Memorias de Guatemala

Memorias de Guatemala

A mi gran amigo Sebastián,

por enseñarme el amor a mi cultura

mostrándome el amor que él guarda a la suya.

 

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Guatemala, el corazón del mundo maya

Día cero. De Madrid a Guatemala, por Miami

Primer día. Ascenso al volcán de Pacaya y llegada a Monterrico

Segundo día. Monterrico, la costa del pacífico

Tercer día. El manglar de Monterrico (y regreso)

Cuarto día. El lago Atitlán

Quinto día. Los pueblos del lago Atitlán

Sexto día. La ascensión al volcán San Pedro

Séptimo día. Chichicastenango, mercados y chamanes

Octavo día. Las cavernas de Lanquín

Noveno día. Semuc Champey, el paraíso

Décimo día. De camino a Flores

Undécimo día. Huyendo de Flores: el Remate

Decimosegundo día. Tik’al: El eco de los espíritus maya

Del decimotercero al decimoséptimo día: El Mirador, corazón de la selva de Petén

Día decimoctavo. El manglar de Río Dulce

Decimonoveno día. Livingston: la cultura garífuna

Vigésimo día. Vuelta a Ciudad de Guatemala

Del vigesimoprimero al vigesimonoveno día: Vida académica y cultural de la ciudad

Trigésimo día. Los museos de Ciudad de Guatemala

Trigésimo primer día. Chi’gag: Ascenso extremo al Volcán de Fuego

Trigésimo tercer día. Regreso a España y conclusiones

 

Guatemala, el corazón del mundo maya

Guatemala no es un país con tanta fama turística como otros países centroamericanos, sin embargo, presenta espectaculares lugares naturales y una cultura nativa muy interesante. Además, su escasa fama quizás sea una de las ventajas de este país, ya que no es un país masificado y todavía quedan restos genuinos de su cultura nativa. En cuanto te alejas de la capital te sientes lejos de todo, como si estuvieras en otro mundo, en contacto con la naturaleza, la vida sencilla y la cultura regional, la que pertenece a la tierra y no existe fuera de ella.

No sabía exactamente qué iba a encontrarme en Guatemala. Preparé el viaje con cierta antelación y sabía que iba a ver las ruinas de antiguas ciudades maya, pueblos indígenas y me rondaba la idea de ver magma saliendo de alguno de los treinta y ocho volcanes del país. Sin embargo, Guatemala acabó sorprendiéndome completamente y pronto me vi envuelto en una serie de aventuras y lugares que nunca olvidaré. Me he adentrado andando cien kilómetros en la selva en busca de ciudades mayas perdidas, he escalado tres volcanes, dos de ellos en activo, he dormido en medio de dos manglares, me he tumbado a descansar en el auténtico paraíso (en dos ocasiones), me bañé en dos océanos distintos, uno de arena negra y aguas enfurecidas, otro tranquilo y de agua dulce; y he estado en poblados y aldeas de varias etnias originales distintas.

Sin embargo, lo mejor de este país, sin lugar a dudas, es su gente. Tranquila, de buen corazón y buenas intenciones, están siempre encantados de ayudarte y hablarte de su país, lo cual siempre lo hacen con orgullo y una sonrisa. El carácter del guatemalteco es sencillo, en el mejor de los sentidos, como si estuvieran tranquilos por saber que están donde tienen que estar. Parecen alegres, felices. Además, presuponen una bondad en ti que, en mi opinión, muchos europeos no estamos a la altura. A su lado, parece que estamos siempre enfadados, desconfiando de todo el mundo y dando únicamente lo que recibimos, después de recibirlo, lo que hace enemistarnos con nuestra familia y nuestros amigos. Es gente agradable, suave. Como los colores de su bandera (blanco y celeste), como sus licores (la rosa de Jamaica y el quezalteca), la marimba (el instrumento nacional), los monumentos de sus ciudades… Parece que todo en este país es… suave, sin contrastes ni brusquedades.

