

Empezamos a andar hacia la cueva en la que vivía Kadras Mai (cuyo nombre significa “madre Luz”). Nos acompañaba un hombre nepalí, llamado Tulchi Sai, que ayudaba a la madre Luz con sus bolsas a cambio de un plato caliente de comida. Algo me decía que tendría alrededor de sesenta años, pero la apariencia de cincuenta y la vitalidad de un hombre de cuarenta. Siempre estaba alegre y, aunque no es dicharachero ni ocurrente, mantenía su sonrisa y su amabilidad. A los pocos minutos habíamos dejamos el pueblo de Gangotri atrás, atravesándolo en toda su longitud, y andábamos por un pequeña sendero en lo más profundo del valle en el que nace el Ganges: el Parque Nacional de Gangotri.

Kadras Mai empezó a contarme su historia. Nació en Kolkata (ciudad a la que llamamos Calcuta en occidente, debido a la mala pronunciación inglesa del nombre original), y estudió ciencia, seguramente alguna carrera relacionada con biología molecular, ya que estaba especialmente puesta en el tema, pero al poco tiempo de terminar la carrera decidió dejarlo todo e irse a vivir a las montañas, para cultivar la vida espiritual. Salió de Kolkata sin nada, como manda la tradición, y llegó aquí hace tres años. Con ayuda de los hombres del pueblo adecentó una pequeña cavidad en una roca y, desde entonces, vive ahí.

Paramos a los diez minutos en un pequeño arroyo que iba a parar al Ganges. Según la gente de la zona, este agua es de las más puras del mundo y una de las causas de la longevidad de los habitantes del Himalaya, donde superan con facilidad los cien años y se han dado casos de personas que han llegado hasta los ciento cincuenta. Kadras Mai me contó que es un agua dura, que ella la hierve antes de beberla, pero que esos minerales que tiene la hacen ideal para mantener la basicidad del cuerpo y su salud. Dice que había leído varios estudios científicos al respecto. También recogimos una planta que, según otros estudios, ayuda a sobrellevar el mal de altura con solo respirar su aroma. Estamos a 4.500 metros sobre el nivel del mar y la falta de oxígeno se hace notar.

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Continuamos andando unos minutos más, hasta llegar a su “casa”. Solo se puede llegar a ella si sabes dónde está, ya que desde el camino principal es imposible ver el pequeño sendero que baja hasta la roca en la que se alberga. Y, efectivamente, es una cueva. Aunque no es simplemente el hueco crudo sobre la roca: una pequeña pared de cemento cubre la salida para protegerse de los animales del valle (osos, leopardos, cabras…), reforzada aquí y allí con paneles de uralita y unas ventanas tapadas con plásticos, además de unos jardincitos de cemento y roca en los cuales cultiva flores y algunas plantas aromáticas. El agua proviene de un arroyo cercano y no tiene ni gas ni mucho menos internet, pero me llamó la atención ver unas pequeñas placas solares (de pocos centímetros) que le permitían obtener un poco de electricidad para encender un fuego o cargar el móvil (mientras, en España, continuábamos con el llamado impuesto al sol). Tiene lo justo para vivir y dedicarse a la vida espiritual.

Nos preparó un zumo de una fruta parecida a la naranja y, mientras Tulchi recogía un par de bolsas de la hierba que se usa contra el mal de altura para preparar un té, Kadras Mai empezó a cocinar, invitándonos a quedarnos a comer. Tardó más de una hora pues, además del auténtico arroz basmati, hierben las distintas verduras por separado para que no pierdan el sabor. De hecho, se reía solo de pensar en mezclar todas las verduras cortadas y cocinarlas juntas. Se tarda más, pero el resultado es espectacular: cada bocado tiene un sabor distinto.

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El arroz basmati es típico de India y Pakistán, pero los mejores cultivos están en las colinas del Himalaya. Es un arroz muy apreciado en todo el mundo tanto por su sabor como por el hecho de que no se pasa, los granos quedan siempre sueltos. Esto, que es una ventaja en los lugares donde se come con cubiertos, es una desventaja allí donde se produce, ya que se come con las manos e interesaría que los granos se pegasen entre sí, como ocurre con arroces.

Después de comer, Kadras Mai volvía a Uttarkashi, así que recogimos y nos pusimos en marcha. Me preguntó si tenía dónde quedarme a dormir y me dijo que a la entrada del parque nacional hay un pequeño áshram. Es una comunidad puramente hindú e india, por lo que normalmente no dejan a extranjeros quedarse en él. De hecho, el maestro (o baba) que la dirige ni siquiera habla inglés y no se esforzaría lo más mínimo en entenderse con un extranjero. En su caso, por lo que pude comprobar, no es por racismo, sino porque la experiencia le ha enseñado que los occidentales no solemos adaptarnos bien a este tipo de comunidades.

