Buenos y malos

Buenos y malos

febrero 22, 2019 0 Por Alberto Buscató Vázquez

Izquierda y derecha son palabras muy manidas. Usadas desde hace siglos en contextos muy diversos y con las más dispares intenciones, parecen haber perdido su significado. Sin embargo, hacen referencia a una intuición básica que sigue muy viva en nuestros días y que determina tanto el pensamiento individual, como los posicionamientos ideológicos a escala nacional e internacional. ¿Qué significan, pues?

Estas palabras surgen en Francia en el año 1789, cuando los aristócratas y el clero se situaron a la derecha del presidente de la Asamblea Nacional Constituyente, mientras que los representantes del tercer estado, los no privilegiados del último estamento social, se colocaron a la izquierda. Posteriormente se exportan a gran parte del mundo, principalmente a los países occidentales, pero no tardará en ser los polos con los cuales se pueden entender la mayoría de posicionamientos internacionales.

Por lo tanto, ambas se han usado en situaciones muy diferentes, en diversas épocas y a lo largo y ancho del globo. Esta es una de las razones por las que no es fácil determinar qué significan. A día de hoy, la igualdad, el gasto social o los derechos de los trabajadores parecen ser ideas de izquierdas, mientras que la libertad (en el ámbito económico o empresarial), la defensa de las fronteras o la defensa de la tradición, están asociadas a la derecha.

Sin embargo, incluso los máximos representantes de uno de estos polos tienen características del contrario. La propia mentalidad del Che Guevara tiene tintes individualistas que, a día de hoy, están asociados con la mentalidad de derechas (como la importancia de la ética individual y la creencia de que esta deriva naturalmente en el bien común), mientras que Franco o Hitler tomaban medidas de gasto social que a día de hoy serían propuestas por partidos de izquierdas. También hay partidos de ultraderecha en casi todos los aspectos ideológicos que promueven medidas de control de precios similares a las que propondría cualquier comunista y partidos de izquierdas en general que defienden un nacionalismo propio del polo contrario (¿dónde quedó la Internacional?). Sin embargo, estas características superficiales no deben confundirnos respecto al núcleo esencial de ambas ideologías.

La idea fundamental del pensamiento de izquierdas es la defensa de la igualdad entre los seres humanos. Este es el núcleo esencial que constituye la ideología roja, en base al cual surgen las medidas políticas y sociales concretas. De ahí su carácter reivindicativo, en constante lucha con las desigualdades; de ahí su apoyo a los refugiados e inmigrantes, así como a miembros del colectivo LGTBI+ o de minorías marginadas cuyas peculiaridades no deben de ser fuente de discriminación; de ahí su defensa de los derechos de los trabajadores, que son considerados iguales que los jefes que les contratan; de ahí su feminismo aguerrido, que defiende a hombres y a mujeres por igual; de ahí la (aún perezosa) defensa de los derechos de los animales y la protección del medioambiente…

Y de ahí su crítica a las grandes empresas que colocan a sus directivos sobre los demás ciudadanos, su laxitud respecto a las cuestiones que afectan a las fronteras que separan a los hombres, su falta de defensa de las tradiciones que constituyen elementos de diferenciación entre pueblos. Etcétera, etcétera, etcétera. Es habitual que identifiquemos a un pensamiento de izquierdas por sus posicionamientos respecto al aborto o a la religión o por sus propuestas económicas, pero esto son ideas derivadas de esa intuición inicial.

En la otra cara de la moneda (nunca mejor dicho), encontramos la defensa de la libertad como valor fundamental por parte de la derecha. De ahí los términos “libre mercado” o “liberalismo económico”, que defienden que las empresas o entes privados no deben de ser limitados por, por ejemplo, los estados o los gobiernos de turno; de ahí la defensa de las tradiciones, ya que cada pueblo tendría el derecho a conservar sus prácticas habituales; de ahí que los gobiernos de derechas busquen cerrar sus fronteras a la inmigración (llamada) ilegal, ya que, al fin y al cabo, los estados tienen el derecho (auto-nomo, es decir, la libertad individual) de hacerlo.