El guatemalteco sabe darle importancia a lo pequeño. Se ve en sus gestos espontáneos, en su literatura, en su lenguaje… Recuerdo que, cuando conocí a un grupo de escaladores de volcanes, me preguntaban qué volcanes había escalado yo. Les decía que solo el San Pedro y el volcán de fuego y, mi amigo Sebastián, me recordaba constantemente que también había subido el Pacaya. “¡Pero ese es muy chiquito!”, decía yo. No podía comparar la hora de subida al Pacaya con las dieciséis o dieciocho horas que requiere el volcán de fuego. Y no lo entendían. Bien hecho por su parte. “Es un volcán igual, ¿no?”, decían riéndose, extrañados.

Además, a pesar de ser un país pequeño, con cinco veces menos territorio que España, tiene una diversidad étnica muy grande, con gran cantidad de población nativa perteneciente a distintos grupos culturales, con costumbres e incluso lenguas completamente distintas. De hecho, en Guatemala hay veintiuna lenguas mayenses (descendientes de los mayas), una xinca (aislada del resto) y otra garífuna (de origen africano), además del castellano, que no es hablado por todos los habitantes y muchos la utilizan como segunda lengua. Esto dificulta enormemente la tarea de crear una unidad a partir de las distintas aldeas, pueblos y pequeñas ciudades.

La situación social y política de Guatemala es extremadamente compleja. Un gran porcentaje de la población es indígena (entre el 40 y el 70%, dependiendo de lo detallista que seas) y viven como indígenas, es decir, tienen sus costumbres, sus modos de vida tradicionales, visten y comen sus trajes y platos típicos… y tienen regímenes políticos propios, donde los asuntos de la comunidad se resuelven entre los sabios o consejos de ancianos que se reúnen un par de veces al año, en los casos más extremos. En la mayoría de comunidades, además de un alcalde “oficial” o estatal, tienen una organización nativa, con un representante elegido por el pueblo por sus propios métodos. La justicia se administra acorde a las costumbres propias de la organización nativa que sea, independiente del resto del mundo. El Estado guatemalteco trata de velar, en primer lugar (de manera indiscutible) por los derechos humanos y en segundo lugar (más discutible) por la constitución guatemalteca, pero los códigos civil y penal no rigen adecuadamente en los pueblos y aldeas. El Estado controla un par de ciudades grandes, como Ciudad de Guatemala o Antigua Guatemala, y poco más. Fuera de ellas, el concepto de “Estado” o “nación” quizás no funcione como en otros países y, de hecho, determinadas zonas de las grandes ciudades están controladas por grupos como las maras.

Por ejemplo, la selva de Petén, en el departamento de Petén, está controlada por la Cooperativa Carmelita, formada por los miembros del pueblo con dicho nombre que ronda los cuatrocientos miembros. Ellos se encargan de proteger y gestionar los recursos de la selva (organizando viajes turísticos, talando árboles de manera controlada, obteniendo productos vegetales como el chicle o la pimienta…) y así consiguen tanto trabajo para los ciudadanos de Carmelita como dinero para financiarse los servicios mínimos que el Estado no proporciona (como el suministro de agua, servicio de bomberos y guardias forestales para controlar los incendios, seguridad, escuelas, hospitales…). El Estado ayuda cuando, por ejemplo, hay un incendio (incluso mandan al ejército si es necesario –algo que también harían otros países– y los servicios propios de la cooperativa no lo consiguen controlar) y manda a los profesores y doctores necesarios, pero la cooperativa tiene que construir las infraestructuras y pagar por servicios propios que se encarguen de pequeños incendios, de controlar la deforestación de la selva y, por ejemplo, cuando falta un profesor o varios doctores que el Estado no proporciona, se encargan ellos de ponerlos.

Por otro lado, Guatemala, igual que otros países de Centroamérica, es como viajar al pasado. Encuentras talleres de mecanografía donde los adolescentes aprenden a usar máquinas de escribir, cibers para conectarse a internet, televisión por antena que se ve fatal, móviles en blanco y negro, sin pantalla táctil y con más de un botón, coches viejos que forman enormes nubes negras cuando aceleran y gente vendiendo CDs de música y películas en formato físico. Incluso en la televisión ves series que aquí no se ven desde hace una década (como Bandolera o Aquí no hay quien viva).

Todo ello, unido a los increíbles parajes naturales da lugar a un país exótico cuyo descubrimiento merece la pena, sin lugar a dudas. Empecemos la aventura.

 

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