Cuarto y mitad

Cuarto y mitad

            Hace unos días me invitaron al Auditorio Nacional de Música. Un amigo de toda la vida tocaba el violín en una orquesta y me consiguió un par de entradas. Yo, que soy un cateto, nunca había estado en Auditorio Nacional, así que me parecía un buen plan para un miércoles cualquiera por la tarde. Me sentía como el niño que va por primera vez a la guardería, con una mezcla de curiosidad e inseguridad. Desempolvé la vieja camisa de mi graduación, escogí el pantalón menos jincho de mi armario y me puse unas zapatillas Nike de las rebajas del Factory. “Esto, visto de lejos, da el pego”, pensé.

            El concierto empezaba a las 19:30, por lo que a las 19:00 estaba llegando a la parada de metro de Cruz del Rayo. “Esta estación… es nueva, ¿no?”, pensaba mientras esperaba a mi acompañante, Marina, que llegó a las 19:27. In extremis, entramos en el auditorio, entre ancianas maquilladas en exceso y algún que otro cuarentón de abultada barriga y peinado clásico. El concierto fue magnífico, sublime. Supongo. Mi conocimiento de música clásica se resume a un par de discos viejos de mi padre que en alguna ocasión decidí escuchar por curiosidad y a algún que otro programa de Martín Llade que sintonizaba en la radio cuando iba al trabajo. Pero de lo que quiero hablar es de lo que ocurrió después del concierto.

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            Quedamos con mi amigo, Pablo, en la entrada trasera del auditorio (la de los artistas). Le dijimos que había estado fabuloso, que era el número uno y le dimos la enhorabuena aunque, a decir verdad, ni Marina ni yo supimos diferenciar las notas tocadas por su violín de las del resto. Tampoco habríamos sabido identificar una nota mal tocada en una audición particular, a no ser que fuese muy estridente, pero el gesto es lo que cuenta. Tras los cumplidos, fuimos a tomar una cerveza a una terraza cercana, donde los músicos suelen celebrar los conciertos, entre montañas de bultos formados por los instrumentos y bolsas con los trajes de gala que usan para salir a escena y que se quitan en cuanto pueden.

            Y empezamos a hablar. Nos habló de la señora que empezó a aplaudir justo después de que la última nota sonase, sin darle tiempo a la obra a morir tranquila. “Señora, ¡no aplauda! Quédese en silencio, echa un ovillo sobre su butaca y llore. Tendría que estar escrito en el programa: “se prohíbe aplaudir al término de la obra”. Nos contó que estaba cansado de tocar aquí (refiriéndose tanto a la orquesta en la que estaba como al país en el que le ha tocado nacer), que en cuanto pudiese lo dejaba, que estaba pensando marcharse a otro país. Alemania, quizás. Nos contó que le echaba para atrás el tema del idioma, pero que tenía la ventaja de conocer el idioma universal, dijo entre risas. Nos habló de la precarización y de lo cansado que estaba de tener que malvivir de la música.

            “¿Malvivir?”, soltó Marina. “Pero… ¡si estás tocando en una de las mejores orquestas de España!”, añadió. “Ya… ¿y? ¿Sabes cuánto cobramos por concierto?” En el segundo de silencio que siguió a su pregunta hice una estimación. ¿1.000 euros al mes? ¿1.500? Me parecía un sueldo justo para el tercer violinista de una orquesta que toca en el Auditorio Nacional. Que yo no sabré de música pero… no toca en una sala pequeña de barrio. Hoy, sin ir más lejos, habría unas 2.000 personas en el auditorio, a 40 euros de media por entrada, teniendo en cuenta que la orquesta la forman unas 30 personas, restando el coste del propio auditorio, de los seguratas y acomodadores, de los técnicos de luz y sonido, el director, los servicios de limpieza… Teniendo en cuenta que se dan conciertos casi todos los días en el auditorio… ¡Qué menos que convertir a los músicos en esa clase, ahora privilegiada, de mileuristas!

            “100 euros”, respondió. Guau… Aun así, 100 euros por día de trabajo, pensé, no está del todo mal. ¡Quién los cogiera!, pensaríamos muchos. Cateto, yo. “Por cada concierto tenemos que ensayar tres días. Dos turnos de hora y media cada uno, con dos horas de descanso entre medias. A eso súmale el tiempo de transporte, ida y vuelta, cada día. Además, el día del concierto ensayamos por la mañana (tres horas) y luego ejecutamos el concierto (otras tres). Más el transporte, ida y vuelta, del día del concierto.” En total, calculé entre 23 y 25 horas (dependiendo de cuán lejos vivas del auditorio). Es decir, que ganan cuatro euros la hora. Por supuesto, el transporte corre a cuenta de los propios músicos, así como los instrumentos y su mantenimiento, las horas de ensayo extra, el vestuario… Y, por supuestísimo, los veinte años de práctica que son necesarios para tocar a un nivel decente, las clases de solfeo, las audiciones gratuitas (de esas que sirven para engordar el currículum), las frustraciones, los sucesivos instrumentos que tienes que comprarte a lo largo de todo ese tiempo… también corren a gasto del músico. Porque, claro, la cultura es vocacional. Uno se tira veinte años tocando la novena de Beethoven veinte veces al día, por amor al arte. Nunca mejor dicho.

