Me llamo Muhammad y vengo de Siria

Me llamo Muhammad y vengo de Siria

diciembre 9, 2018 0 Por Alberto Buscató Vázquez

            Ocurrió hace un par de semanas, cuando vino un amigo a visitarme a la pequeña ciudad en la que vivo actualmente, al norte de Alemania. Trajo una botella de vodka del pueblo donde “estudia” su Eramus (en Polonia) y me convenció para salir a dar una vuelta por la noche. “Hoy va a pasar algo… extraño, ya lo verás”, profetizó mientras cogíamos la botella de Soplica. Fuimos a un parque en el centro de Osnabrück a tomarnos una copa, ya que, como digo siempre, a partes iguales entre la broma y la convicción: “Alemania es un país libre: se puede beber fuera y fumar dentro.” Y entonces, le vimos acercarse a nosotros.

            Se quedó a unos pocos metros, dudando si acercarse más o no. Mi amigo y yo hicimos como que no pasaba nada, pero nos pusimos ligeramente alerta. No por nada más que por costumbre. Era de noche, estaba oscuro y un extraño nos merodeaba. Su aspecto era de lo más corriente, aunque con notables rasgos árabes; su ropa, completamente estándar, de hecho, seguramente fuese más arreglado que yo; su rostro, de tez cetrina, apenas ocultaba a un chico barbilampiño, aunque con una barba negra azabache, que apenas salía de la pubertad. Por los pelos, nunca mejor dicho. Era un chico normal, pero era un extraño, por lo que, de reojo, observábamos como se iba acercando poco a poco a nosotros.

            Y, cuando estaba a unos pocos palmos de distancia, nos preguntó si le ofrecíamos un trago. Fue torpe, como si estuviese nervioso. Intentó llamar nuestra atención con sutiles gestos mientras se acercaba, sin conseguirlo, hasta que cortó nuestra conversación dirigiéndose a nosotros de forma excesivamente directa y en un tono de voz ligeramente elevado. Quería asegurarse de que le escuchábamos, quizás para no tener que repetir, avergonzado, las palabras que cuidadosamente había escogido para expresarse en un alemán demasiado básico como para vivir en Alemania.

            “Aber, klar!”, dije yo, ofreciéndole la botella de vodka, de la cual bebió sin poner los labios en ella, en señal, quizás, de respeto. Un trago corto, sin ganas, que revelaba que, en verdad, el trago era la excusa para acercarse a nosotros. Nos devolvió la botella y… se quedó a nuestro lado. Mi amigo continuó contándome lo que sea de lo que estuviésemos hablando hasta que, viendo que el chico se quedó a nuestro lado, se volvió hacia él y le preguntó por su nombre.

            “Me llamo Muhammad”, dijo. “Herme, encantado”, contestó mi amigo. Yo hice lo propio y, acto seguido, nos preguntó de dónde veníamos (ninguno de los tres teníamos pinta de alemanes). “De España –dije yo– “Y ¿tú?” Pregunté más por cortesía que por interés real, ya que no estoy acostumbrado a preguntar por la procedencia de las personas. En las sociedades acomodadas, al menos en los sectores más civilizados, importa más lo que haces que de dónde vienes. Pero, el mundo real, a veces, no es así, como en este caso. Mirándome a los ojos, con un acento árabe claramente reconocible, dijo: “de Siria”.

            Herme y yo nos miramos. “Hostias”. “¿Es un…”, insinuó Herme, en castellano, por si acaso. “Claro, tío. Es un refugiado”, sentencié eliminando la posible duda de que fuese un estudiante o un turista. Muhammad no entendía castellano, pero supo perfectamente de lo que estábamos hablando, por lo que empezó a contarnos su historia. Nos contó que había huido de su país a causa de las bombas. Nos dijo, que huía de los americanos, que las bombas que cayeron en su pueblo eran lanzadas por aviones estadounidenses. “Americans… Bad people”, dijo. Nos contó cómo una de esas bombas le había caído a pocos metros, rompiéndole el pie por varios sitios. Nos contó que fue desde Siria hasta Turquía con el pie roto, vete tú a saber cómo, y que solo cuando llegó allí se pudo operar. Entonces pasó a Francia y de ahí a Alemania.

            Nos contó que su familia estaba en Turquía, en un campo de refugiados, y que él sobrevivía aquí como podía, en una casa que le había facilitado el gobierno. Nos contó que tenía veinte años y que no trabajaba ni estudiaba. No habla inglés ni alemán, como la abrumadora mayoría de seres humanos que no son ni de un país anglosajón ni del germano. Pasa los días en casa, con otros que están en una situación parecida a la suya, asistiendo los jueves a clases de alemán y esperando a que su familia pueda entrar en Europa. Y, por la noche, buscando a alguien con quien compartir su historia.

            El dulce Soplica se tornó amargo, como los tragos tomados a solas en la barra de un bar. Estuvimos charlando con él un buen rato, escuchándole con una mezcla de curiosidad, perplejidad y tristeza. Y, después de escuchar su historia, acabamos hablando de temas más mundanos. Herme le dijo que queríamos salir de fiesta y que si él conocía algún local. [Sí, yo llevo dos años viviendo aquí y no sé por dónde se sale de fiesta, ¿qué pasa?.] El caso es que nos llevó a uno de los sitios más populares de Osnabrück, donde una fila de chicos y chicas rubios, de tez blanca como la nieve, entraban en la discoteca sin siquiera ser preguntados por los que guardaban las puertas del local.