Los peligros de la izquierda son coartar las libertades individuales, impidiéndote cobrar más por un producto porque impediría que los más pobres lo adquirieran o prohibiendo (moral o legalmente) que te compres una casa grande porque esta sea inaccesible al proletariado. Los de la derecha son el permitir que los que más poder tienen generen desigualdades. El egoísmo, la avaricia, la soberbia… todos los pecados humanos se potencian cuando una persona con capacidad no encuentra ningún límite a sus acciones, pero supeditar toda libertad individual al bien común puede hacer que todos los individuos pierdan la identidad que tanto valoran.

Como tal, ambas posturas defienden unos valores fundamentales para la sociedad, lo que no quiere decir que ambas sean igual de necesarias o relevantes (y aquí viene la tesis). Nuestras sociedades (esto es, los países occidentales y, por su influencia colonial, gran parte del mundo no occidental) están claramente volcadas hacia la derecha. El mercado libre se ha impuesto (es un hecho), las empresas tienen cada vez más poder sobre los trabajadores y quienes tienen dinero ostentan unos servicios a los que los pobres (sea por nacimiento o por mala suerte) no pueden acceder.

En países como EE.UU. (cuna del capitalismo), si tienes dinero, tienes sanidad y si no tienes dinero, no tienes sanidad. No hay más. Te mueres en la puerta de un hospital en el que existen medios de sobra para tratarte que esperan a que llegue alguien con una tarjeta oro para poder usarlos. Lo mismo ocurre con la educación, (el acceso a las buenas universidades tienen unos precios prohibitivos para la clase media) o con las pensiones. En Europa, vemos cada vez más hacia ese sistema (no hay más que pensar en la sombra del TTIP) XXX y en países fuera de occidente ocurre algo parecido (aunque con notables rebeliones). Piensen que decenas de miles de personas mueren al año en el mundo por enfermedades que tienen cura, como la lepra y la malaria, por el mero hecho de no tener dinero para comprar las medicinas (que, una vez descubiertas, se fabrican por unos pocos euros).

Ahí es donde vemos que el mundo está excesivamente virado hacia la derecha. Pero, ¿se puede defender demasiado la libertad? Seamos claros, nadie está en contra de la libertad ni de la igualdad en nuestra sociedad (exceptuando casos extremos que son irrelevantes por anecdóticos). La cuestión es hasta dónde podemos llegar. Nadie plantea, por ejemplo, que tú no puedas montar un negocio de lo que sea (dentro de la legalidad) y ganar dinero con ello. Nadie. Lo que se critica es que pagues sueldos de miseria a los trabajadores mientras ganas cientos de miles de euros al mes; se critica que chantajees a un estado con llevarte la empresa a un paraíso fiscal y así pagar menos impuestos de los que debes; que obligues a tus trabajadores a jornadas abusivas o a condiciones indignas. Ahí es donde el exceso de libertad se vuelve negativo, porque permite aflorar todas las maldades del ser humano que trata de manera desigual a sus semejantes. Porque, claro, al fin y al cabo, puede hacerlo.

La defensa excesiva de la igualdad también es negativa. En cuanto esta se sale de los límites de la dignidad y los derechos y empieza a afectar a, digamos, las propiedades o posibilidades de desarrollo de los individuos, pasa a ser un lastre para estos. Sin embargo, nadie está defendiendo en nuestras sociedades una igualdad absoluta. Ni siquiera en regímenes como Corea del Norte, Rusia o China se defiende una igualdad completa en todos los aspectos. Quien quiera trabajar más horas y ganar más dinero; o quien tenga más talento natural o sea más productivo; o quien se dedique a una labor más encomiable o con más riesgos para el individuo, ganará más dinero y tendrá más propiedades. Y no pasa nada, siempre y cuando los que menos tengan puedan vivir dignamente y los más favorecidos no lo sean a costa de los menos.

Si el exceso de libertad convierte la sociedad en una selva donde reina la ley del más fuerte, la búsqueda excesiva de la igualdad (esto es, cuando esta pierde sentido y valor) las transforma en realidades rígidas, homogéneas e indiferenciadas. La solución, pues, pasa por establecer sociedades racionales, fuertemente estructuradas a la par que dinámicas. Pero eso da para otro artículo.