Gris

Gris

     “Soy gris, como el cielo que amamanta la tierra.” Pensaba aquella tarde en estos versos de Lechowski mientras le daba un sorbo al café. Sin azúcar, ni leche. Escuchaba a mi interlocutora con gran atención, no por el interés de su discurso, sino porque tengo esa manía. Mengato es una chica italiana, de escasos veinte años, con la belleza propia de la juventud pero con una mirada cansada, propia de la vejez. Del norte de Turín, “la primera ciudad de Italia” decía con orgullo. “O la última”, pensaba yo…

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     Habíamos quedado a tomar un café a las cinco de la tarde en una cafetería cualquiera de una ciudad entre tantas otras. Buena hora para dos mediterráneos que buscan charlar para así alimentar la esperanza de conocerse el uno al otro. Y gustarse, quizás. Habría que verlo pero… ¿por qué no? Nos conocimos en clase y habíamos intercambiado varias palabras. Parecía agradable. Jovial. De no ser por ese matiz de cansancio en su mirada, su juventud y su origen habrían sido un buen anzuelo para cualquier jóven europeo. Pero, claro, antes de nada había que hablar de algo.

     Estaba a las cinco menos varios minutos sentado en unas escaleras frente a la cafetería donde acordamos vernos. A las cinco y varios minutos apareció ella rodeando una esquina. Se movía con prisa, pero sin ganas. Es difícil de explicar. La mochila al hombro cargada de libros de la biblioteca, el pelo recogido en una coleta, su sempiterno chándal gris y con un cigarro en la mano. Puro Mengato. Nos saludamos como dos meditarráneos (con una amplia sonrisa y dos besos) y le pregunté, más por interés real que cortesía fingida:  “¿qué tal?”

     – Bueno, un poco agobiada por los exámenes… Además, tengo que hacer un trabajo para el lunes y…

     Y, entonces, desconecté. Vi en sus ojos la convicción de estar hablando de algo transcendente mientras me comentaba cómo le iban las clases… Así que, como dicen esos versos de Juaninacka: ese fue “el momento exacto en el que perdí la fe”. Y no la culpo, yo he pasado la misma etapa, seguramente a la misma edad, en la que la vida entera consiste en los exámenes, las notas, los trabajos… Vives para ello y parece que no existe nada más. No hay nada detrás de las aulas. Bueno, sí: más aulas en las que estudian otras personas y así hasta agotar la totalidad de individuos que tienen tu edad. Y luego, trabajar, que pa eso has estudiao.

     Pero es que la vida no es así. La mayoría de personas, lejos de nuestro artificial estado del bienestar, no viven con esas inquietudes. A la mayoría de personas le importan una mierda tus exámenes. Y tienen razón. Lo descubrí cuando viajé a Marruecos y, tras cinco horas en taxi y dos en burro, llegué a las afueras de Essaouira, donde los niños trabajan por unos pocos dinares llevando agua a unas casas que consisten en cubículos de cemento con rejas improvisadas en la puerta y techos de uralita; donde te bañas con agua de dichas garrafas sobre el agujero donde la familia hace las necesidades. Lo descubrí en Monterrico, Guatemala, donde la tierra de las calles se continua en el interior de las casas, lo que se puede ver a través de las inexistentes puertas y ventanas; donde la gente vive de los pocos animales domésticos que poseen y los pocos salvajes que cazan mientras rezan para que los huracanes no lleguen a su pueblo este año o que los depredadores del manglar no salgan a alimentarse esta noche… Lo descubrí en Israel y Palestina, al cruzar el muro que constituye “la mayor cárcel del mundo, al aire libre”; al ver los carteles oficiales judíos prohibiendo la entrada de estos a tierras palestinas, bajo pena de muerte; al ver a los soldados israelíes disparar a bocajarro a un niño palestino en Jerusalén, en las escaleras frente a la puerta de Damasco, donde habíamos estado desayunando días antes mi madre y yo.