            Pero, no ocurrió lo mismo con nosotros. El segurata de la puerta nos paró en cuanto nos vio y yo saqué rápidamente mi carnet de estudiante. Lo observó de arriba abajo, comprobando minuciosamente que yo era el de la foto, no fuera a ser que lo hubiese robado por ahí, como si fuese tan subnormal de robar un carnet para entrar en esa discoteca de mierda. Mi amigo hizo lo propio con su carnet de identidad, de España. Él no estudia en Alemania, pero es un europeo al fin y al cabo, estudiando en Polonia. Además, es de piel blanca, joven y viste bien, por lo que tampoco le pusieron problemas. Pero, entonces cogió el carnet de Muhammad, una especie de documento que lo acreditaba (o marcaba) como refugiado. Sirio. “Lo siento, no podéis pasar”. ¿Perdona? “Pero, oiga, si está todo el mundo…”, fue inútil. “Lo siento, no podéis pasar”, eso es todo.

            Nos echamos unos pasos para atrás, mientras pensábamos qué hacer. A unos metros de nosotros, seguían entrando alemanes en la discoteca. Una de ellas, al encontrarse con otra amiga suya, salió corriendo a abrazarla con más ímpetu que autocontrol y, dado que iban borrachas perdidas, se cayeron al suelo de golpe. Se levantaron, sin parar de reírse, con esas carcajadas incontroladas inequívocas del que, siendo imbécil, ha bebido más de la cuenta. Se quitaron la tierra de sendos abrigos que portaban y entraron armando escándalo por la puerta principal, sonriendo al guarda que, impasible, las dejaba pasar devolviéndoles la sonrisa. Sin ser siquiera preguntadas. Pero, claro, ellas son alemanas.

            Muhammad, completamente avergonzado, decidió irse a su casa, por no “jorobarnos” la fiesta. Aunque, a decir verdad, yo prefería tomarme otra copa con él en un banco mugriento de un parque cualquier, que entrar en ese garito. Pero insistió tanto, que al final aceptamos que se fuese, bajo previa condición de que me dejase su teléfono para llamarle algún día. Y volvimos a la puerta. El segurata nos volvió a parar. Volvió a mirar nuestros carnets, que sorprendentemente seguían conteniendo la misma información que antes, y nos dejó pasar. “¿Ya os habéis desecho del moro?”, le faltó decir.

            Dentro estuvimos poco tiempo. Yo no soporto las discotecas, y mi amigo se cansó rápido. Ligó a medias con una chica argentina, intercambiamos un par de comentarios con varias alemanas a todas luces fumadas, él bailó, yo miré el espectáculo general que acontecía… Y nos fuimos. Ya de vuelta a casa, con el gorro cubriendo hasta la mitad de la cara, las bragas cubriendo la otra mitad y los guantes por debajo del abrigo más gordo de mi armario, me salió de dentro decir:

Esto es geopolítica.

Y que lo digas -contestó Herme.

[…]

            Hay realidades que nos cuesta imaginar, pero nos duele ver de cerca. A diferencia de lo que ocurre en España, Alemania es un auténtico crisol de culturas, donde los que vivimos aquí como inmigrantes encarnamos las relaciones geopolíticas que perezosos mandatarios toman en los grandes despachos de Bruselas, Washington o Shanghái. Como si de fichas de carne y hueso se tratase, nuestras relaciones sociales están marcadas por lo que acontece en el mundo a gran escala.

            No especialmente los españoles, que vivimos en una sociedad completamente desconectada del mundo, preocupada más por justificar nuestras vergüenzas nacionales que por entender lo que ocurre a nuestro alrededor. Pero el resto del mundo sigue luchando en innumerables conflictos. Los palestinos, por ejemplo, no se pueden llevar bien con un judío. Ni viceversa. Sencillamente, no ocurre. Ni los polacos con los alemanes, aunque sí con los balcánicos; ni los indios con los pakistaníes, aunque sí con los europeos; ni los rusos con los ucranianos, mientras que sí se llevan con los kazajos. Ni la mayoría del mundo no occidental con los estadounidenses; ni los europeos con los africanos, a los cuales no se les acepta socialmente… Etcétera, etcétera, etcétera.

            Lo entendí cuando se me acercó un chico diciendo: “hola, ¿de dónde eres?” porque aquí importa más la procedencia que el nombre. Y, tras intercambiar unas cuantas palabras, me contó que era árabe, que venía de Palestina, que había podido salir de allí gracias a un pasaporte israelí que había obtenido por el hecho de ser cristiano y por tener una beca de una organización católica para estudiar en Europa. Me contó también que poco después de terminarlos estudios tenía que volver a su país (bueno, “país”, no es tan sencillo, pero entiéndanme) para aportar allí lo que había aprendido aquí, porque vive en medio de varias guerras, pertenece a una minoría religiosa y el conocimiento para él es una forma de proteger a su pueblo. Y después, me dijo su nombre: Nawras.

            Y es vergonzoso que esto ocurra. Pero más aún lo es que tengas que verlo en directo, que tenga que estallarte en la cara, para que te des cuenta de lo que está ocurriendo en el mundo. Porque historias como las de Muhammad o Nawras, nos muestran la cruda realidad que hay tras las noticias que vemos en los telediarios y que confundimos con las series de Netflix. Son, estas, historias en las que la religión a la que perteneces puede hacer que sobrevivas a una determinada situación, o que tengas menos oportunidades que el resto; donde tu procedencia determina si pasas tu juventud en discotecas o en centros de refugiados, sin que hayas hecho absolutamente nada por merecer una u otra; donde tu color de piel es fundamental para que alguien se acerque a hablarte o no. Pero, claro, como al fin y al cabo esas situaciones les ocurre a los “no españoles”, no nos importan, ¿no?