            “Cobro menos que si estuviera limpiando escaleras”, dijo Pablo, para romper el silencio que se había hecho después de su último comentario. La estupefacción recorría nuestros rostros mientras pensábamos… ¿cómo puede ser? “Los eventos del Auditorio Nacional los lleva una empresa privada”, continuó. ¡Acabáramos! “Y, claro, una empresa privada mira únicamente por su bolsillo. ¿Veis a ese tío? El de la camisa azul que está sonriendo con el paquete de Malboro en la mano… Ese es el que saca dinero de todo esto”. “El mecenas”, murmuré. “Un listo es lo que es”, añadió Marina. “No sabes cuánto porque, además, han creado una fundación para que al alquilar el auditorio tengan que pagar la mitad de la mitad. Como es una fundación…”, dijo Pablo entre dientes, mientras se liaba un cigarro. Maya, tabaco seco que rasca hasta cuando lo fumas pasivamente.

            Ese es el problema de Europa, que la cultura nos da igual. Nos importa un carajo, vaya. Estamos más preocupados de los títulos falsos de unos y otros que del presupuesto dedicado a cultura (qué ironía). Las mentiras en los currículums aparecen todos los días (últimamente) en las portadas de los periódicos, así como la precarización de los conductores de una u otra empresa o las pensiones. Temas importantes, qué duda cabe. Pero la cultura no aparece en los medios de comunicación. ¿Sabéis cuál es el presupuesto de cultura de este país? ¿Sabéis, por lo menos, si está más cerca de los cien millones o de los diez mil? ¿Sabéis qué parte se destina a los museos, cuánto va a las escuelas de danza y teatro, a cuánto asciende la partida destinada a las bibliotecas? ¿Sabéis si se destina más dinero a cultura o a defensa? ¿O si es mayor la partida destinada a la Casa Real que la propia de cultura?

            No tenemos ni idea de nada de esto porque, es cierto que la mayoría no somos economistas ni analistas políticos pero también porque la cultura no nos importa lo más mínimo. Apagón mediático, lo llaman. Peor no es un problema sólo de los medios de comunicación… ¿Cuánta gente vive en Madrid y no ha ido nunca al Museo del Prado? Ni siquiera para… no sé, pa ver qué hay por allí. Para ver en qué nos gastamos casi cuarentaicinco millones de euros. Y no es por el precio de la entrada, ya que los estudiantes pasan gratis, así como cualquiera que vaya a partir de las seis de la tarde. ¿Cuántos no hemos estado nunca en el Auditorio Nacional o en el Teatro Real? ¿Cuántos no vamos a las pequeñas salas de teatro que hay en nuestro pueblo? Podría hablar de las miles de alternativas gratuitas que hay para acceder a la cultura en nuestra sociedad actual, desde libros online (o ebooks que cuestan unos pocos euros), hasta obras de teatro o danza grabadas pero… es igual. Creo que no hay que insistir mucho en este tema. La cultura nos importa un carajo, eso es todo.

            Y eso es grave, porque detrás de esa falta de cultura está el pensamiento débil, desestructurado y maleable; la escasez de conocimiento y la absoluta falta de pensamiento crítico que es el climpa idóneo para la manipulación. La mente es como un campo: requiere mucho trabajo. Hay que cultivar las plantas adecuadas, limpiar las llamadas malas hierbas, levantar cercados para protegerlo de los animales, vigilar las plagas (que atacan desde dentro)… Y este esfuerzo tiene que mantenerse constantemente. Si un campo medianamente trabajado se abandona, crecen rápidamente las malas hierbas que lo cubren todo y las plagas devastan cualquier cosecha. La mente es igual. Si no la trabajamos constantemente, es fácil que una panda de bestias sin escrúpulos entre a aprovecharse de los pocos frutos cultivados, cuando no son nuestros propios miedos e inseguridades las que pudren la fruta por dentro, dejando el campo devastado. Y, entonces, cualquier cosa que caiga en la tierra crece, lo mismo es una ideología política malintencionada que una mentalidad fanática o una plétora de escusas que nos llevan al inmovilismo y a la justificación de las mayores atrocidades cometidas por quienes nos gobiernan (sean o no gobiernos).