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     Pero no hace falta ir tan lejos. Todos los días tenemos noticias de cientos de inmigrantes que intentan entrar en Europa, por aquí o por allá, para acabar mendigando en las calles y esnifando pegamento por no tener otra opción. Bueno, si: podrían haber corrido peor suerte, como las miles y miles de personas que no salen en las noticias porque nadie llegó a tiempo a rescatarlas, de las que nadie sabe nada, cuyos huesos descansan en el fondo del mediterráneo, el que debe ser ya el “mayor cementerio del mundo”. La pobreza infantil y la energética, el índice de pobreza y de riesgo de exclusión social, los discapacitados mentales sin atención suficiente, los ancianos afincados en residencias sin visitas de sus hijos (que están muy liados), los trabajadores precarizados y explotados que no pueden dejar su trabajo porque con él mantienen la economía familiar, el bulling, el mobbing, las violaciones, la violencia doméstica…

     En todo esto pensaba yo, mientras Mengato me comentaba que no sabía si iba a poder entregar el trabajo a tiempo y que eso le producía mucho agobio. Y, claro, las comparaciones son inevitables. Y no es que yo sufra ninguna de estas situaciones en las que pensaba… Soy un hombre blanco, heterosexual, europeo, provengo de uno de los barrios más acomodados de España, tengo estudios… No puedo quejarme de nada, ¿no?

     Bueno… pues sí me quejo. Me quejo de estas situaciones y me rebelo contra ellas porque, aunque yo no las sufra, las sufren otras personas. Porque estas situaciones devastan el mundo, afectando a la mayoría de seres humanos que no se preocupan por los resultados académicos porque tienen cosas más importantes en las que pensar. Porque hay gente sufriendo y eso debería de ser una razón suficiente para levantarnos y ayudarles sea llevando comida a un banco de alimentos, o votando a quienes muestran auténtica preocupación por estas situaciones, o escribiendo sobre ello a ver si alguien lee esto y se conciencia un poquito.

     Pero parece que nos da igual… Y no puede ser… No creo que la mayoría de occidentales seamos tan hijos de puta (perdónenme la chabacanería de la expresión por su precisión) de saber que existen estas realidades y no sentirlas como una auténtica necesidad. Eso es transcendente, no tu examen del viernes, ni el botellón del sábado. Esas situaciones están pasando ahora mismo en todo el mundo, a la mayoría de seres humanos. Y, además, sabemos que la mayoría de estas situaciones que sufre la base de la pirámide están provocadas por los pocos que están en su cúspide. Culturas como la occidental, que consigue su burbuja de confort y beneficio económico a base del sufrimiento de otras sociedades; o individuos concretos cuyos nombres todos sabemos que controlan las mayores empresas del mundo y hacen de este lo que les parece. Y todo ello con la ayuda de los medios de comunicación a los que les parece más importante dedicar cinco minutos del noticiario a una banda de macarras de no sé qué barrio que están robando mascotas a sus vecinos y pidiendo un rescate por ellas, que hablar de las decenas de guerras abiertas que hay en el mundo actualmente, las pandemias para las que existe una cura fácil y barata pero que siguen azotando a los países más desfavorecidos, los millones de refugiados que no encuentran asilo… Eso son auténticos conflictos. Y, a su lado, tus problemas con este o aquel amigo, la situación con tu pareja o la rotura de la pantalla de tu móvil son problemas de mierda. Sin más.

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Guerras abiertas en el mundo, entre 100 y 10.000 muertos anuales.

     – ¿Entiendes lo que te quiero decir, Mengato? -pensaba en voz baja, sin la suficiente valía para explicarle todo esto o con la suficiente educación para no hacerlo. Asentía y escuchaba sus problemas, que también me importan, mientras apuraba mi café y lo dejaba de vuelta sobre el platito de madera alemana finamente tallada, junto a la galletita de canela de cortesía sin abrir. Porque si hablase de esto, se me diría eso de que “ej que eres muy pesimista”; o “también hay que ver lo bueno de la vida”; o “vamos a hablar de cosas más alegres, que no vamos a solucionar el mundo desde aquí”. Me los conozco todos.

     Pero no… No me convencen. Porque quizás no vaya a salvar al mundo hoy, pero soy consciente de ello. Y eso me vuelve gris. La realidad me obliga a ello. Porque mientras Mengato me habla de su calendario de exámenes, yo pienso en aquella niña de cinco años (seis tendrá ya) que vendía chocolate al sol en Lanquín, en las calles de Bogotá por la noche o en las historias que Cande me cuenta sobre su trabajo con refugiados. Y quizás eso provoque que quienes me conocen digan: “has cambiado, ya no eras como antes.” Pues no… Soy gris. Como el cielo que amamanta la tierra.

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     Por lo demás, me marcho a la India en pocos días. Y no por gusto (que también), sino por necesidad. Porque necesito ver qué ocurre allí: como viven esas personas, cómo piensan, qué realidades tienen, qué problemas… Qué hay en las cabezas de ese sexto de la población mundial del que no sabemos nada. Estaré desconectado varias semanas y, cuando vuelva, habré perdido “followers” y esas cosas del mundo moderno… Pero, sinceramente, me importa un carajo.