La (no)tragedia de nuestro tiempo

La (no)tragedia de nuestro tiempo

            Una tragedia no es un drama, ni una catástrofe, ni una desgracia. La tragedia, palabra de origen griego, tiene un componente propio muy característico que ha desaparecido de la narrativa propia de nuestra cultura. Este elemento es la aleatoriedad; la injusticia de la tragedia no merecida. Esta ausencia es interesada, ya que se busca fomentar y expandir una determinada cosmovisión que, inconscientemente, acabamos aceptando y termina constituyendo parte de nuestra forma de pensar. Todos los pueblos transmiten su forma de pensar en sus narraciones. Películas, canciones, cuentos populares… Todas tienen una idiosincrasia detrás que no solo transmite ideas y valores ,sino que normaliza comportamientos y por ello creo que es importante entender qué es la tragedia griega y por qué se ha perdido en nuestra cultura.

teatro-clasico-griego-e1532375682861.jpg           En la tragedia griega (o tragoidía, literalmente: “el canto del macho cabrío”), el protagonista no es culpable de la pena que sufre. El destino se ceba contra un hombre (ya que suelen ser hombres) inocente que no ha hecho nada para merecer lo que le ocurre. La tragedia no es la consecuencia impredecible de una acción errónea del héroe, no es la debida reacción kármica a una decisión previa. Es, simplemente, mala suerte. Una putada, vaya. De hecho, autores como Jäger Warner defienden que el verdadero protagonista de la tragedia griega es el destino. El personaje humano de turno no es más que la excusa para que el destino pueda ejercer su arbitraria y desoladora función. Es el elemento material sobre el cual se encarna la acción trágica.

            Un ejemplo. Edipo, príncipe de Tebas, fue abandonado por su madre, Yocasta, temerosa de que fuesen ciertas las palabras que el oráculo de Delfos profetizó respecto al primogénito: matará a su padre y tendrá varios hijos en relación incestuosa con su madre. Incapaz de asesinar a su propio hijo, Yocasta le deja en el bosque confiando en que los lobos o las alimañas acaben con él. Pero no. Un pastor se apiada del niño, adoptándolo como a su propio hijo. Años más tarde, Edipo viaja a la ciudad por la razón que fuere. Acaba teniendo un encontronazo un con señor mayor al que acaba matando y conoce a una mujer de la que se enamora y con la cual acaba teniendo varios hijos. Profecía cumplida. Todo ello sin que Edipo fuera consciente y, por lo tanto, capaz de evitarlo. He ahí la tragedia. Por supuesto, se acaba dando cuenta y se arranca los ojos de la rabia.

            La tragedia griega ha fascinado a los europeos desde su origen porque es como la vida misma. Nos narra la cara más incomprensible, inmisericorde e injusta de esta. La tragedia simboliza la faceta más dura de nuestra existencia, la de las circunstancias contra los deseos; la naturaleza contra el ser humano; los dioses contra los hombres.

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          Un día tropiezas por la calle y, de una mala caída, te rompes la columna y acabas postrado en una cama para siempre. O un día vas al hospital por un dolor de huesos y te detectan un cáncer que acaba contigo en un par de años. O tu hijo se topa con varios chicos más mayores que él en el colegio y le hacen la vida imposible. O te da por defender una idea que perjudica a alguien más poderoso que tú (sea un cargo político, un medio de comunicación o un empresario) y arruina tu carrera profesional. Estas cosas pasan y lo que tienen de común entre ellas es que casi nunca son merecidas por aquellos que las sufren. Son… putadas. Tragedias (griegas).

          Pero esta idea no cuadra en la cosmovisión occidental. El occidental quiere tenerlo todo bajo control: el aire acondicionado marcando una temperatura y humedad exactas, el mando de la televisión en la mano, la previsión del tiempo actualizada en el móvil, la casa y el coche asegurados, el plan de pensiones… la idea de estar a merced de unas fuerzas sobrenaturales incontrolables o el mero hecho de que se trunquen las circunstancias no encaja bien con nuestra forma de pensar. Queremos dominar el mundo, ponernos en el lugar del dios que hace siglos matamos y acabar con el destino de un plumazo. Y, así, lo que no explica la tragedia griega de los teatros de Atenas lo hace la “tragedia” norteamericana de Hollywood, a la que estamos más acostumbrados.