Kadras Mai intercedió por mí, convenciendo al maestro de que yo iba a ser un buen huésped, por lo que me abrieron las puertas de una pequeña habitación y, sin más preguntas, me dejaron quedarme unos días. Tras despedirme de Kadras Mai, decidí echarme una siesta, que era necesaria después del ajetreo y las emociones vividas hoy.

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“Ok, paremos por un momento a pensar. Estoy en un áshram a las afueras de Gangotri, en el que quizás sea el último pueblo de la India por los Himalayas (pues está a escasos dos kilómetros de la frontera con el Tibet). Soy el único extranjero aquí. De hecho, he podido quedarme gracias a que Kadras Mai ha intercedido por mí frente al maestro. No creo que se hayan quedado muchos extranjeros en el áshram en los últimos años. Desde luego, no está preparado para el turismo habitual. Este lugar es absolutamente genuino; la India más pura posible.

La creencia popular dice que en este lugar mora la diosa Ganga. Y, en efecto, el lugar respira una espiritualidad espectacular. Cientos de baba shadus (maestros ermitaños) viven en las cuevas naturales de las empinadas colinas de los pequeños Himalayas. En los diversos áshrams, maestros y estudiantes (y algún viajero casual, he de decir) conviven y aprenden. El Ganges se hace notar con su eterno estruendo desde el fondo del valle, el monzón aparece esporádicamente para regarlo todo y los afilados picos de las montañas siguen creciendo a una velocidad endiablada (relativamente, claro). Hay…”

Un sonoro repicar de varias campanas me saca del ensimismamiento de la escritura por lo que salgo de mi habitación a ver qué ocurre. En aquel momento, no entendí nada de lo que vi, aunque era evidente que era algún tipo de rito hindú. Transcribo lo que escribí poco después de vivirlo:

“Media docena de personas (las pocas que se quedan en el áshram) provocan dicho estruendo tocando sendas campanas mientras el maestro se mueve entre los pequeños templos colocados aquí y allá por el patio central, postrándose ante las estatuillas de los dioses y honrándoles con fuego. Estamos llamando su atención mediante el ruido, para que escuchen nuestras plegarias. Un hombre me hace una señal para que me ponga a tocar una campana. Y allí que voy. Cuando acaba, el maestro se dirige hacia nosotros con el fuego para que acerquemos las manos a él y las llevemos a nuestra frente (o al corazón, como cada cual quiera) en señal de respeto.

Luego nos acercamos a uno de los templos, el de Shiva (cómo no), y comienzan a cantar en sánscrito. Los cánticos duran por lo menos quince minutos, mientras el maestro limpia los cacharros que contenían los alimentos dados a los dioses (los cuales se los han acabado comiendo los ratones) y coloca alimentos nuevos a cada uno. Posteriormente damos una vuelta alrededor los cuatro templos más grandes (los que tienen una sala como tal para ellos) en el sentido de las agujas del reloj, tocando la pared con un dedo y llevándonoslo al corazón”.

Terminado el rito, comenzamos a poner la “mesa”. Vamos colocando una vajilla de acero (lo cual es más útil y cómodo de lo que parece) en una especie de alfombra alargada de algodón que se coloca en el suelo y nos sentamos con las piernas cruzadas tras los platos. El maestro principal y otros dos que parecen ser sus aprendices se ponen en una fila y los demás en otra, mirándonos de frente. Entonces el cocinero empieza a echarnos comida, la cual es bastante copiosa y muy elaborada. De hecho, el cocinero está todo el día preparándola.

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Hay siete templos en el áshram, pero no todos son evidentes. Cuatro de ellos son salas dedicadas, respectivamente, a Krishna, Hanuman, Shiva y un popurrí que incluye Ganesha, Brahma y otros que no sé identificar. Además, a las puertas de algunas de estas habitaciones, hay pequeños altares con figuras de Lakshmi y la gran madre Kali que constituyen sendos templos. El séptimo no es más que una pequeña rendija entre dos muros, de apenas diez centímetros de ancho, que da directamente al Ganges.

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En cuanto terminan de servirnos a todos, comienzan a comer con las manos. El cocinero se apiada de mí y me ofrece una cuchara. Parece que a nadie le importaría que la usase, pero pienso: “¡Qué carajo! Hemos venido a jugar, ¿no?” (Que sí, que sí, que todos coméis con las manos en vuestra casa cuando no os ve nadie. Pero cogéis las patatas o un trocito de pan con la punta de los dedos, ¿verdad? ¿Os imagináis lo que es tomarse un plato de lentejas con las manos? Pues eso…).

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