            Y esto es grave porque la falta de cultura te incapacita, te vuelve presa de aquellos que sí son capaces porque dominan cultura. Recuerdo un profesor que decía que una persona con problemas de memoria (Alzheimer, por ejemplo) cuando se la deja sola en una habitación, aunque sea en su propia casa, se queda completamente paralizada. No recuerda por qué está ahí, ni sabe de dónde viene o hacia dónde ir. No se levanta a preguntar dónde está, no busca una salida y, aunque esta se encuentre en frente de sus narices, no se aventura a salir, porque no sabe lo que hay fuera. No sabe, no conoce, y eso es grave. Quizás fuera esté su familia esperándole en el salón, pero él no lo sabe y piensa que, quizás, pueda haber un dragón o un delincuente esperándole para robarle. Lo cual es una tontería a todas luces porque los dragones no existen y la puerta le protege de los delincuentes (al menos de los callejeros) pero, claro, él no lo sabe.

            Y esto es grave, porque nos convierte en huérfanos de nuestra propia tradición. La vieja Europa, antiguo faro del mundo, cuna de la civilización occidental, espacio de pensamiento y encuentro… se ha convertido en una fábrica a gran escala donde lo único que importa es la producción. La cultura desaparece para dejar espacio al trabajo productivo, incluso los trabajos tradicionales que no generan productos (por ejemplo, cuidar de la casa, de los hijos, o cocinar) pasan a ser trabajos minusvalorados porque no generan un beneficio al empresario. Lo único importante es producir, ya sean kilos de carne, servicios innecesarios o artículos científicos, que me consta que se producen a cascoporro. El currículum de un investigador se mide por el número de artículos publicados y las revistas en las que lo ha conseguido publicar. Los propios filósofos alardean del número de libros que han escrito. Cuantos más, mejor.

            Me recuerda a ese antiguo amigo que me decía que no le gustaba el arte contemporáneo (aunque en verdad se refería a las vanguardias), porque a él eso del arte ni le iba ni le venía pero que los cuadros “bien pintaos” (refiriéndose al neoclasicismo) le parecía que tenían un mérito porque técnicamente eran difíciles de “producir”. Me recuerda también a ese pianista que llevaron a El Hormiguero, cuyo nombre no me preocupé lo más mínimo en memorizar y cuyo único talento era tocar el piano auna velocidad de infarto; una bestia parda sin la más mínima sensibilidad artística pero con una gran precisión en los dedos. Su mérito (que lo tiene) no es mayor que el de los jugadores profesionales de videojuegos, que ensayan métodos para pulsar las teclas a toda velocidad y así conseguir lanzar más hechizos por segundo. Debía de tener el record de número de teclas tocadas por minuto. Cientos y cientos. Cuantas más, mejor. Y, no nos confundamos, el fallo no es de El Hormiguero, que le da a la gente lo que quiere ver, sino del público que, cateto a más no poder, valora ese tipo de música. Porque, claro, como no hemos ido nunca al Auditorio Nacional, ni al Prado, ni al teatro… Como el espacio dedicado a la cultura se ha transformado en fábricas destinadas a la producción, valoramos la música al peso. Cuarto y mitad de Stravinski, por favor. ¿De quién?

            Esto es grave, porque está enraizado en nuestro ser más profundo. Y contra eso es difícil luchar. Vencer a Goliat es fácil porque, por muy grande y fuerte que sea, se le ve venir de lejos. Matar gigantes no es nada del otro mundo. El problema es cuando tienes que luchar contra ti mismo, contra la tontuna de tu pueblo o la estupidez de tu país. ¿Cómo explicarle a don Quijote que la lucha no es contra los molinos de viento, sino contra su percepción errónea de ellos? Aunque el español se parece más a Sancho, siguiendo los pasos de un loco sin saber muy bien si está loco o no. El caso es que cuando la lucha va dirigida hacia dentro, es especialmente sangrante. Por eso los médicos o psicólogos no pueden tratarse a sí mismos, aunque en ocasiones sea técnicamente posible. Y, en España tanto como en la vieja Europa, la lucha por la cultura es una lucha hacia dentro, dirigida hacia nuestros compatriotas, amigos y familiares. Y esa es una lucha que yo no sé cómo ganar…

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            Poco más que contar. Hay historias que tienen un final feliz, problemas con una clara solución que se puede alcanzar únicamente con voluntad política o movimientos sociales. Pero, en otras ocasiones, las historias te golpean sin estructura, sin cierre y sin moraleja. Nos volvimos en metro, mientras Pablo nos hablaba de La patética de Tchaikovski, la obra que habían interpretado hoy. Nos habló del cuarto y último movimiento, el adagio lamentoso, justo después de que la obra pareciese acabar en su punto álgido. Un movimiento después del cierre, un añadido tras el desenlace que tira por tierra esa narrativa Disney en la que los finales siempre son felices. “Porque –decía Pablo– hay problemas que no tienen solución, y eso Tchaikovski lo sabía. No quería terminar la obra alegre, en todo lo alto, como es habitual. Por eso añadió el cuarto movimiento, triste a más no poder. Porque hay cosas que son una mierda, pero son así. Y punto. Murió a las pocas semanas. Ese movimiento fue lo último que escribió Tchaikovski.”