            En esta, el personaje que sufre el castigo es culpable. Ha hecho algo mal cuyas consecuencias padece. El héroe se merece el mal sufrido. Quizás este esté demasiado centrado en su trabajo (idea muy estadounidense por otra parte) y descuida a su pareja por priorizar su profesión, por lo que esta le acaba abandonando; o un soldado (algo muy yanqui también) no hace caso a su superior por arrogancia y le acaban secuestrando por su temeridad; o un avaro empresario (¬¬) pierde su fortuna por no haber atendido a sus amigos como es debido. Da igual que la pena sea resultado directo de su acción o no. De hecho, no suele serlo. Pero siempre hay una culpa (causa) que es expiada mediante una pena (efecto). Así, el héroe se convierte en culpable y la (pseudo-)tragedia se transforma en un justo castigo.

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            Este tipo de tragedia representa de forma más adecuada la mentalidad capitalista norteamericana (y occidental en gran medida) según la cual te mereces lo que te pasa. Tras ella, está oculto el pensamiento del “algo habrá hecho”, lo que en España traducimos por un llano “que se joda”. Todas las desgracias que sufre el héroe de la narración de turno vienen después, como justa consecuencia kármica, de un error del susodicho. El mundo, por lo tanto, sigue siendo predecible. Todo está bajo control. A la mente del espectador sólo le queda disfrutar de las palomitas mientras se regodea en la idea del “eso le pasa porque se lo ha buscao”.

            Y este tipo de narración no es así por casualidad. Tiene una intención detrás. La idea que se transmite en la inmensa mayoría de narraciones de origen norteamericano es la misma que hay tras las políticas migratorias, la concepción de los derechos sociales o la aceptación de la desigualdad por parte de la derecha occidental. Si alguien padece un mal, bien sea una enfermedad, la pobreza o la quiebra de su negocio, es porque ha tomado decisiones equivocadas. Y viceversa, el triunfador es el que ha hecho las cosas bien. Según esta concepción, cada uno tiene lo que se merece, lo que ha sido capaz de conseguir. Y así, el mundo sigue siendo predecible.

            La narrativa estadounidense no destaca por su elemento trágico, sino por el catártico. Esta palabra, también de origen griego (khátarsis significa purificación), es la traducción culta y académica de lo que popularmente llamamos orgasmo. U orgasmo intelectual (que también existe). Este el punto máximo a partir del cual solo queda dar las buenas noches. El culmen, cúspide de un proceso que lleva toda la película desarrollándose. La explosión de la estrella de la muerte que parecía indestructible; la victoria del equipo de los buenos, pese a las dificultades, frente a sus eternos rivales; la declaración frente a la puerta de embarque del aeropuerto, justo antes de que el gran amor del protagonista desaparezca para siempre; la muerte del joker; la destrucción del anillo; la derrota del agente Smith… En definitiva, el final feliz al que acompaña el subidón de la música y los planos reiterativos a cámara lenta, a partir del cual solo queda dar paso a los créditos.

            Este tipo de narración, más catártica que trágica, es (casi) perfecta. Solo tiene un fallo: que no es real. Es que la vida no es así. Después de las buenas noches, los problemas económicos siguen ahí, a tu hijo le siguen haciendo bullying en el colegio, el tumor sigue creciendo… La catarsis es momentánea y sólo tiene sentido en la celebración de una victoria. Y esto es lo que Hollywood vende: el triunfo del hombre sobre las circunstancias, la superación constante, la eterna victoria. El mundo bajo control. Pero es que el mundo no siempre se puede controlar.

            A esta ausencia de tragedia hay que sumarle la falta de conflictos reales. Los conflictos hollywoodienses son… resolubles. Puede que sea complicado eliminar al enemigo, pero siempre hay un enemigo que eliminar. Y ahí se acaba la historia. Matar al joker o al duende verde; destruir Matrix o el anillo; salvar el mundo o entenderse con unos marcianos… todos estos “conflictos” no son más que situaciones maniqueas con una solución evidente. El malo es tan malo, que el bueno solo tiene que encontrar la forma de destruirle. Fin.

            Pero, una vez más, la vida real no es así. Los verdaderos conflictos son dilemas irresolubles. Las situaciones complicadas en la vida son aquellas que no tienen solución o cuya única solución está fuera de nuestro alcance. Y no me refiero solo a la enfermedad sin cura o al problema de tu hijo que no puedes solucionar. Que también. Pero me refiero más a situaciones como el conflicto entre Israel y Palestina, la pareja de la que no te quieres separar porque tenéis un hijo en común pero por la cual ya no sientes nada, la herencia que todos los herederos reclaman para sí… Esas situaciones muchas veces no tienen una solución adecuada y, en otros casos, esta solución no está ni remotamente a nuestro alcance.

U171742            Chema Monreal comentaba un auténtico conflicto hace unos días: ¿qué haces cuando estás en medio del Mediterráneo, intentando rescatar a varios migrantes naufragados, sólo puedes salvar a uno más y tienes una madre y su hijo ahogándose? ¿A cuál salvas? No puedes coger a los dos porque tienes la seguridad de que entonces pondrías a toda la tripulación y al resto de migrantes en peligro. De hecho, ya están en peligro porque has cogido a más personas de la que debías pero… tampoco puedes dejarles ahí… ¿Qué haces? Y, ¿si coges a los dos y luego te encuentras otro más? ¿Qué carajos haces? No sé si me explico… Esto es un conflicto real. En él, el mundo no es controlable.

            Pero no es a lo que estamos acostumbrados. En Hollywood, los problemas se presentan siempre con su solución a la espalda, como los libros de texto de los profesores de primaria. “Todo está bajo control, los problemas se pueden resolver” es el lema de nuestra cultura, y sus manifestaciones artísticas lo fomentan y expanden. La tragedia se transforma en catarsis y los conflictos en situaciones que no merecen si quiera llamarse problemas.

            Por lo menos, al pueblo norteamericano no se le puede criticar de incoherencia. La catarsis vende más que la tragedia; la superación es más agradable que la derrota. En una sociedad que asocia felicidad con consumismo, la euforia catártica se transforma en dinero. Si una película tiene lo que llamamos “un buen final” (es decir, una catarsis bien planteada), seguramente querremos volver al cine. Y eso son más entradas, más palomitas, más gasto en transportes… Por eso las buenas noches vienen después de dos o tres “catarsis” (las que el cuerpo aguante), porque la catarsis gusta. Es agradable. Además, requiere de un control de las circunstancias para darse, lo que a su vez implica comprar cosas (sean las que sean) que te garanticen dichas circunstancias. Y eso es dinero.

            La tragedia y el conflicto, sin embargo, son un asco. Le dejan a uno el alma desolada, sin ganas de na. Te sume en ese estado en el que reflexionas, como buscando una solución que sabes que no existe; en el que vuelves a casa en silencio y te acuestas con un solo pensamiento en la cabeza: “joder…”. La tragedia griega te obliga a pensar sobre la vida, pero también te permite entenderla. Porque tarde o temprano, se presenta la faceta oscura de la vida que aparentemente es sencilla. Tarde o temprano, el mundo se muestra como lo que es: incontrolable.

            La tragedia griega se ha perdido en nuestra sociedad occidental porque queremos dominar el mundo. Pero el mundo no es controlable. Los pobres no lo son (o lo somos) por decisión propia. Los inmigrantes no abandonamos nuestro país por gusto, especialmente los que huyen de zonas en guerra. La quiebra de un negocio no siempre responde a las malas decisiones de sus directivos. Son, simplemente, cosas que pasan. Y hay que entenderlas como tal para poder reaccionar a ellas, tanto si afectan a otros individuos como si nos sobrevienen a nosotros. Porque tarde o temprano lo hacen y, como diría Séneca, la única forma que hay de sobrevenir la tragedia es la comprensión estoica de que forma parte de la vida. Es un asco pero… es que es así. Pero, claro, eso no vende. Esa es la (no-)tragedia de nuestro tiempo.